SEMANARIO

A diez años de la Primavera Árabe: revolución, contrarrevolución y revueltas en Medio Oriente y norte de África

Salvador Soler

Omar Floyd

geopolítica
Ilustración: Mata Ciccolella

A diez años de la Primavera Árabe: revolución, contrarrevolución y revueltas en Medio Oriente y norte de África

Salvador Soler

Omar Floyd

En este artículo elaboramos un análisis político e histórico de la Primavera Árabe, los actores que participaron y su proyección sobre la actualidad, el rol del imperialismo y sus estrategias de contrarrevolución -que implican desvíos, golpes militares y aplastamientos violentos que derivaron en guerras civiles-, con el objetivo de aportar a la construcción de una estrategia obrera y revolucionaria.

La Primavera Árabe debe su nombre a una definición en principio de la prensa, pero más adelante de la mayoría de los analistas, quienes establecieron una analogía rápida pero eficaz con uno de los procesos revolucionarios más célebres de la historia moderna: la Primavera de los pueblos de 1848. Iniciada en París de ese año, se extendió con una rapidez inédita a toda Francia y a las principales urbes de Europa, como Berlín, Viena y Budapest, e incluso a las regiones periféricas de Polonia, Nápoles y Sicilia.

Las fuerzas motrices

La Primavera Árabe no fue un rayo en el cielo sereno. El Proyecto por un Nuevo Siglo Americano de los neo-conservadores norteamericanos describía a los habitantes Medio Oriente como “bárbaros” incapaces de alcanzar la “libertad” por su cuenta, justificando la necesidad de "exportar" allí los sistemas políticos occidentales y "educar" a la sociedad en el respeto a estos valores. El atentado del 11 de septiembre a las Torres Gemelas fue la excusa perfecta que necesitaba Bush Jr. para exportar la “pax americana” poniendo las botas (una vez más) en Medio Oriente. Con la Operación “Endurance Freedom” irrumpió en Afganistán y luego en Iraq con el supuesto objetivo de fomentar la “democracia” y combatir el "terrorismo" en la región. El fracaso de estas guerras desestructuró el tejido social de estos países, alterando el equilibrio interno y geopolítico. Por un lado, impulsando a potencias regionales como Irán y Turquía, o próximas como Rusia, a jugar un rol cada vez más protagónico. Por otro, despertaron antiguas disputas etno-religiosas que crearon las condiciones, por el nivel de descomposición y pobreza, para un estallido social sin precedentes extendida por todo el Medio Oriente.

En 2003 hubo manifestaciones, en Iraq y otros países de la región, en contra de la invasión de EEUU. A partir de aquí, en Egipto y Siria se realizaron aperturas políticas para descomprimir el descontento de arrastre por las políticas neoliberales, cuyo resultado electoral obligó a operar fraudulentamente y aumentar la represión a la prensa y las manifestaciones. En Líbano, se dio la llamada Revolución de los Cedros, tras el asesinato del primer ministro Hariri en 2006, que expulsó al ejército sirio que ocupaba el país desde los 80. Ese mismo año, el pueblo libanés rechazó la invasión de Israel del sur del país, donde se hizo fuerte el Hezbollah.

El huracán de movilizaciones a finales de 2010 superó por mucho estos procesos, generando grietas aún más profundas en el orden geopolítico, e impregnó en las masas de la región una nueva identidad política y métodos de lucha que inspiraron a los jóvenes, mujeres y trabajadores de todo el mundo.

Los inicios de las “Revueltas del Pan”

La región contiene una gran heterogeneidad social, política, étnica, religiosa y económica, pero existen similitudes y humillaciones compartidas: los países del norte de África pasaron de ser milenarias civilizaciones agrícolas a importadores netos de alimentos (Egipto es el principal importador de trigo del mundo) en un par de décadas. Siria, Libano e Irak también experimentaron una aguda decadencia rural provocada por mutaciones climáticas, métodos de producción obsoletos y un desprecio de los gobiernos a la actividad agrícola.

Las tendencias al aumento del precio de los alimentos -acentuadas luego de la crisis de 2008- por la desertificación y el abandono de áreas rurales, provocaron en toda el área una situación desesperante a nivel hídrico y alimentario. En Túnez y Egipto, se gestaron en esos años las llamadas “revueltas del pan”, que dieron lugar a procesos de organización sindical independientes de los grandes sindicatos (vinculados estrechamente al Estado). Estos organismos lideraron huelgas salvajes en los centros obreros más importantes, como Mahalla el Kubra en Egipto -dirigida por mujeres- y en la cuenca minera de Gafsa en Túnez, donde los reclamos fundamentales apuntaban a los bajos salarios y al desempleo, que se registraban entre los más agudos del planeta. Las huelgas lograron nacionalizar los reclamos que adquirieron carácter político, como en el caso de Egipto donde los cánticos apuntaban a Mubarak. Si bien los movimientos no lograron desarrollarse, dejaron planteadas las premisas fundamentales que habrá de adquirir la dinámica de la Primavera Árabe. Como veremos a continuación.

Revolución y Contrarevolución en la Primavera Árabe

La inmolación del joven trabajador con título universitario Bouazizi en Túnez, le puso fecha de defunción a la dictadura de Zine el-Abidine Ben Alí, dando inicio al proceso de lucha de clases más grande del siglo XXI. En pocos meses todos los regímenes de Medio Oriente y Norte de África, desde Marruecos hasta Irán, vieron nacer movimientos de protesta inéditos que conmovieron sus cimientos. Las “Repúblicas autoritarias” de Túnez, Egipto, Argelia, Libia y Siria, nacidas de los procesos de descolonización en la década de 1950 y 1960, las monarquías de Arabia Saudita, Bahrein y Jordania, aún regidas por pactos tribales y vínculos tradicionales con el imperialismo; y fuera del mundo árabe Turquía y la República Islámica de Irán, afrontaron serias turbulencias políticas y ensayaron distintas estrategias para reprimir o desviar los procesos de movilización. Esto dio lugar a una dinámica compleja de revolución, contrarrevolución y guerra civil en la que colapsaron regímenes, se reformaron, o desarrollaron conflictos civiles que dirimieron intereses imperialistas, las potencias regionales y actores locales dotados de autonomía.

En Túnez y Egipto las rebeliones populares derrocaron a la dictaduras vitalicias de Mubarak y Ben Alí en 2011. Se trataba de estudiantes, la clase obrera y los pobres urbanos, que irrumpieron con las consignas políticas y métodos aprendidos durante las “revueltas del pan”. Se abrió un período de “transición” donde se destacaron corrientes políticas tradicionales, en Túnez, Ennahda (Renacimiento) y en Egipto, la Hermandad Musulmana. Estos partidos provienen del islam político moderado ligado a la burguesía tradicionalista, su programa establece la llegada al poder a través un proceso democrático electoral, combinando los principios de organización social Islámicos con los del capitalismo y la modernidad. Proscriptos por las dictaduras, crearon redes de asistencia económica, educativa y social que los dotaron de prestigio que les posibilitó ser una dirección viable para el proceso político.

En Egipto las elecciones tuteladas por el ejército y el imperialismo ubicaron en el poder a la Hermandad Musulmana. Tras dos años de gobierno, el presidente Mohamed Morsi intentó aumentar sus atribuciones de poder e islamizar el país [1]. El pueblo rechazó su iniciativa con enormes manifestaciones retomando la Plaza Tahrir y huelgas generales. Pero ante la ausencia de un proyecto alternativo que de respuesta a las demandas del pueblo trabajador estableciendo una ruptura con el imperialismo y la burguesía local, el ejército encontró la oportunidad para dar un golpe de Estado en 2013. El dictador Al Sisi sofocó las “ilusiones democráticas” de los manifestantes con una matanza en un día de 800 personas, récord en el siglo XXI. Su régimen se sostiene gracias a la persecución, prisión y tortura de opositores, expulsión de periodistas y activistas, censura a los medios y el control social impuesto por un estado de emergencia permanente.

En Túnez se convocó a una Asamblea Constituyente en respuesta a las manifestaciones. Ennahda planteaba “islamizar el país”, mientras que logra contener a cientos de miles de jóvenes frustrados y desempleados. Construyeron un gobierno de “unidad nacional” con los partidos laicos, hasta su derrota electoral en 2014. Sin embargo, problemas estructurales del país como la pobreza y la desocupación se han profundizado, las huelgas y manifestaciones contra el gobierno y sus planes dictados por el imperialismo estallan periódicamente y la crisis permanece latente.

En Siria, Libia y Yemen los procesos de movilización son abortados por prolongadas guerras civiles. El imperialismo intervino armando a grupos afines o incluso en forma directa con la OTAN en Libia. Las potencias regionales como Irán y Arabia Saudita – que venía de ahogar en sangre el levantamiento en Bahrein- aprovechan el vacío de poder en función de su proyecto hegemónico y se enfrentan en una “guerra fría” combatiendo a través de aliados fuera de su territorio. Los restos de los antiguos ejércitos, las tribus, las milicias islámicas, los sectores ligados a la economía ilegal y las comunidades autónomas son los actores locales que hacen posible el control territorial y lo mantienen gracias a un sistema de alianzas cambiante.

En Yemen, tras la caída de Saleh producto de las manifestaciones, comenzó una guerra civil entre los partidarios del gobierno del vicepresidente Hadi -apoyados por Arabia Saudita- y los insurgentes Houthies -que cuentan con el respaldo iraní- atrincherados en las montañas que rodean a la capital Saná, hoy bajo su control. A pesar de los millones invertidos en la guerra y en bloqueo criminal a la población civil, la familia Saud no logró imponer un régimen títere de Riad ni evitar el surgimiento (con apoyo de Emiratos Árabes) de un ejército autonomista en Adén y filiales yemeníes del Estado Islámico y Al Qaeda.

En Libia la insurrección popular en Bengazi y Tripoli fue aplastada por Mahomar Gadafi, que en los 90 forjó su amistad con Occidente. Esta represión criminal empujó a miles a los brazos del Consejo Nacional de Transición -movimiento armado auspiciado por la OTAN- e hizo añicos los acuerdos los acuerdos tribales en los que se sostenía el régimen. El linchamiento de Gadafi condujo al colapso del ejército y la fragmentación de Libia en regiones controladas por tribus, mercenarios y yihadistas con alianzas internacionales propias. Tras una década de conflicto, las potencias apoyan a distintos bandos y los grupos ligados al tráfico humano y el contrabando de armas operan con total libertad. Desde Tripoli la CNT convocó a elecciones, tuteladas por la OTAN, pero no logró hacer valer su autoridad más allá de la capital. El general Haftar, con apoyo ruso, capturó la región oriental y puso sitio a la capital varios meses, pero tras duros combates contra milicias financiadas por Turquía, la situación está en un punto muerto.

El presidente sirio Bashar Al Assad -un nacionalista árabe perteneciente a la minoría alawita- luego de ser acorralado por los insurgentes los reprimió con ferocidad, y con la vital colaboración de Iran y Rusia se sostuvo en el poder librando una guerra civil contra los grupos yihadistas y los “rebeldes” aliados a potencias occidentales. A pesar de los cientos de miles de muertos, los millones de refugiados y la emergencia de actores reaccionarios, como el Estado Islámico, la crisis económica hizo resurgir de nuevo las movilizaciones en Damasco, poniendo otra vez al régimen de la familia Assad entre la espada y la pared.

Como vemos, las movilizaciones de 2011 fueron aplastadas o desviadas con diversas estrategias. Las reformas “democráticas” expropiaron el discurso de los manifestantes y no resolvieron las causas estructurales del movimiento, permitiendo a los sectores de poder local reorganizarse y establecer nuevos lazos con el imperialismo. Las guerras civiles abrieron escenarios más complejos, donde la emergencia de las milicias yihadistas -ligadas al colapso de la estructura de poder y a intereses regionales- les dio legitimidad a las dictaduras para usar la máscara de la “lucha contra el terrorismo” y responder en forma reaccionaria a los reclamos populares.

La incapacidad de las masas de construir una organización propia independiente de las direcciones burguesas locales -que jamás se enfrentarían frontalmente al imperialismo- fue una debilidad que permitió a las clases dominantes restablecer su autoridad a un alto costo, aunque su hegemonía fuese débil en Medio Oriente luego del huracán de 2011. Sin embargo, la Primavera Árabe inauguró símbolos y tradiciones de lucha que permanecen latentes, y en esta crisis mundial empujan con todas sus fuerzas hacia un nuevo estallido.

Resurge la lucha en el norte de África...

En Argelia y Sudan estallaron movilizaciones desde inicios del 2019. Se trata de países con gobiernos de partido único, apoyados en círculos cerrados de poder -integrados por el ejército, familias y amigos- que controlan los sectores estratégicos de la economía. Ambos atravesaron prolongadas guerras civiles en décadas anteriores y permanecieron relativamente estables durante la oleada del 2011.

La crisis de la industria petrolera empujó a Bouteflika en Argelia a realizar enormes recortes fiscales en salario y subsidios, generando las condiciones para un levantamiento. El plan del incapacitado “Presidente de papel” de presentarse por quinta vez consecutiva en las elecciones en 2019 – luego de 20 años en el poder- fue la “chispa” que incendió la pradera dando lugar a manifestaciones de millones de personas. En ellas la juventud, trabajadores, profesionales y organizaciones de mujeres se nuclearon alrededor de la “Hirak” (movimiento en árabe) donde se gestaron comités de estudiantes con una destacaba participación femenina.

Desde marzo los trabajadores de la petrolera Sonatrach -de las más grandes del mundo- comenzaron una serie de huelgas de hambre y paros regionales. Brindaron apoyo al movimiento para obligar la renuncia de Bouteflika, a pesar de las amenazas de la patronal, prohibiendo las huelgas, y de la burocracia de la UGTA (Unión General de Trabajadores Argelinos) ligada al FLN (Frente de Liberación Nacional). El 2 de abril el Ejército toma el poder iniciando largos meses de negociaciones que apostaban al desgaste de la Hirak hasta conseguir unas elecciones bajo su tutela, las cuales ganó su candidato Abdelmadjid Tebboune a pesar del intento de boicot de los manifestantes. Si bien carece de un programa concreto y una dirección política clara, la Hirak continuó en pié inclusive luego de que la crisis sanitaria impuso la cuarentena, logrando permanecer en las calles en una demostración de que el conflicto sigue vigente.

En Sudán, el ahogo impuesto por los planes del FMI obligó al gobierno del brigadier Omar al-Bashir a recortar los subsidios a la harina. La respuesta de las masas fueron nuevas “revueltas del pan”. El 11 de abril del 2019, cuando los manifestantes ocupaban la plaza central de Jartum exigiendo la caída del régimen, el ejército obligó a al-Bashir a abandonar el poder luego de 30 años. Desde su independencia, Sudán atraviesa guerra civiles por el control de los recursos naturales, principalmente el petróleo ubicado en el Sur -que se constituyó como país independiente en 2011-, donde afloran tensiones religiosas, étnicas y tribales de larga data. Desde la toma de la plaza de Jartum, emergió una organización que aglomera a partidos progresistas liberales, entre ellos el Partido Comunista [2]. Lo novedoso del proceso en curso es la aparente superación de las diferencias etno-religiosas y de género, ya que en las organizaciones políticas y sindicatos surgidos de la lucha, las mujeres adquirieron un rol central -con referentes de fama internacional como Alaa Salah -y las congregaciones religiosas se plegaron a los manifestantes sin desatar violencia sectaria.

Las potencias regionales, como Arabia Saudita, intervinieron a favor del Ejército, brindando prestamos y asesoramiento militar, con el objetivo de sofocar el proceso, sin lograr evitar que las manifestaciones se extendieran por todo el país. La formación del Consejo de Transición, de la que participa la Alianza por la Libertad y el Cambio -ligada al proceso de movilización- apunta a darle un cauce institucional al movimiento pactando la realización de elecciones en dos años. Está por verse si logrará contener las reivindicaciones sociales planteadas durante el estallido.

Irak y Líbano

Estos países encierran una heterogeneidad de etnias, naciones y confesiones religiosas, expresada en una sociedad segmentada en redes clientelares, vinculadas a intereses locales e internacionales, que administran la economía y el territorio. Su sistema político está organizado en función de criterios sectarios, que en Libano fueron consagrados tras los acuerdos de Taif al finalizar la guerra civil (1975-1991) mientras que en Irak fueron impuestos en 2005, durante la invasión norteamericana y con la colaboración de los dirigentes kurdos y chiítas, dando origen a agudos conflictos con los sectores excluidos del sistema político. También ambos cuentan con una población mayoritariamente juvenil, afectada por el desempleo, culturalmente secular y muy crítica de las élites políticas, económicas y religiosas conservadoras.

Las sucesivas guerras internacionales y civiles en Irak, incluyendo la actual con surgimiento del Estado Islámico –que aún permanece activo-, han arrastrado a la marginalidad a millones de personas. Según el FMI el 40 % de los jóvenes está desempleado y abunda el empleo precario. En octubre de 2019, tras una protesta en Bagdad contra la expulsión de un popular comandante de la lucha contra el Estado Islámico, el gobierno reprimió usando milicias para-estatales y el ejército. Los manifestantes fueron perseguidos hasta sus viviendas y estás destruidas con mujeres y niños muertos como resultado. Desde entonces ningún esfuerzo del gobierno y las fuerzas reaccionarias para sacar de las calles a la juventud enfurecida fue suficiente.

Esta "juventud sin líderes”, que dejó cientos de muertos en las calles, combatió al régimen de conjunto y su sistema de gobierno etno sectario, llamado “Muhasasa”, sin dejar a un lado las demandas estructurales: trabajo y acceso a los servicios básicos. En sus centros de organización, como la Plaza Tahrir (Independencia en árabe), levantaron campamentos para descansar y hacer ollas populares. Allí varios sindicatos de profesores brindaron clases públicas, los médicos y enfermeros asistieron a los manifestantes heridos, donde son clave las agrupaciones de mujeres. Los trabajadores de Shell y Total -en los pozos petroleros de Bassora- fueron a huelga y los de Tuk Tuk son considerados héroes por su rol en la asistencia a los heridos en las manifestaciones.

Uno de los reclamos más sentidos por los manifestantes fue la expulsión de las tropas iraníes del país y la denuncia a los grupos chiítas que actuaron como fuerzas para militares en las protestas. Las acciones contra las sedes diplomáticas y la presencia del ejército norteamericano existió pero fue hegemonizada por los partidos y las milicias chiítas, cercanas a Teherán y hostiles a las movilizaciones. La debilidad del reclamo contra el imperialismo, que controla áreas importantes de la economía y las finanzas puede verse como el límite principal de un proceso que no se detuvo con la renuncia del primer ministro Adil Abdul-Mahdi ni con la crisis sanitaria.

El proceso en Líbano es similar, las manifestaciones estallaron a partir de un impuesto ridículo a las llamadas de Whatsapp y Skype. Se congregaron en la Plaza de los Mártires en Beirut cantando “la gente quiere la caída del régimen” ( al- sha`ab yurid isqat al-nizam), y “todos ellos significan todos” (kellon ya`ani kellon). Este último cántico hace referencia a la particularidad del sectarismo libanés, apuntando a los líderes de todos los sectores político-religiosos que al finalizar la Guerra Civil en 1990 se adueñaron y repartieron las palancas de la economía libanesa e hicieron negocios millonarios ligados al sistema bancario durante todo el neoliberalismo.

Las primeras manifestaciones hicieron foco en la corrupción de los magnates que controlan la economía y cuya riqueza está situada mayormente fuera del país. Se los considera responsables del endeudamiento que llega al 150% del PBI, los planes de ajuste y la devaluación de la moneda. La renuncia del Primer Ministro Hariri, fiel representante de esta casta parasitaria, fue el primer gran logro del proceso. El Partido Hezbollah, aliado de Irán, trató de utilizar a su favor el movimiento, ampliando su influencia en el gobierno. Pero las manifestaciones siguieron adelante y cuestionaron al líder de Hezbollah Hassan Nasralla. En respuesta los chiítas, igual que en Irak, trataron de impedir por la fuerza las movilizaciones, aumentando el odio contra los políticos tradicionales y la influencia persa en el país.

El movimiento en Líbano es histórico por su carácter masivo y secular, en forma transversal atiende reclamos comunes a la población de todas las comunidades nacionales y religiosas, el gobierno fracasó en despertar el odio sectario para dividirlo. La problemática de los refugiados, que suman casi dos millones sobre una población de seis contando a los sirios provenientes del último conflicto y los palestinos que llevan décadas desplazados, constituye quizás el elemento potencialmente más explosivo del proceso libanés, por el nivel de pobreza y la discriminación que soporta este segmento de la población, pero hasta ahora sus demandas vienen jugando un rol secundario en los planteos de los manifestantes.

Conclusiones

Los procesos de movilización y rebelión popular iniciados en 2018 han mostrado el cansancio de millones que viven en la marginalidad producto de décadas de despojo del capitalismo neoliberal e imperialista. Tanto en el 2011 como ahora, intervienen sectores semejantes a los de otros movimientos de protesta mundial: los “perdedores relativos” de la globalización, que corresponden a la juventud instruida y sin oportunidades, la clase media arruinada y los profesionales con bajos salarios; y los “perdedores absolutos” que incluyen a la población en situación de indigencia y marginalidad, que luego de los conflictos bélicos cuenta con grandes focos en condiciones de inseguridad alimentaria (muertes por cólera e inanición en Yemen) y la cantidad de refugiados y desplazados más grande del mundo.

La profundidad de los reclamos, la combatividad de la juventud marginada y su espontaneidad, son elementos que se acomodan a las características de las revueltas populares que emergieron en el mundo durante todo el 2019. Su sostenimiento en el tiempo es un elemento importante que muestra que para los gobiernos será un problema central en el próximo período. La clase obrera tuvo una participación importante como mencionamos con las huelgas políticas en Sonatrach y Sonelgaz en Argelia, o en los pozos de Bassora en Iraq, o los sindacatos sudaneses. Pero al actuar como un “actor más” de las manifestaciones y asumir una identidad “ciudadana” sin disputar la hegemonia no logró hacer pesar su posición estratégica. No hubo una dirección que planteé la ruptura con el imperialismo y los partidos islamistas o pregresistas que proponen cambios en la distribución de la renta hidrocarburífera o reformas del sistema político, utópicas sin alterar su rol de socios menores de las potencias occidentales o clientes de países como Rusia e Irán, en el caso de Siria.

Luego de años la experiencia “democrática” de Túnez, continúan vigentes las estructuras económicas y el aparato represivo que sostuvo a la dictadura de Ben Alí. Las estrategias de los sectores populares confrontan hoy con la débil República y los partidos del régimen pierden legitimidad, al mismo tiempo que recupera prestigio la “política en las calles” en el escenario regional, sin embargo la ausencia de una dirección y objetivos anti capitalistas siguen siendo rasgos propios del movimiento.

La experiencia de Rojava y Kobane en Siria, donde las milicias kurdas lograron una virtual autodeterminación durante algunos años gracias a una alianza táctica con las tropas norteamericanas, fue una de las experiencias más democráticas y radicales de todo el Medio Oriente, por su carácter secular y el rol de las mujeres en la organización militar se convirtió en los principales enemigos del Estado Islámico en la región. Este paso en la lucha histórica por su autodeterminación nacional fue aplastado en 2019 por la intervención criminal del ejército turco en el norte sirio. Este ataque asesinó a miles de aldeanos y desplazó a millones, ante la mirada cómplice del supuesto aliado de las YPG Donald Trump, que en una conversación telefónica negoció y entregó “en bandeja” los kurdos a Erdogan.

Luego de la Primavera de los Pueblos, Marx y Engels planteaban en 1850, que si el pueblo trabajador no participaba organizado políticamente de manera independiente de la burguesía, las bases fundamentales del capitalismo seguirán en pie aumentando la miseria de los explotados. Salvando las distancias históricas, la Primavera Árabe demostró cómo el imperialismo y las burguesías locales harán enormes esfuerzos para plantear salidas con rostros democráticos presentado esto como triunfos frente a sus ojos. Por esta razón, frente a las revueltas que nacieron en 2019, la estrategia revolucionaria deberá partir de estas conclusiones de independencia del pueblo trabajador para destruir los grilletes que los oprimen.

Bibliografía

  •  Kopel, Ezequiel. La disputa por el control de Medio Oriente, de la caída del Imperio Otomano al surgimiento del Estado Islámico. Eduvim. 2016.
  •  Kopel, Ezequiel. "¿El tercer capítulo de la Primavera Árabe?", Nueva Sociedad. Marzo/Abril 2020.
  •  Eduardo Molina, Simone Ishibashi. “A un año y medio de la "primavera árabe". Estrategia internacional n.º 28. 2012.
  •  Hicham Ben Abdallah El Alaoui. “Las réplicas de la Primavera Árabe”, Le Monde Diplomatique. Marzo 2020.
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    Salvador Soler

    @SalvadorSoler10
    Escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.

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