Política

TRIBUNA ABIERTA

Crisis hegemónica progresista y surgimiento de una “nueva derecha” en América Latina

Las crisis pueden ayudar mucho más a entender el momento histórico político que se atraviesa, que a complicar su interpretación.

Victoria Darling

UNILA Universidad Federal de Integración Latinoamericana

Viernes 11 de diciembre de 2015 | Edición del día

“No queremos el impeachment. Queremos ver sangrar a Dilma hasta el 2018”.
Aloysio Nunes Ferreira. Senador y actual vice-presidente del PSDB

“Nunca un discurso pudo arreglar ni una puerta. Con palabras no se construye una casa, no se salva una vida, no se llega a la Luna”.
Mauricio Macri. Presidente electo en Argentina

Las crisis pueden ayudar mucho más a entender el momento histórico político que se atraviesa, que a complicar su interpretación. En general, solemos tener temor a los tiempos de crisis, los vinculamos al caos y a la inacción, sin embargo, autores del marxismo latinoamericano como René Zavaleta, nos ayudan a comprender que la crisis es el momento de develamiento de las contradicciones sociales inherentes a las sociedades latinoamericanas, más aún, es la instancia en que la clase se autoconoce y por tanto, identifica los intereses ahora descubiertos, develados, de los sectores dominantes. Si sabemos leerlas, las crisis contribuyen a entender el presente y en todo caso, a mirar con ojos atentos, el pasado.

A lo largo de los últimos años, hemos presenciado una revigorización de los espacios de protesta. La calle, como espacio de visibilización de demandas, reclamos, pero también propuestas de cambio y manifestación de expectativas, se vio nutrida de colectivos que hasta hace menos de cinco años, no se exponían.

Al calor de los gobiernos de Cristina Kirchner, Dilma Rousseff y Nicolás Maduro, la conflictividad social fue cambiando de forma y contenido. Lejos de cristalizarse un campo minado por movimientos sociales autónomos en puja por radicalizar las promesas iniciales realizadas por estos gobiernos, algunas agrupaciones –fusión de viejas y nuevas identidades coletivas- asumieron las banderas de sus líderes como propias, resignificando su lucha. Este proceso se sumó a la pérdida de motivaciones que antes eran el núcleo de las demandas de los movimientos sociales, como asignaciones sociales, generación de empleo, mejores condiciones de salud, educación y garantía de derechos básicos. Así es que al lento compás del abandono de la calle como espacio de confrontación autónoma de los movimientos sociales -que participaron del ciclo de protestas de inicios del 2000-, fue ocurriendo un cambio de las figuras que ocuparon dicho espacio. En las antípodas ideológicas, pero en el mismo espacio físico, tradicionalmente ocupado por la izquierda, sectores conservadores que desconocían el espacio de la movilización encuentran hoy en la marcha una práctica común. Amparados en la memoria de procesos de crítica y destitución en 2001 en Argentina, 2003 en Bolivia y 2000/2005 en Ecuador, la actual oposición se apropia del repertorio de los movimientos sociales manifestando voluntad de cambio y renovación.

Lo llamativo es que si bien durante todo el periodo del chavismo en el poder, nos acostumbramos a las marchas y contramarchas, esto no ocurría en países como Bolivia y Ecuador que hoy encuentran en sus propias bases -indígenas y campesinas- cuestionamiento y crítica. Pero más allá de estos casos, en Brasil y Argentina incluso, amplios sectores sociales comenzaron a cuestionar los propios senderos de los proyectos progresistas en curso.

Quince años de PT en Brasil, más de 15 de chavismo en Venezuela, 12 años de kirchnerismo en Argentina, 10 de masismo en Bolivia y 9 años de correísmo en Ecuador parecen estar indicando un nivel de desgaste político. Los sectores opositores manifiestan esta tendencia como un fin de ciclo resultado de un previsible resultado debido a la falta de alternancia. De hecho, el argumento liberal que suele exponerse en estos casos remite a al clásico Robert Dahl, quien entiende que la falta de alternancia político-partidaria es sinónimo de falta de calidad para la consolidación de una democracia. Desde la perspectiva de Adam Przeworski incluso, “la competencia electoral ocurre cuando la oposición tiene una probablidad de ganar a consecuencia de elecciones”.

En ese marco de agotamiento es que es posible entender a la protesta social como reflejo de las fisuras estructurales del modo de dominación hegemónica. Como anticipo de un cambio de eje político que va ganando fuerza, sobre todo en virtud del apoyo de los medios de comunicación que están tal vez como pocas veces antes, manifestándose en favor de una alternancia que tenga a estos sectores antes corporativos, ahora políticos, volcándose a la lucha electoral.

¿Nuevos actores?

Estas líneas son fruto de una investigación que se orienta a definir los repertorios, las prácticas, expectativas y los usos de la memoria que exponen los sectores conservadores de derecha que se movilizan en el espacio público. Aquello que pretendemos ir dilucidando es que estas movilizaciones sociales, en particular las de fines de 2014 y 2015 en el caso de Argentina y Brasil, anticiparon un proceso de irrupción de una “nueva derecha”. El carácter nuevo sería cuestionable porque se trata de sectores que se encontraba disputando la arena política desde espacios institucionales. No obstante, se presentan como novedad y cambio en una apuesta de desligarse de los gobiernos neoliberales que culminaron con crisis sistémicas a inicios de este siglo. Esta derecha sustentada en nuevos liderazgos busca la llegada al poder por medio de canales institucionales y con un discurso pretendidamente a-político que recupera los valores del liberalismo clásico desentendiéndose de las transformaciones neoliberales que les dieron espacio y recursos. Es así que, anticipando una de las conclusiones provisorias, presentamos en este espacio un esbozo de los recursos que estos sectores ponen en juego en el discurso y en la apuesta práctica concreta que orienta la militancia, revigorizando la idea de cambio.

Vale decir que a esta reflexión se suma una anterior, que coloca la idea de renovación en cuestión. En tiempos de desacelere del crecimiento, de menor inserción “exitosa” de la región en el sistema mundo capitalista, con datos de inflación que preocupa a los sectores más vulnerables, pero en mayor medida a los sectores vinculados al comercio (como ocurre en Argentina y Venezuela) y frente a un estancamiento de la tendencia a la baja del número de pobres en la región, es relativamente esperable una contraofensiva de sectores políticos acomodados que colocan el acento en el fin de un ciclo, en favor de una alternancia.

La realidad latinoamericana tiende a seguir el movimiento pendular en el que momentos de avance distributivo y conquistas populares son seguidos de procesos contraofensivos de ajuste, endeudamiento y fragmentación de la estructura social. Lo novedoso en esta oportunidad es menos el discurso y la apariencia de nueva generación (de joven apariencia) sino fundamentalmente el modo, democrático y legal, de esta captación de voluntades.

La imagen como cristal del cambio

La invocación a un cambio es la bandera compartida de partidos y coaliciones políticas que disputan el poder. Estos sectores, cuentan con el apoyo de los principales medios de comunicación y encuentran en las movilizaciones –algunas de carácter destituyente- vitalidad y soporte. Figuras jóvenes o que si no lo son, buscan parecerlo, se posicionan a la cabeza de partidos que encuentran en la crítica al oficialismo su proyecto. Los ejemplos que ilustran esta tendencia son: Luis Alberto Lacalle Pou en Uruguay, del Movimiento todos hacia adelante, quien tomó como slogan de campaña en 2014: “por la positiva”; Henrique Capriles Radonski, de la coalición Unidad Democrática, quien sostuvo en las elecciones de 2013 frente a Nicolás Maduro el lema: “La unidad somos todos”; y, Mauricio Macri en Argentina, de la coalición Cambiemos, quien recientemente ganó las elecciones a Presidente de la Nación luego de un ballotage, por un margen menor a los dos puntos porcentuales, frente al candidato promovido por el kirchnerismo, Daniel Scioli. Uno de sus slogans de campaña fue “Hagamos de Argentina un país normal”.

Sólo como síntesis provocativa, presentamos algunas características del modo de hacer política de estos líderes que, en apelo a un cambio optimista, construyen una imagen que reifica representaciones sociales conocidas.

a) La juventud es renovación

Frente a la generación en el poder, las nuevas fuerzas se presentan como la renovación. Para ello invierten en una compleja ingeniería de mercado orientada a verse jóvenes, diferentes, leves y relajados. Al mismo tiempo, sus campañas contienen apuestas de marketing similares, de imágenes más que propuestas, de lemas que se instalan cual marcas. En relación a los oficialismos, no sólo se los acusa de corrupción, sino que ellos se proponen como solución cuasi inmaculada.

b) Contra la radicalidad en la política, contra la lógica populista.

Se posicionan como líderes que promueven la expresión de multitudes organizadas, ajenas a la violencia propia de las masas politizadas. Rechazan al populismo y a su construcción política –sin hacer referencia alguna a sus demandas y articulación equivalencial-, sintetizándola en actitudes desviadas que poco colaboran con gestiones eficaces. Claro que no hay referencias a la figura de Pueblo en sus discursos.

c) Por la Unidad, un cambio “positivo”

Acusan a los gobiernos de turno de ocasionar la división ideológica de la sociedad, dividiendo a la sociedad en grupos enfrentados. A este fenómeno, en Argentina los medios lo han llamado “la grieta”. Esta idea de sociedad dividida remite a discusiones y embates que claramente no existían en la década pasada cuando la política era entendida como asunto de unos pocos o bien, como acción cuestionable cuasi delictiva. El rechazo a la política como praxis constructiva es un símbolo de aquel tiempo en que la frase más utilizada, devenida de décadas de coerción era “no te metás”. Lo cierto es que esta postura “por la unidad” desconoce a la política como arena de conflicto y espacio de confrontación de ideas.

d) La neutralidad ideológica es un valor.

La referencia reiterada a la necesidad de despolitizar los espacios de manifestación cultural, así como programas sociales, es una constante en el discurso de esta nueva derecha. Como si lo político se alojara solamente en la esfera gubernamental, disociando a la sociedad civil del Estado, ignorando claramente cualquier interpretación de la existencia de un Estado ampliado. La invocación impulsa un forzado desinterés por lo que implica un compromiso de ideas con un proyecto de cambio social. Asimismo, contribuyen a una politización virtual, a través de las redes sociales, en un lenguaje joven y amigable: soft. En síntesis, la política se reduce a asuntos de técnicos, preparados especializadamente para tal fin.

e) El Estado debe actuar sólo donde sea necesario.

Esta idea es tan antigua como la filosofía política. Los nuevos líderes no proponen eliminar al Estado, ni achicarlo. Habiendo aprendido de las experiencias recientes de ajuste acelerado y reformas de shock, -y sobre todo de sus consecuencias en términos de resistencia social- los actuales portavoces del liberalismo clásico colocan en vocabulario suave la idea de restringir la acción del Estado y dar espacio al mercado en aquellas áreas donde mejor sabe hacerlo. Tampoco hacen referencia al fin de los programas sociales o al necesario ajuste económico que deberán hacer para garantizar mayor rentabilidad a las empresas que los financiaron; los objetivos son poco precisos y el vocabulario los solapa con referencias reiteradas a la república, a los valores democráticos y al vivir mejor.

f) Ideas sí, propuestas… no.

Si algo define a las nuevas voces que lideran los espacios políticos contestatarios conservadores es la ausencia de propuestas explícitas. Si bien se han construido como opciones de gobierno, más que referirse a un programa o a un grupo de medidas, los líderes intentar sortear la definición de políticas públicas. Sólo con la presión de algunos medios de comunicación o por error de algunos voceros, estas política se intuyen. Pero lo cierto es que parece votarse más a una imagen, a una idea abstracta –significante vacío- de cambio, que a una opción de gobierno con una orientación delineada.

A modo de cierre, abriendo un debate necesario

El escenario político movimentista actual se complejiza hasta el límite de la confusión. Sin embargo, habilita lecturas clarificadoras si aquello que se pretende es tomar distancia de la trayectoria presentista recuperando en la memoria los elementos que hilvanan las prácticas. Tal vez no se trate de un escenario tan novedoso. Lo cierto es que la aparición en la calle de movimientos ideológicos diferenciados expone una confrontación latente de visiones de país, de mundo y de sociedad posible. Las sociedades se han visto transformadas estructuralmente y ello tiene consecuencias difíciles de arrebatar, sobre todo cuando la conciencia de adquisición de derechos existe. Tal vez la lucha por la democracia nunca haya sido tan vapuleada y al mismo tiempo, tan necesaria. Las nuevas fuerzas conservadores pueden hacerse del gobierno, pero del poder, aún está por verse.







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