Géneros y Sexualidades

ENSENADA

Astillero Río Santiago: violencia de género y encubrimiento institucional

Los padres de una alumna amenazaron de muerte a una docente de la fábrica. La gerencia y el sindicato quisieron tapar todo. Ella publicó una carta abierta. El apoyo fue masivo y se destapó la olla.

Daniel Satur

@saturnetroc

Martes 8 de marzo de 2016 | Edición del día

  • Obreros del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obreros del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obreros del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obrero del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obrera del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obreros del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Obrero del ARS en solidaridad con Eugenia Evrett
  • Claudia Lupardo, docente de La Pampa, en solidaridad con Eugenia Evrett

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Cuando Eugenia Evrett relata lo que está viviendo desde hace más de dos semanas, desborda entereza y convicción. Durante toda la conversación con La Izquierda Diario no bajará nunca los decibeles. La bronca por estar sufriendo algo que cree injusto y desmedido se compensa con la certeza de que el camino a recorrer no es otro que el de la denuncia pública y el grito, junto a sus compañeras y compañeros, de “¡basta de violencia de género!”.

En pocos días Eugenia recibió un par de malas noticias: el padre y la madre de una alumna la agredieron y amenazaron de muerte. A su vez las autoridades de la escuela (que funciona adentro del ARS), la gerencia y los dirigentes de ATE le pidieron que “todo quede adentro” y el caso no trascienda.

Pero también recibió de las buenas: primero, un grupo de compañeras inmediatamente se puso a su disposición. Después, la solidaridad que se extendió entre todo el personal, que hoy hace circular por redes sociales sus fotos posando con carteles que dicen “Eugenia estamos con vos, no a la violencia de género”.

Ella se sorprende y se emociona. Y entonces quiere que todos sepan lo que está pasando en la empresa de Ensenada (propiedad del Estado bonaerense). Porque, además, sabe que su caso no es el primero ni es el peor.

“¡A esa conchuda la voy a tener que matar!”

Daniel Mihdi trabaja en la sección de Comercio Exterior del Astillero, con la categoría de Jefe. Tiene dos hijos adolescentes que estudian en la escuela que funciona dentro de la empresa, donde la gran mayoría de la matrícula son hijas e hijos del personal. Según quienes lo conocen desde hace años, Mihdi es un ferviente evangelista. Pero también es un “buchón”, por lo que ya tuvo varios problemas con sus compañeros y no es muy querido entre los trabajadores.

El viernes 19 de febrero a Mihdi le sonó el teléfono celular. Lo llamaban de la escuela para preguntarle por qué su hija no había ido a rendir físico-química, ya que en diciembre había desaprobado. Como respuesta, la psicóloga del equipo docente (que es quien hace esos llamados) recibió una catarata de agresiones que, en realidad, no iban dirigidas a ella sino a Eugenia, la profesora de la materia. “Mi hija en diciembre aprobó. A esa conchuda la voy a cagar a palos, la voy a matar. Ya mismo voy para allá”, dijo y cortó. A los cinco minutos entró a la escuela y fue directo a la Secretaría, alteradísimo.

Lo que siguió ya la tenía a Eugenia como testigo directo. Primero escuchó desde el pasillo varios de los gritos que Mihdi le propinaba al vicedirector, al secretario y a la prosecretaria. “¿Qué tengo que hacer con ésta? La voy a matar a palos”. Uno de los directivos le preguntó a quién se refería. “A esa conchuda de Eugenia Evrett, que es un desastre como profesora y ya me tiene cansado”, respondió. En ese momento intentó hacer desaparecer el exámen (se lo habían mostrado) para justificar que su hija había aprobado en diciembre.

“Al ver desde afuera la escena decidí entrar a la Secretaría”, relata Eugenia. “Ahí empezó a decirme que yo tenía un doble discurso, que yo le dije a su hija que estaba aprobada y hasta llegó a acusar al Astillero de truchar papeles, por lo cual no podía confiar en las actas y en el exámen que estábamos mostrándole. Descontrolado, dijo ’ahora se las van a ver con mi mujer’”, recuerda.

Al rato apareció Cintia Vedia, la madre de la alumna. “En la Secretaría, frente a los mismos directivos, a la psicóloga del gabinete, a su esposo y a la misma adolescente que presenció todo, ella dijo que no quería ver ningún papel y directamente me acusó de mentirosa. Su mirada me descolocaba, intimidante total. Me dijo que ellos tienen problemas conmigo desde hace tiempo, que varias veces quisieron hablar pero yo nunca los quise atender, que soy muy ’faltadora’ y demás”, describe la docente. El de Vedia fue un monólogo, no dejaba hablar a nadie.

El resto de la improvisada reunión adquirió un tono, se podría decir, bizarro. “Cuando ya estaba casi todo dicho empezaron a invocar a Dios. ’Acá nadie va a mentir porque está Dios mirándonos. Dios está entre nosotros’. Y largó otra amenaza contra mí, diciéndome que me va a hacer un seguimiento durante todo el año. ’Esto es con vos’, me dejó en claro”, dice Evrett.

Para ella los problemas que los Mihdi arrastran “desde hace tiempo” responden a que sus hijos fueron alumnos suyos en varias materias. “El año pasado tuve al varón en Salud y Adolescencia”, recurda Evrett. “Ahí tratamos muchos contenidos de la ley de Educación Sexual Integral, donde debatimos temas como la diversidad, la identidad de género, los roles, el aborto y todo lo que surge con los chicos. Como ellos pertenecen a la iglesia Pueblo Nuevo de Berisso, obviamente muchas de estas cosas les caen mal. Hasta cuestionaron que usemos Facebook con los chicos y a sus hijos no les dejan tener perfil propio. Son de la idea de que en la escuela hay que ’redisciplinar’ a los alumnos”, reflexiona.

Un nuevo atropello se dio el martes 23 de febrero, cuando la hija volvió a rendir y, tras la entrega de la nota, la madre apareció y pidió ver el exámen. “Una compañera se lo mostró, ella le sacó una foto, lo firmó, le puso ’visto’ y su DNI. Eso ya fue totalmente intimidatorio”, sentencia la profesora.

“Todo lo arreglamos acá adentro, Eugenia”

Ningún directivo de la escuela orientó a la docente sobre cómo actuar frente a las amenazas y ataques. Por eso, al verse doblemente intimidada, decidió ir a hacer una denuncia penal contra la pareja a una comisaría. Poco después, enterada que de que Mihdi había vuelto a reunirse con los directivos, fue a hablar directamente con el gerente Carlos Maduri. Le entregó una copia de la denuncia penal, otra de la denuncia a la Dipregep (Inspección de Escuelas) y un descargo que había redactado el día anterior en el que demostraba que el asunto vulnera la legislación vigente respecto a la eliminación de la violencia contra las mujeres y el acoso laboral.

“Frente a mi pedido de que tomen cartas en el asunto, que al menos debería haber una sanción hacia este trabajador, el gerente me dijo ’ya me ocupo’”, recuerda ahora indignada, ya que “esos papeles nunca llegaron a Recursos Humanos, que es donde deberían evaluar la sansión. A todo esto el gerente me decía que me iban a resguardar y que Mihdi estaba ’arrepentido’ y que había dicho que ese viernes había tenido un mal día laboral. Pero a mí las disculpas no me alcanzan y en todo caso deberá pedírmelas frente a todo el personal que fue testigo de las amenazas”.

En pocos días Eugenia se desayunó de varias cosas que no imaginaba. Sobre todo de la evidente voluntad de las autoridades del Astillero y de los dirigentes sindicales aliados de ningunear a la víctima y encubrir a los victimarios.

“La gerencia de Recursos Humanos le recibió los papeles de la denuncia a una de nuestras delegadas de género recién a la tercera vez que los presentó, el martes 1° de marzo, once días después de los hechos, pese a que siempre supieron qué era lo que había pasado”, afirma. Es que “nadie quiso que esto saliera de la escuela y del ARS. Uno de los directivos me dijo directamente ’esto lo arreglamos puertas adentro’, dándome a entender que estaban de mi lado pero no querían que haya ’quilombo’”.

Una carta abierta que pateó el tablero

Apenas enteradas de lo que le había pasado a Eugenia, un grupo de compañeras decidió no dejarla sola. Nora Buich, profesora de Literatura y miembro de la Agrupación Marrón del Astillero, fue una de las que se pusieron a su disposición y ayudó a Eugenia a redactar el descargo. Y pensaron juntas otras medidas.

“Con las compañeras decidimos sacar el miércoles 2 una carta abierta titulada ¡Compañera no te calles! ¡Compañero ayudanos!”, relata Eugenia. En el texto explicaban brevemente los hechos del día 19 y las reacciones posteriores de la gerencia y el sindicato, que por un lado prometían actuar pero por otro no hacían nada.

Pero una vez enterados de la decisión de Eugenia de comunicarle a todos los trabajadores del Astillero la situación, se prendieron las alarmas. La gerencia citó inmediatamente a Mihdi para ese miércoles a la mañana. El padre de la alumna negó las agresiones y amenazas. Hasta dijo no recordar con quién habló por teléfono ese viernes 19.

Por el lado de ATE, durante todo el martes no pararon de llamar a Eugenia, incluyendo la delegada de género, para convencerla de que no publique la carta. “Hasta tuve llamadas perdidas de Diego Seimandi, delegado general de ATE del Astillero. Pero yo tengo claro que si no era por esa carta abierta en Recursos Hunamos no agarraban la denuncia”, dice convencida.

Al otro día, desde la conducción sindical fueron a hablar con ella. “Me brindaron su ’apoyo’, me dijeron que quieren mucho a mi papá (hace 38 años trabaja en el ARS), que me quieren resguardar y que iban a hablar con el gerente de Recursos Humanos Juan Ignacio Silva”, relata Evrett. Y a la tarde se encontraron con ella los directivos de la escuela y un represetante de ATE. “Me pidieron disculpas porque hasta ese momento no se habían comportado bien y me dijeron que al otro día nos reuniríamos en Recursos Humanos. Les dije que se habían manejado muy mal y que yo no quería repetir lo que ya está escrito. Sugirieron que me tome unos días de licencia, como para sacarme del medio”, reflexiona.

La diplomacia duró poco. “Horas después uno de los directivos me dice en el pasillo que ’se andan diciendo cosas’ de mí, que circulan comentarios. Yo ahí ya estaba saturada. Levanté la voz y le dije ’no sé a qué comentarios sobre mí te referís. Yo sé que la mirada de esa señora es una mirada de enjuiciamiento, de hecho me dijeron que el problema es conmigo. Así que eso que vos no querés nombrar es por lo cuál se está armando todo este lío. Pero con que solo uno nombre la palabra ’sexualidad’, ahí sí que se va todo a la mierda, la empresa, la escuela, todos”, dijo Eugenia. “Le dejé claro que estábamos hablando sobre mi orientación sexual”, sentenció.

Las autoridades también se preocuparon cuando supieron que Eugenia, antes de largar la carta abierta, amplió su denuncia penal en una fiscalía. “Sentí la necesidad de resguardarme un poco. Por eso hablé con la abogada del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y fuimos a la fiscalía”, relata. Horas después el gerente Maduri llamaría al director de la escuela para levantarlo en peso. La cosa se les estaba complicando.

Promesas, promesas

El jueves 3 Eugenia fue a la reunión convocada por la gerencia. “Después de varias negativas logré que me dejaran estar acompañada por Nora, por la delegada de género y otra compañera. La gerencia me pidió disculpas, dijeron que los papeles los habían recibido recién el día anterior y prometieron abrir un sumario contra Mihdi, aclarando que esto llevará tiempo. Estaban los dos representantes de la gerencia de Recursos Humanos y el jefe de Personal”, relata la docente.

Eugenia sabe que las promesas quedan allí si no se presiona. Por eso está convencida de que los pasos que dio con sus compañeras fueron fundamentales. “Astillero es una empresa donde hay mucho machismo y mucho tabú. Lo que pasa es que nadie se anima a denunciar. Yo me sorprendo de mí misma porque me animé. Pero obviamente no lo podría haber hecho sola. Necesité de gente que se acercara, que difundiera por las redes y me ayudaran a imprimir la carta”, reconoce.

Y destaca la importancia de que se sumen compañeros y no sean solo mujeres. “A raiz de esto me llamaron alumnos, me escribieron padres alentándome. Antes de hacer esto pensé mucho en las posibles consecuencias. Y da un poco de miedo. Hasta pensé que podrían sacarme las horas de clase y mandarme a otro lugar. Pero no. Al contrario, ahora me vienen a pedir disculpas”, dice mientras se le escapa una sonrisa.

Apoyos y solidaridad

Hoy está más tranquila. Pero sabe que la lucha recién empieza. “Cuando repartimos la carta, unas 1.200 copias y nos quedamos cortas, muchos nos miraban y nos querían comer crudas. Pero una vez que empezó a circular las muestras de solidaridad fueron enormes. Ahora voy al comedor y no paro de recibir apoyo. Hay una compañera que me vino a decir que ella sufrió algo muy feo también pero no se animó a denunciarlo. Estoy sorprendida y emocionada”, cuenta.

Para Nora, su compañera, “las autoridades se portaron muy mal, nunca pensaron en cómo expusieron durante tres horas a la nena y a Eugenia a una situación así. Ese viernes yo estaba en otro edificio, así que no me enteré. Pero ella me llamó el sábado y me contó. No podía creer semejante desprotección”. Y recuerda que “una de las delegadas de género al principio dijo que iba a hablar con Mihdi, cosa que nos indignó. Y uno de los dirigentes del gremio, cuando se enteró del hecho dijo ’el lunes estoy ahí’, pero nunca apareció. Por eso decidimos acompañar a Eugenia con el reparto masivo de la carta”.

Nora fue el nexo entre Eugenia y los obreros de la Agrupación Marrón. “Hablé con Juan Contrisciani, delegado de Cobrería, y acordamos que íbamos a poner todo nuestras fuerzas para acompañarla. También con un compañero de la Agrupación Azul, pero él se borró enseguida. Si nosotros no seguimos levantando esta campaña por Eugenia no va a pasar nada”, afirma.

Entre otras cosas están discutiendo la necesidad de poner en pie una “comisión de género” en el Astillero, que tome todos los casos de los que ya se están enterando y para actuar sobre los posibles futuros casos.

“Para este 8 de marzo resolvimos hacer una bandera que diga ’todos somos Eugenia Evrett, no a la violencia de género’. E invitamos a las compañeras a que marchen detrás de esa bandera en este Día Internacional de la Mujer”. Cuando Nora dice eso, Eugenia vuelve a largar una sonrisa.







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