Mundo Obrero

OPINIÓN

24M: marcho por la historia de mi clase

Cuando a los trabajadores nos borran la historia, tenemos que escribirla nuevamente. La última dictadura no pudo borrarla por completo, tampoco pudieron quienes se adueñaron del pasado y no podrán quienes hoy ponen en duda la memoria.

Edgardo Videla

Delegado Comisión Interna de Cuyoplacas | Mendoza

Jueves 23 de marzo de 2017 | Edición del día

Foto: Archivo Mendozazo

Por una cuestión generacional, muchos trabajadores actuales no podemos hablar en primera persona de una época tan oscura como fue la dictadura, y es por eso debemos agudizar nuestro criterio para entender los distintos relatos que se han instalado a través de los años, variando según el gobierno de turno.

En primer lugar, el originalmente sustentado por los propios militares, que abonaron la teoría de que lo ocurrido fueron meros “errores y excesos” dentro de una “guerra” contra el “terrorismo y la subversión”, como puede leerse por ejemplo en el “Documento final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo”. Este relato pretende justificar el accionar delictivo de los representantes del Estado en ese momento, porque no es un error o un exceso, valerse del poder para detener, encarcelar, torturar, y asesinar a otro ser humano, además de robarle sus propiedades, su futuro y su descendencia, es lisa y llanamente un delito aberrante.

El segundo de estos discursos es el que comúnmente se conoce como la “teoría de los dos demonios”, que fue el relato oficial del período “alfonsinista” y se encuentra consagrado, por ejemplo, en el prólogo del Nunca Más. El comienzo de este texto es ilustrativo de esta visión, que asume el argumento militar de que su acción fue una respuesta al “terrorismo de extrema izquierda”, aunque condena la forma en la cual se dio la represión al mismo.

Este prólogo, con algunos matices, proyecta una visión que pone el eje de la crítica en la acción dictatorial por haberse apartado del marco jurídico de las “formas democráticas” para el ejercicio de la represión, y NO en el contenido social y político del terror genocida, teoría que ha sido abonada por un amplio núcleo de intelectuales que ejercieron predominancia dentro de lo que en Argentina se denomina “progresismo”.

Otro relato, es donde los desaparecidos eran presentados en su mayoría cómo “víctimas inocentes” (una visión con la que se acepta tácitamente la “culpabilidad” de quienes sí pertenecían a la militancia revolucionaria en general), tuvo tal peso, que en los recordatorios hechos por los familiares que a diario aparecían en distintos medios hasta mediados de los 90, poco o nada se mencionaba de la actividad militante de los asesinados por el régimen. Podríamos decir que a mediados de los 90, esta visión comenzó a ser reemplazada por una reivindicación de la pertenencia y de la acción militante de los desaparecidos, un discurso que era sostenido hasta ese momento, solamente por las Madres de Plaza de Mayo (en particular por el sector liderado por Hebe de Bonafini) y por los partidos de izquierda.

Uso político

Resaltan las diferencias en las formas de tratar el tema ante la sociedad de un periodo a otro, lo que pone de manifiesto, claramente, que de un gobierno a otro se ha hecho una utilización política del genocidio en la dictadura, y de cómo administrar justicia a los responsables.

Por eso, hemos pasado por la apertura de los juicios a represores, en la época de Alfonsín y la posterior sanción de la Ley de Obediencia Debida y Punto final, que fue dictada en el mismo periodo de gobierno para contener los alzamientos de los carapintadas del ejército, y que dejaba libre de toda responsabilidad, por consiguiente de juicio, a todo militar por debajo del grado de coronel, aunque hubiese torturado y asesinado.

El indulto de Menem, firmado a los pocos meses de asumir, terminó de dejar en cero, cualquier intento de hacer justicia, ya que alcanzaba a todos los militares que no habían sido beneficiados por las leyes de Alfonsín. Y que se firmó a pesar de las multitudinarias movilizaciones se extendieron en todo el país. De La Rúa y Duhalde intentaron instalar una política de olvido y nos quisieron enseñar que teníamos que perdonar. Cuando lo único que había era impunidad.

Relato incongruente

Cuando asume la presidencia Néstor Kirchner, debió tomar las demandas de los movimientos sociales y democráticos en sus manos. El Congreso de la Nación declarará la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y luego, algunos jueces, comenzaron a declarar inconstitucionales aquellos indultos referidos a crímenes de lesa humanidad y a reabrir los casos. En 2010 la Corte Suprema de Justicia dictó la inconstitucionalidad de los indultos menemistas a los ex jefes militares. La Corte basó su fallo sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad. Y se avanzó en la recuperación de identidad durante este periodo.

Pero, mientras el periodo kirchnerista le daba entidad a instituciones históricas como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y descolgaba el cuadro de Videla del Colegio Militar, ponía a César Milani -hoy preso por los delitos que el kirchnerismo ignoró- como jefe del Ejército. Milani, un militar acusado por la desaparición en 1976 del conscripto Alberto Ledo. También nombraba a Sergio Berni, quien participó del alzamiento carapintada que condujo a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, como Secretario de Seguridad, quien además reprimió violentamente a los trabajadores de la autopartista Lear y a manifestaciones de movimientos de desocupados.

Además, el gobierno kirchnerista infiltró las organizaciones de luchadores a través del Proyecto X, que fue reconocido por el Ministerio de Seguridad de la Nación; en 2011 mantuvo un cuerpo especial de la Policía Federal de mil espías; promulgó la Ley Antiterrorista; intentó, y no pudo, promulgar una ley antipiquetes.

Durante su gobierno más de 2.600 jóvenes murieron en comisarías y cárceles, 3.000 por el gatillo fácil policial, 20 personas fueron asesinadas durante protestas sociales, y sostuvo 9.000 policías bonaerenses que provienen de la dictadura, la misma Bonaerense sospechada de desaparecer a Julio López, y responsable de la desaparición y muerte de Luciano Arruga.

El cínico Macrismo

Mauricio Macri -cuya familia amasó su fortuna durante la dictadura- declaró en campaña que en su gobierno “se acabaría el curro de los Derechos Humanos” y, como Jefe de Gobierno, ya tenía su propio aparato de espionaje. Recordemos que Macri asumió procesado por causas de escuchas a familiares de la AMIA.

A pocos días de asumir, desplegó su aparato represivo frente a la protesta de los trabajadores despedidos del subte, militarizó la estación Lacroze de la línea B y reprimió brutalmente a los trabajadores de Cresta Roja que reclamaban por sus fuentes de trabajo, Y no hace mucho, contestó a un medio que “no tenía idea si eran 30.000 desaparecidos”, con varios funcionarios tomando esa línea descalificadora, lo que pone de manifiesto que a este gobierno, terminar con la impunidad respecto a esa época, no le importa en lo más mínimo. Y por tal razón muchos de los militares condenados, están regresando a la comodidad de su casa. Por esa razón, no se apunta solo a la desacreditación de la historia, si no que se agravia a sus símbolos, se provoca a sus sobrevivientes, tapando los pañuelos de las Madres con bloques de cemento, o comenzando la remodelación de la Plaza San Martín de Mendoza en el momento que Las Madres comenzaban su habitual recordatorio.

Obreros: las primeras víctimas

En todos estos relatos y en todas estas líneas de gobierno, queda subestimada la acción de las organizaciones obreras en los años previos y durante la dictadura militar. La mayoría de los militantes desaparecidos tomados como referencia, son estudiantes o provenientes de las clases medias, lo que contrasta con la composición social de los desparecidos que brinda el Nunca Más. Según el Informe de la CONADEP, más de la mitad de los afectados por la represión eran trabajadores: entre obreros, empleados y docentes suman un 54% y casi un 30% entre estudiantes y profesionales.

Recordemos que la clase obrera argentina venía protagonizando un sostenido ascenso y un periodo de fortalecimiento, que había comenzado en 1969, con el Cordobazo, que ya había logrado, poner en retirada a la Dictadura de Onganía, y que dejó una etapa revolucionaria abierta en donde la clase obrera protagonizó levantamientos semi insurreccionales en varias de las provincias más importantes del país, nuestro Mendozazo entre otros.

PJ y UCR, contra el laburante

El movimiento obrero venía creciendo e imponiendo condiciones a patrones y gobiernos. La aparición de las coordinadoras interfabriles, fueron un ejemplo de organización obrera, que sobrepasaba a las conducciones sindicales, y reivindicaban sus propios derechos o beneficios ante cualquier patronal. No por nada, Ricardo Balbín, presidente del Partido Radical (UCR), comento a los medios en una entrevista que estaba altamente preocupado por “la guerrilla fabril”. Y la derecha peronista creaba la Triple A, con la participación en sus filas represivas para estatales de varios custodios de los principales secretarios gremiales de la época. Y hasta la iglesia declaraba que “Dios le estaba pidiendo algo al ejército”.

Ante la imposibilidad de aleccionar a una clase obrera llena de confianza en si misma, y capaz de cuestionarle el poder a los dueños del país, fue que se llamó al Golpe de Estado como solución a esto, que no era nada más , ni nada menos, que sostener el orden establecido. Mantener un Status quo, en donde los poderosos sean los mismos intocables, capaces de determinar las políticas de cualquier gobierno.

Sostener la historia obrera

Desde hace algunos años, con mis compañeros de la Comisión Interna de CUYOPLACAS, veníamos tomando la tarea de mantener viva esta parte ausente de la mirada histórica.

Tarea que se ha intensificado, en los últimos años, desde mi vinculación militante con el PTS, partido que conforma el Frente de Izquierda de los Trabajadores. En donde pudimos abrir charlas con protagonistas de la época, a las concurren trabajadores de distintos sectores del arco obrero mendocino, y que tienen una gran recepción y repercusión. Y en donde estamos poniendo todo nuestro empeño, para incentivar el activismo obrero, y la conciencia de clase.

El golpe de estado del 76 representa, el exterminio programado de una clase social poderosa, sobre otra que se estaba atreviendo a cuestionar ese poder.

Por lo tanto, mientras no pongamos este enfoque sobre la mesa, vamos a seguir contemplando escaramuzas de la justicia en función de los diferentes gobiernos de turno que serán más o menos funcionales a los grupos económicos. Y quedarán muchas zonas oscuras en la búsqueda de la verdad, seguiremos sin pedirle a los estamentos de gobierno un sincero saneamiento, seguiremos suponiendo la complicidad civil en este genocidio, pero no veremos a ningún civil, pagando el precio de esa complicidad.

Es por eso que son necesarias las voces de todos los sectores, pero fundamentalmente, la voz de la clase obrera, consciente de su historia, manifestando la necesidad de un compromiso real con la verdad y la justicia, y poniéndose, sinceramente a disposición de la búsqueda de las mismas.







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