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Antropomorfo y otros poemas

Estudiante de Artes de la Escritura, Matías Rosas nos invita a un casamiento en un patio de comidas de Coto, nos relata unas vacaciones en casa alquilada por AirBnb y nos habla también de una extraña criatura, un poco humana, que camina por las vigas del techo y come las sobras cuando nadie la ve.

Sábado 28 de septiembre | 00:00

Vacaciones

Su mujer le sugirió buscar casa en la web

—pero las fotos mienten—

alquiló una casa para su familia por Airbnb,

casa para cuatro personas totalmente equipada habitación principal cama Queen

más dos camas individuales

Tv lcd en living

más blanquería completa toallones sábanas no tienen que traer nada

—si falta algo, espero que el dueño responda—.

—¿y si me roban los datos de la tarjeta?—

Su mujer le decía que lo hacen todos

—bueno, yo te avisé—

No bien abrieron el portón de la casa vio

una moto Transalp en el jardín

—¿cómo puede dejar su moto aquí

con desconocidos?—

pero eso que le pareció extraño

se convirtió en admiración cuando vio

en el comedor

camperas de cuero de motociclista

cinco

las tocó agarró una se la probó

los nenes fueron a su pieza volvieron con canastos repletos de juguetes.

Su mujer le señaló fotos del dueño

también con

dos nenes.

El dueño en la Transalp y los nenes en una Honda 80

otra de su mujer

en un jet ski.

Transcurría la semana y cuando volvían de pasear

se quedaban en la casa

él revisaba los cajones y placares porque siempre había algo

que lo exaltaba incluso

las cremas en el baño

llamaba a su mujer

se las daba en mano

una por una probalas.

El día anterior de terminar las vacaciones

el dueño le pidió que devolviera la llave

en la casa de un vecino.

—¿Casa de vecino?, ¿no va a venir a inspeccionar?—

Hasta que llegó el último día de la semana

subió todo al auto

subieron todos al auto y quedó solo en el comedor

se volvió a probar la campera de cuero
se miró al espejo

salió caminando contento

hacia el auto

su mujer le dijo que no

no está bien.

Entró y dejó la campera colgada otra vez.

Y fue al baño

agarró los cuatro toallones que habían usado esa semana

los apretó bajo su brazo

su mujer lo vio venir al auto

y prefirió no discutir.

Antropomorfo

Camina por la viga del techo

se cuida.

Ella le teme a la luz y a ellos,

los luminosos. Llega por esa viga hasta la ventana

y mira

hacia abajo,

afuera.

No escucha las luces de la calle

ni semáforos reflejos. No huele

las marcas luminosas

ni el terror de esos tamaños.

Pero desde adentro

mira todo.

Se hacen las siete y la carne cocida invade.

Extasiada baja por el modular

se recuesta en el calor del televisor y espera.

Dejo caer huesos y migas en el sillón. En el piso.

Me duermo.

Cruza por la viga de madera.

Camina, huele, corre, come, no mira, mira, sube, escucha.

Notaré por la mañana sus desechos

en un rinconcito del sillón

y de tan prolijos y ordenados

no haré.

Dos cosas

Me acabo de enterar

dos cosas.

El coeficiente intelectual de una persona

se forma

hasta los siete años y no cambia más.

Y la otra,

es posible hacer un almuerzo de casamiento

en el patio de comidas de un Coto.

Ellos están vestidos para la ocasión

pollera negra y negro el pantalón

blusa blanca y camisa blanca.

—Gracias por venir estamos muy felices

de que nos acompañen

en este momento

ahora pueden ir al local que quieran

y comprar su almuerzo

¡cada uno come lo que quiere!—

Combos piden los mayores

cajitas felices los nenes

ensaladas las chicas

los solteros vienen con porrones

la novia le dice al novio —a mí pedime uno con bacon— y no se mueve

de la mesa larga (son una, dos… veintidós mesas).

Mi hijo me pide kétchup, le digo que vaya él y pida

le da vergüenza

pero va.

Vuelvo a ojear Instagram

—Un niño con siete años y un C.I. de ciento treinta tiene

nueve años

de edad mental—.

El novio hace cola en Burger y mi hijo

se para atrás

llega el amigo confianzudo del novio

abraza al novio

saca una selfie y dice otra

y a mi hijo

que sale en la foto

le hago señas

—por el costado

no no

no hagas cola—.

Mi hijo se queda en la cola

y cuando le toca

no se mueve

le pasa por el costado la suegra del novio

y pide.

Él me mira, le hago señas

—dale—.

Me acerco

quiero el auto azul me dice y…

—ay no lo vi es que

con todo este alboroto— la suegra

mientras habla, paga.

Volvemos a la mesa

y me pide

que le abra el kétchup

—Vos podés sos grande— pero

lo abro yo.

Come las papas con kétchup.

Poca gente en el Coto, claro,

es martes, qué inteligentes

en hacer el almuerzo

de casamiento

un martes.

Sobre el autor

Matías Rosas tiene 43 años, es de Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires y estudia la carrera de Artes de la escritura en la Universidad Nacional de las Artes.







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