Política

PANORAMA POLÍTICO

Derrota en la victoria: Scioli y el kirchnerismo

El sinceramiento del programa de ajuste del economista preferido del sciolismo. El triunfo de Urtubey es una victoria de Scioli. El kirchnerismo, preso de la perversa lógica del “mal menor”, participa de la fiesta de su fracaso en cuotas.

Fernando Rosso

@RossoFer

Miércoles 15 de abril de 2015 | Edición del día

Fotografía: DyN

Fotografía: DyN

El economista Miguel Bein cometió un error imperdonable en el obsceno universo de la política burguesa: dijo lo que pensaba. Peor aún, luego reincidió y amplificó sus expresiones en una columna de opinión, nada más y nada menos que en la tribuna de doctrina de los “medios hegemónicos” (La Nación, 14/04)

La cuestión del “dólar ahorro” se torna anecdótica cuando se lee todo el artículo donde Bein afirma que “es cierto que la capacidad de apalancar al Tesoro y al sector privado permitiría rápidamente recapitalizar al BCRA (la contracara del proceso de desendeudamiento de los últimos años), pero el proceso no es inmediato ni lineal, como sostienen quienes proponen eliminar el cepo el primer día; amén de que debe hacerse en coincidencia con el intento de restablecer la competitividad apelando a la vía fiscal, mientras se avanza en desarmar subsidios. Algo que no se puede hacer de shock, sino en base a un esquema gradual”.

Con el tema de la deuda Bein es transparente, propone iniciar un nuevo ciclo de hipoteca nacional, camino en el que ya pretendió avanzar con poco éxito el gobierno de Cristina Fernández.

La vía para la conquista de competitividad fue explicada en el último informe del Estudio Bein & Asociados con la propuesta de un acuerdo social por dos años “para moderar en simultáneo la nominalidad a la cual gira la indexación de precios y salarios de la economía”. El trabajo asevera que de este modo se podrán aplicar medidas de ajuste “sin necesidad de forzar una caída brusca del salario real, lo que implica acuerdos con los sindicatos en un contexto de bajo desempleo, elevada capacidad de compra del salario y achatamiento de la pirámide salarial”.

Traducido al lenguaje de cualquier trabajador, esto significa suspender las paritarias e ir hacia un pacto social que no parezca muy brusco. Desde el segundo gobierno del General Perón para acá (y desde mucho antes también), ya se sabe quiénes son los primeros en romper este tipo de acuerdos y quienes encabezan las pérdidas.

Por último, desarmar los subsidios se traduce como el impulso a un ajuste tarifario que también se viene aplicando en partes con los primeros pasos de la “sintonía fina”.

En síntesis, Bein propone “profundizar el proyecto”, sobre todo el de los últimos años, con una hoja de ruta que firmarían con las dos manos economistas como Roberto Lavagna o Miguel Peirano, asesores de Sergio Massa y apurando un poquito los tiempos, hasta los “neodesarrollistas” de Mauricio Macri. Quizá con la diferencia de que estos últimos como buenos nostálgicos del noventismo podrían preferir el peso algo más cerca del equivalente “1 a 1”. Es decir, menos devaluación y más valorización en dólares de las empresas, redoblando para eso el ritmo de la fiesta financiera -que de todos modos el conjunto de los candidatos tienen en carpeta.

El mal menor: el mayor de los males

Mucha gente formada en la escuela del famoso principio de "si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie" –que lleva la marca de fábrica de un famoso pensador riojano–, salió a exigirle a Bein básicamente que se calle un poco la boca, por lo menos hasta que pase la campaña electoral.

Es que las declaraciones del economista no hubiesen generado tanto revuelo si no fuera porque es el principal asesor de Daniel Scioli, el candidato con más posibilidades del oficialismo y al que hoy se está resignando la mayoría del kirchnerismo refugiado en el viejo y falso argumento del “mal menor”.

Lo paradójico es que estas manifestaciones de Bein se produjeron mientras todo el kirchnerismo festejaba el triunfo de Juan Manuel Urtubey en Salta.

El lecho de Procusto de la perversa lógica del “mal menor” que están adoptando como propia muchos kirchneristas llevó a que el triunfo de un peronista conservador, al que respaldó hasta el derechista Partido Renovador de Salta, se presentara como la “izquierda posible” para “frenar a la derecha”. El apoyo brindado por los “Libres del Sur” no justifica tremendo bochorno, sólo explica la desorientación oportunista que guía esa agrupación desde tiempos antediluvianos. Después de Salta, algunas malas lenguas proponían un cambio de nombre: “Libres de escrúpulos” rankeaba primero.

El triunfo de Urtubey es –en primer lugar–, un triunfo de Scioli. Es decir, los kirchneristas festejaban enfervorecidos el espaldarazo que el resultado salteño otorgaba al gobernador de la provincia de Buenos Aires, en el mismo momento en que su espada en economía explicaba su programa de ajuste en una nota publicada en las entrañas del enemigo. La batalla cultural queda hecha trizas y la patología del “mal menor” se transforma en una especie de masoquismo político con graves tendencias suicidas.

La fiesta del monstruo

En la lujosa cena organizada por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) en el Hotel Hilton de Puerto Madero (el barrio de Nisman y tantos otros héroes de la década ganada) se reunió toda la casta política con los empresarios más importantes de la Argentina. Allí, Urtubey, quien había dicho en la campaña electoral que Massa era "un cachivache", se cruzó con el tigrense y, según cuenta el periodista Gabriel Sued, “se rieron juntos, se hablaron al oído y Massa despidió Urtubey con una palmada en la cola”.

El doble discurso que caracteriza a las campañas políticas con el griterío de guerras épicas de cartón se diluye en los banquetes con la crema del empresariado del país, donde realmente se discuten las cosas importantes. En los gestos y en los detalles –donde habita el diablo– se sinceran las afinidades. Terminada la obra teatral de la campaña electoral, “el cachivache” de ayer vuelve a ser un tierno e íntimo amigo de hoy y de los más confianzudos.

Los que quedan –como se dice–, pedaleando en el aire, son los que creyeron honestamente que habían librado a lo Güemes una guerra gaucha o como Belgrano una “batalla de Salta” en la que derrotaron a la derecha y a las corporaciones e impidieron mediante esta hazaña heroica una cruel restauración y retorno “a los noventa”.

No por nada, con el estancamiento en el que están enredados los proyectos políticos de Massa y ahora de Macri (por sus internas), el stablishment apuesta cada vez más fichas a Scioli.

El periodista Alejandro Bercovich cuenta que, frente a las internas que afectan al armado de Macri, sectores del empresariado comienzan a aceitar sus contactos con Scioli: “Al amigo de la casa Eduardo Eurnekian, quien colocó años atrás en el Banco Provincia a su delfín excavallista Guillermo Francos, se le sumaron en los últimos días el petrolero Alejandro Bulgheroni quien, a diferencia de su hermano Carlos, nunca rompió lanzas con el exmotonauta ni se jugó tan abiertamente por Sergio Massa- y el siderúrgico Paolo Rocca, quien le confesó su simpatía por él multitasker Jorge Telerman”.

Un país imaginario con Scioli ocupando el sillón de Rivadavia, un rukaufista como Julián Domínguez, un tinellista como Insaurralde o hasta un sciolista implícito como Randazzo en la provincia de Buenos Aires, un delasotista como Juan Schiaretti en la esquiva Córdoba, “feudales” como Urtubey en otras provincias (al margen de las que recupere el radicalismo); suena como la más maravillosa música a los oídos de los dueños de la patria.

En el péndulo de la larga historia del peronismo y en la metáfora de la “casa peronista” que alguna vez planteó Eduardo Fidanza, el piso de abajo se dispone a rescindir el contrato a quienes forzosamente ocuparon el piso de arriba, por imposición de las circunstancias.

En los términos de Juan Carlos Torre, el “peronismo permanente” se juega a desplazar al “peronismo contingente”, malagradeciendo los servicios prestados para ocupar el lugar al que se cree destinado por los nuevos vientos de cambio, no sólo argentinos sino también latinoamericanos.

Rosa Luxemburgo sentenció una vez que para el movimiento obrero el camino a la victoria estaba plagado de derrotas. La historia, para el kichnerismo puede invertirse: en el festejo de sus victorias pueden están transitando el camino a la imperceptible derrota.

Entre los kirchneristas estatalizados predominan los incurables, pero aquellos muchos que depositaron sus justas aspiraciones en la sobreproducción de discurso, deberían reflexionar si no están siendo partícipes inconscientes de la fiesta de su fracaso.







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