Economía

EDITORIAL

China-EE. UU.: la disputa comercial y lo que verdaderamente está en juego

A modo de apuntes sobre lecturas y plasmando algunas reflexiones, dejo mis impresiones sobre la escalada comercial y su contenido de fondo. Lo que indican los movimientos bursátiles, las especulaciones sobre el giro de Trump y algo de lo que puede seguir.

Miércoles 15 de mayo | 17:42

La escalada comercial entre Estados Unidos y China, de un lado y las negociaciones -que, aún debilitadas, continúan- del otro, discurren por sendas paralelas desde que hace dos semanas las conversaciones -que parecían encaminadas hacia un acuerdo- comenzaron a colapsar. Lo que sigue es historia conocida: Trump terminó poniendo en vigencia el incremento que lleva del 10 al 25% los aranceles sobre 200 mil millones de dólares de productos chinos importados por Estados Unidos. Se trata de una medida con la que ya había amenazado pero que dejó en suspenso tras su reunión con Xi Jinping en Argentina en el contexto de la última Cumbre del G-20 de noviembre de 2018. Trump amenaza ahora, además, con imponer los restantes 300 mil millones de dólares de importaciones de origen chino con lo que -en caso de cumplirse- acabaría arancelando el total de las compras originadas en el Gigante Asiático. Por su parte China respondió anunciando que incrementará desde el 10% vigente a un 20 o 25% los aranceles sobre productos que importa desde Estados Unidos por un valor de 60 mil millones de dólares y que abarcan una amplia gama incluyendo desde alimentos hasta joyería. Vale remarcar que en el terreno de los aranceles comerciales China posee un poder de fuego significativamente menor debido a que sus importaciones provenientes de Estados Unidos son muchísimo más pequeñas que sus exportaciones.

Uno de los efectos inmediatos de la nueva escalada fue la caída del precio de la soja -con amplia impacto en Argentina, dicho sea de paso- que perforó la barrera de los 300 dólares en Chicago. Un elemento que, encadenado a otros aspectos, conmovió a los farmers del Medio Oeste norteamericano -base electoral de Donald Trump- a los que el presidente prometió 13 mil millones de dólares en subsidios -una medida que echaría más leña al fuego de un déficit que crece de manera casi descontrolada.

Lo que “piensan” las Bolsas

Los movimientos bursátiles en particular los de Wall Street, suelen indicar cuánto los “mercados accionarios” -un eufemismo que encubre al poder económico más concentrado- creen que hay de cierto en la escalada comercial y cuánto hay de maniobras destinadas a mejorar la negociación. Desde que la negociación se enturbió, la reacción de los “mercados” resultó en un principio moderada, mostrando mayor confianza de que finalmente se llegaría a una negociación.

Pero el lunes, el panorama cambió y si varios índices como el Hang Seng de la Bolsa de Hong Kong, el Shanghai de China continental o el Shenzhen -más centrado en los valores tecnológicos- caían sin mayores novedades respecto de días anteriores, lo más importante sucedía en Wall Street. Con una caída del 2,4% el índice S&P 500 mostraba su peor descenso desde principios de enero. A su vez el índice compuesto Nasdaq -que agrupa las acciones de alta tecnología- caía 3,4% en lo que representó su peor declive en 2019. Aunque por ahora -según The New York Times- las acciones continúan arrojando ganancias considerables, con el S&P 500 sosteniendo una suba del 12% en 2019, la venta masiva también muestra que Wall Street está considerando la posibilidad de que el conflicto comercial se prolongue.

Como refleja el mismo artículo “Durante meses, los inversores asumieron que la guerra comercial, el gran peligro para la economía mundial, terminaría pronto. Hace apenas unas semanas el S&P 500 alcanzó un récord. Esa ilusión se rompió a medida que aumentan las preocupaciones sobre la desaceleración del crecimiento y el aumento de los costos.” Incluso el lunes, el índice accionario de las empresas más pequeñas -que tienen márgenes de ganancia menores y menor poder de negociación- cayó más que el S&P 500 ante la amenaza de que Trump extienda las tarifas a una gama de productos de consumo incluyendo teléfonos celulares, computadoras y juguetes que hasta ahora no habían sido afectados. La directora de estrategia de acciones en Estados Unidos en RCB Capital Markets señala a The New York Times que “va a ser más difícil para los más pequeños”.

De modo que, en principio, los “mercados” empiezan a percibir un conflicto largo, complicado y, probablemente, con serias consecuencias, en el que el enfrentamiento se impone a la negociación. Aunque esta parece ser la tendencia más probable, aún no está todo dicho. Por un lado y según otra nota de The New York Times, tanto Estados Unidos como China dejaron un margen como para que los negociadores de ambos lados intenten llegar a un acuerdo antes de que entren en vigencia los aranceles más altos. China demorará las tasas más altas hasta el primero de junio mientras los aranceles del 25% de Trump afectan a los productos enviados por China a partir del 10 de mayo, dejando una brecha de dos a cuatro semanas desde el momento en que la mayor cantidad de productos salen de China en barco hasta cuando llegan a un puerto norteamericano. Por otra parte, Trump ya anunció una nueva reunión con Xi en junio, en el marco de la próxima cumbre del G-20 en Osaka.

¿Por qué el giro de Trump?

Aparentemente dos motivos fundamentales entraron en acción para precipitar el abrupto cambio trumpista desde un presumible acuerdo hacia el enfrentamiento directo. El primero de ellos parece haber sido el choque entre un pronóstico de crecimiento para la economía norteamericana por debajo del 2% para el primer trimestre y los resultados que arrojaron un aparentemente saludable 3,2%. En un primer momento, las caídas bursátiles de diciembre pasado, la decisión de la Reserva Federal de mantener los aumentos programados de las tasas de interés para los bonos de corto plazo, la tendencia al agotamiento del efecto de las rebajas impositivas y los pronósticos de desaceleración de la economía norteamericana y mundial, habían acobardado a Trump que ya está hace rato en modo “reelección 2020”.

Como los resultados económicos constituyen una condición absolutamente necesaria para su eventual éxito, ese conjunto de elementos lo habría conducido a una posición a la vez más conservadora hacia China al tiempo que desarrollaba una campaña de presión sobre el presidente de la Fed, Jerome Powell, “exigiendo” -aunque se supone que el Banco Central es independiente- una baja de las tasas de interés.

Pero tanto la decisión de Powell que -con el beneplácito del FMI, temiendo una desaceleración y cediendo un poco a la presión de Trump- frenó las subas de tasas en 2019, como la sorpresa del crecimiento del 3,2% en el primer trimestre, parecen haber invertido la ecuación. Al parecer Trump está amalgamando una mejora coyuntural que, como señala Jack Rasmus en Predicting the global economic crisis, constituye un fenómeno temporal y un resultado casi contable, con una inversión de la tendencia de la economía norteamericana, derivada de sus prácticas comerciales. Como explica el mencionado autor, si en un primer momento las empresas acumulan inventarios de forma artificial para anticiparse a las subas de tarifas, el procedimiento permite que en un segundo momento las importaciones decrezcan. Como consecuencia las “exportaciones netas” aumentan -aún si no se ha agregado ni un alfiler en las ventas externas norteamericanas. Las “exportaciones netas” contribuyen al PBI de modo tal que la economía norteamericana podría incluso desacelerarse en términos de producción y exportaciones pero si las importaciones disminuyen más aceleradamente, parece que las exportaciones están aumentando y que por lo tanto, también lo está haciendo el PBI comercial.

El asunto, sin embargo, es que más allá de esta contabilidad las variables fundamentales como la inversión, la productividad o el consumo, permanecen débiles, el déficit comercial anual arrojó un valor máximo en 2018, el impulso inicial de los recortes impositivos se agota y las tendencias a la desaceleración de la economía norteamericana permanecen sin cambios cualitativos. La evolución de la inversión privada fija neta no residencial en el contexto del mayor impulso de los recortes impositivos de 2018, constituye un dato clave para observar la tendencia. Según nuestros propios cálculos en base a datos de BEA, esta variable arrojó un crecimiento equivalente al 2,59% del PBI. Un valor un poco menor al de 2017, representando ambos un rebote con respecto al crecimiento casi nulo de la misma variable en el cuasi recesivo año de 2016. Los valores de estos dos últimos años se hallan no obstante por debajo de otros valores observados en el curso de la débil década pos 2008 como aquellos de los años 2014 o 2015.

Volviendo al giro de Trump, el cambio hacia una línea ofensiva constituye una “saludable” propaganda para su base a la que engaña persistentemente con la idea de la "reindustrialización norteamericana". Un discurso que se vuelve protagónico ante cada proceso electoral -como lo fue en el período previo a las elecciones de medio término. De todos modos Trump juega con fuego y como se describe con bastante contundencia en otra nota de The New York Times, las políticas arancelarias estuvieron lejos de acelerar el crecimiento económico y en la medida en que Trump afirma encontrarse en una posición económica más fuerte, podría estar socavando su posición y disponiendo a la economía y a los mercados financieros para una sorpresa desagradable.

El comercio como moneda de cambio

El segundo motivo que aparentemente impulsó el giro político de Trump habría estado asociado -en parte- a las condiciones mismas de la negociación. En la versión de Washington la responsabilidad del fracaso de las negociaciones recae sobre China que habría cambiado los términos de un acuerdo alcanzado previamente. Por supuesto las versiones son múltiples, la verdad resulta “incognoscible” -en este caso- y la interpretación de los hechos debe involucrar una multiplicidad de factores.

Según The New York Times, China estaba dispuesta tanto a avanzar en la protección de la propiedad intelectual de las empresas norteamericanas como a abrirles sus mercados. Pero también parece que Trump quería que en el acuerdo se explicitara que algunos de esos cambios tendrían su contraparte en la legislación china. Pero resulta que cualquier cambio legislativo o mutación de política para China podría resultar potencialmente humillante internamente, como prueba de haber cedido terreno bajo presión.

El ya citado Jack Rasmus se pregunta quién inició realmente el proceso de ruptura. Dice que si los chinos retrocedieron en algunos términos ello constituyó claramente una respuesta al equipo de Trump que inició el recule. Estados Unidos había declarado públicamente la semana anterior que mantendría las tarifas violando el entendimiento, Trump volvió a amenazar con aranceles sobre los restantes 300 mil millones de importaciones chinas, dijeron que China no sólo debería detener la transferencia de tecnología sino también compartir su desarrollo tecnológico con Estados Unidos -incluyendo tecnología sensible en términos militares como el 5G, la inteligencia artificial y la ciberseguridad- si es que quería llegar a un acuerdo. Exigió que China deje de subsidiar a sus empresas estatales e indicó que continuaría sus esfuerzos globales para evitar que los aliados de Estados Unidos hagan acuerdos con empresas de tecnología china como Huawei, ZTE, China Movile, etc. El asunto de fondo, dice el autor, es que no quieren un acuerdo para reducir el déficit comercial de productos de Estados Unidos con China, y están dispuestos a renunciar a las concesiones significativas de China que ya se hicieron a Estados Unidos en las negociaciones sobre el acceso de las empresas estadounidenses a los mercados de China, si no pueden detener su tecnología -en especial 5G, IA y ciberseguridad.

En nuestra impresión y como hemos venido sosteniendo sistemáticamente en múltiples artículos desde hace ya tiempo, el comercio no es más que una moneda de cambio o un instrumento de presión en una relación chino-norteamericana que día a día avanza en complejidad y contradicciones cada vez más profundas. En este contexto los aspectos que rigen el fondo de la disputa nos parecen centrados tanto en la necesidad de las empresas norteamericanas de penetrar en China en mejores condiciones como en la lucha por la tecnología de punta que -hasta cierto punto- representa más directamente los intereses del Estado norteamericano o los de “su” burguesía en tanto clase. Vale recordar que la gran pelea geopolítica con China por Huawei y la red 5G ya va más allá de Europa extendiéndose a territorio latinoamericano, incluyendo tanto a Brasil y Argentina -como plantea una interesante nota de Foreing Affairs- como a México y otros países. En este contexto general, la disputa comercial constituye en los hechos un instrumento, un mecanismo de presión que posee el doble rol de buscar hacer hocicar a China en los objetivos superiores mientras sirve como propaganda demagógica del “made in America” para los millones de “perdedores de la globalización”.

En este complejo contexto parece que también en el campo de la negociación directa, actuó el envalentonamiento de Trump fundado en el dudoso resultado económico de la economía norteamericana del primer trimestre del que hablamos más arriba. Trump parece estar utilizando una posición de fuerza para ir por más cuando, por otra parte, más lo necesita internamente. Y si bien al poder económico más concentrado la "guerra de tarifas" no le simpatiza, hasta ahora las medidas resultaron light y mayoritariamente tanto republicanos como demócratas bancan a Trump en una política de penetración más ofensiva de China en pos de los objetivos mayores mencionados. La contradicción es que si Trump sigue adelante y las consecuencias económicas se intensifican es altamente probable que pierda gran parte de ese apoyo. Además la propia guerra comercial como instrumento de presión es también un hecho actuante y de profundizarse, es muy probable que termine promoviendo resultados no deseados por sus promotores y mucho menos por las élites económicas. Se trata de un factor de alto riesgo que opera no sólo en el contexto de las tendencias de fondo a la desaceleración de la economía norteamericana sino también en un marco en el cual el ritmo del crecimiento económico se ha desacelerado en gran parte del mundo. Sin ir más lejos, el Fondo Monetario Internacional redujo su pronóstico de crecimiento global 2019 en abril pasado a 3.3 por ciento, lo que lo ubicaría entre los años más lentos de la última década.







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