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Chicas no convencionales

Cuatro mujeres que trabajaron descifrando los códigos militares de los nazis, usarán sus recursos para resolver una serie de crímenes de la Inglaterra de posguerra, en la miniserie policial inglesa The Bletchley circle

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 29 de mayo de 2016 | Edición del día

Susan: –Todas esas tropas van avanzando por nosotras. Nada mal para unas chicas convencionales en una casa de lata… ¿De qué te reís?
Millie: –“Chicas convencionales”. No podrías ser convencional aunque lo intentaras.
S: –Cuando esto termine, ¿no tendremos que ser convencionales?

Este es uno de los primeros diálogos de la miniserie de PBS (2012-2014) cuyas dos temporadas Netflix habilitó recientemente. Quienes hablan son dos de las cuatro protagonistas que durante la II Guerra Mundial trabajaban en Bletchley Park para el Estado británico descifrando los códigos militares que permitieron conocer los movimientos de los nazis. Pero dicha tarea era un secreto de Estado, y terminada la guerra ellas volverán a sus vidas “normales” sin poder contarlo. Así las encontrará la serie casi una década después, reunidas nuevamente para poner sus talentos en la resolución de una serie de crímenes en el Londres de posguerra.

La serie se esmera en una reconstrucción histórica de la Inglaterra de los años cincuenta con su moda, sus peinados, sus códigos sociales y abundantes referencias a los problemas de la época conocida como la “Era de la Austeridad”: falta de trabajo, escasez de combustible, cambiantes alineamientos políticos (los alemanes que pasan a clientes y los rusos, de aliados a enemigos) y por supuesto los heridos, pero también los secretos, que la guerra dejó: el mercado negro que (incorporó la trata de personas de países del Este europeo), los “daños colaterales”de las pruebas con armas químicas, o las mismas actividades de inteligencia llevadas a cabo en Bletchley (hoy un museo) que dan título a la serie, donde se concentró el trabajo de militares y civiles trabajaron rompiendo los códigos militares alemanes a partir del trabajo pionero de Alan Turing y otros, actividad que por ley permaneció oculta durante décadas.

A pesar de la ocurrente premisa que aprovecha el éxito de películas comola dedicada a la biografía de Turing, la deriva de los casos policiales que enfrentarán es quizás lo más flojo de la serie. No porque no reúnan una buena dosis de los intríngulis del policial racionalista “de enigma” con las del policial “negro” que las pondrá en acción (y en peligro), sino porque en muchos casos sus decisiones están hilvanadas mediante clichés o personajes secundarios poco creíbles: la policía es inoperante e incluso es sospechada de estar implicada en los crímenes, y sin embargo lograrán en algunos oficiales inesperadas ayudas. Las mismas protagonistas, que verosímilmente dudan de a turnos sobre continuar la pesquisa, suelen finalmente seguir adelante alentándose con apelaciones un tanto melosas a la justicia o a la responsabilidad frente al prójimo. Sin embargo, lo más interesante en la serie es la situación que pinta de las mujeres en la Inglaterra de posguerra, incluso la de estas cuatro mujeres formadas y con recursos.

Cada una de las protagonistas tiene una capacidad asombrosa para los cálculos, la geografía, los idiomas o la memoria eidética, aunque han vuelto a la convencionalidad que la sociedad esperaba de ellas, la cual significa en el mejor de los casos condescendencia, y en el peor, violencia. Deberán ahora mantener en secreto esos talentos de sus maridos o jefes. Millie con un trabajo precario debe soportar los lances de su jefe; Lucy, casada con un hombre violento, terminará golpeada por llegar tarde a casa; Jean, que fuera supervisora de Bletchley, tiene un gris trabajo de bibliotecaria y Susan, ama de casa, deberá inventarse un “club de lectura” para justificar sus encuentros con amigas. Su “comprensivo” marido Timothy hará su propia lectura de esa excusa: “Apuesto a que ni bien salga por esa puerta Charles Dickens no va a recibir ni una mirada y se van a pasar la mañana entera chusmeando sobre los viejos tiempos”. No es que desconozca el talento de su esposa: solícito, cuando la ve inquieta, le ofrecerá revistas de enigmas para resolver. Pero cuando las actividades de Susan parecen llevarle más tiempo del que considera adecuado, reprochará: “Esto tiene que parar… Lo que sea que esté pasando. Sos mi esposa. Y sobre todo, sos madre. Y eso tiene que estar primero”.

Las protagonistas y otras ex camaradas que irán apareciendo, a pesar de haber sido expertas en matemática o en la reparación de complejas máquinas de cifrado, solo pueden aspirar a ser madres responsables o secretarias de tipeo veloz. Así espera también la sociedad que se eduque a las futuras generaciones; cuando Susan recorre buenas escuelas para su hija, encontrará el mismo código que no necesita de su talento para revelarse como un patrón:

Susan: –¿Estudian algo más que aritmética básica? ¿Cálculo? ¿Lógica?
Directora: –Algunas de nuestras chicas estudian matemáticas a un nivel convencional. (…) Creemos que las artes y las lenguas son una mejor opción para la mayoría de nuestras chicas.

Pero esta ciudadanía “de segunda” que las une en la incomodidad con sus destinos, no será ingenuamente tratada cuando se aborden los vínculos de su amistad. Entre ellas habrá tantas diferencias y reproches como comprensión y apoyo. Millie y Susan, que habían soñado con viajar juntas, cuando se reencuentran tienen diálogos tensos como este:

S: –¿A dónde más fuiste?
M: –A todos los lugares sobre los que hablamos.
S: –¿Era como pensábamos?
M: –¿Una gran aventura querés decir? Sí, sí lo fue. Hasta que se acabó la plata. No fue una aventura así después de eso… ¿Y entonces, cómo se llama?
S: –Timothy. Trabaja en el Departamento de Transporte. Es bueno, te caería bien. Creemos que lo van a ascender…
M: –Entonces conociste a Timothy y quedaste embarazada. Ahí tenés: tu propia gran aventura.
S: –Sí, tenemos una nena y un nene, Claire y Sam. ¿Vos?
M: –¡No! No... Eso debe mantenerte ocupada.
S: –Sí, bastante. Llevo las cuentas, hago que la carne nos dure una semana, mantengo la casa limpia, cocino…

Los encuentros posteriores incluirán no pocos roces: “Podríamos ser útiles otra vez” dice Susan cuando les propone la primera y peligrosa investigación; “¿Qué querésdecir con ‘otra vez’? ¿Querés decir que no somos útiles ahora?”, rebatirá Jean, y cuando Susan insista volverá a la carga Millie: “Lo dice la ama de casa con dos niños y un marido esperando una promoción”. “Ayuda a pagar las cuentas. (…) No todos tenemos la maravillosa carrera de Timothy para sostenernos…”, sentenciará Milliecuando lainquieran por ciertos productos de contrabando. Susan no se quedará tampoco callada: “Ninguna de ustedes entiende (…) Ninguna de ustedes tiene hijos, ni una familia”, retrucará cuando una nueva investigación ponga enpeligro tanto sus vidas como su equilibrio familiar. Cuando más adelante Susan y Millie intercambien sobre la posibilidad de que la primera siga a su marido al extranjero por trabajo, la aparente oportunidad que se le abre no hará desaparecer la incomodidad:

S: –Dice que depende de mí si lo acepta. En algún lugar lejano. Emocionante, importante. "La oportunidad para un nuevo comienzo", dice, no sé lo que quiere decir. (…)
M: –¿En serio? (…) Por supuesto que quiere un nuevo comienzo. Quiere a su esposa de regreso.
S: –No me fui a ninguna parte.
M (riéndose): –¡Susan!
S: –Es lo que habíamos planeado vos y yo. Ir al extranjero, viajar. Quería hacerlo, estaba tan dispuesta a hacerlo… Y entonces...
M: –Lo que pasó, pasó. No te arrepentís, ¿no?
S: –Por lo general no. Pero... una parte de mí siempre se sintió que estaba corriendo detrás de ti, tratando de alcanzar el tren.

Esa misma incomodidad no ha tenido solución en el más de medio siglo transcurrido: quizás los códigos sociales parezcan haber cambiado tanto como la moda y los peinados de los cincuenta, pero las mujeres seguimos siendo, en este mundo, ciudadanas de segunda. El código patriarcal que sigue rigiendo la vida de las mujeres está probablemente más descifrado, pero aún está pendiente romperlo.







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