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Alejandra Pizarnik: la suicidada por la sociedad

Alejandra Pizarnik falleció el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años y dejando una obra única que todavía merece análisis y estudio. Algunas claves para entrar en su escritura y no perderse de la mejor poeta argentina del siglo XX.

Facundo Tisera

@facu.tisera.11

Sábado 28 de septiembre | 00:00

En 1947 Antonin Artaud publicó “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”. En ese texto precioso, que tenía como fin reivindicar la figura del pintor, escribía la siguiente frase: “Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.” El planteo del poeta francés era directo y absoluto. Van Gogh fue un genio y la sociedad, una masa alienada que nunca quiso ni supo comprenderlo.

Empiezo con esta referencia para decirlo de una vez. Alejandra fue la más cuerda de todas.

Nacida en Avellaneda un 29 de abril de 1936, tempranamente se vio inclinada hacia las letras. Tentada por el existencialismo y el surrealismo leyó a Artaud, Rimbaud, Baudelaire y Rilke, influencias que marcarían su escritura y la acompañarían a lo largo de su vida.

Hay dos cuestiones que quiero evitar. Por un lado, el aspecto biográfico que suele resaltarse en relación a una vida familiar compleja y un posterior padecimiento psíquico. Por otro lado, quiero evitar hacer un análisis temático de su obra que, en general, implica los conceptos de soledad, locura, muerte, niñez, desamor y sentimiento de ajenidad. Considero que poner el énfasis en lo primero nos aleja de su obra, y en cuanto a lo segundo, nos daría una superficialidad que no es la característica distintiva de la escritora. Elijo, entonces, desentenderme de esas lecturas.

Decir que Pizarnik fue una poeta es quedarse a medio camino. Hay personas que traspasan la barrera de los rótulos y no pueden encasillarse. Si la poética es un modo de asociar las palabras dentro de un sistema, ella fue más lejos aún y encontró el sonido del silencio que produce el vacío entre esas palabras.

Cuando uno lee su obra se queda atravesado por la experiencia. No puede leerse a la ligera, es preciso avanzar lentamente e incorporar -subjetivamente, por supuesto- uno por uno los colores que se nos van presentando. Avanzar sobre los rieles de su poética es presenciar la lenta elaboración de una pintura que se define a nuestro alrededor y nos deja adentro del cuadro. Una vez ahí no se puede escapar.

Esta lila se deshoja.

Desde sí misma cae

Y oculta su antigua sombra.

He de morir de cosas así.

“Vértigos o contemplación de algo que termina”

Deconstruyó el lenguaje y nos enseñó a leer. Lo hizo como nadie. Si bien su obra es vasta y pasó por distintos estilos, el efecto que más me atrapa es aquel efecto concreto, escueto y sobrio, que punza como una aguja en la piel sin necesidad de tirarte encima todo el aparato de la lengua y su floritura.

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La sensación es que ella desarmó la enorme maquinaria y la volvió a armar cambiando los repuestos de lugar. En eso, toma fuerza la influencia del surrealismo. Pienso, sin embargo, que el método Pizarnik es una variación y que la influencia surrealista debe tomarse como eso, como una influencia.

Una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo.

La rebelión consiste en mirar una rosa

Hasta pulverizarse los ojos.

23. Árbol de Diana

Hasta pulverizarse los ojos. Su presencia en la literatura es importante porque nos enseñó a leer de otra manera, una que implica mirar al lenguaje hasta pulverizarlo, hasta pulverizarse y quedar a solas con el significante y la marca.

Borges escribió un texto sobre Kafka en donde decía que después de Kafka, leemos a sus antecesores como si fueran post kafkianos. Eso pasa cuando un o una artista sacuden el sistema y cambian la forma de abordar al objeto en cuestión.

No quiero volver universal un sentimiento propio, pero a mí me resulta imposible leer cualquier poeta sin pensar que es post “Pizarnikiano”. Celebremos entonces su obra y dejemos que nos atraviese.

…aún no sé reconocer estos sonidos nuevos

que están iniciando un canto de queja diferente del mío

que es un canto de quemada, que es un canto

de niña perdida en una silenciosa ciudad en ruinas.

¿Y cuántos centenares de años hace

que estoy muerta y te amo?

“Noche compartida en el recuerdo de una huida”







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