DOSSIER: EL CORDOBAZO // TRIBUNA ABIERTA

El Cordobazo y los indicios de una insubordinación prolongada

Ni como clase en sí misma ni en la construcción de su subjetividad, la clase obrera se desenvuelve en el vacío social. Desde el surgimiento con la industria capitalista, el proletariado trató de organizarse para responder a su explotación, sometido siempre a la represión de la burguesía y a las influencias contradictorias de las otras clases explotadas.

Carlos Mignon

Doctor en Historia, autor de Córdoba Obrera. El sindicato en la fabrica 1968-1973.

Sábado 30 de mayo de 2015 | Edición del día

Las oscilaciones históricas de los estratos medios de la sociedad hacia una u otra de las clases fundamentales, la burguesía y el proletariado, han influido y condicionado el curso de la historia obrera. En este sentido, la insurrección de masas acontecida en la ciudad de Córdoba, durante las jornadas del 29 y 30 de mayo de 1969, se constituyó en uno de los tantos puntos de inflexión en los que el movimiento obrero actuó en la Historia, denunciando las estructuras sociales vigentes y encarnando el antagonismo propio de su clase contra las relaciones hegemónicas detentadas por la burguesía.

La excepcionalidad histórica del “Cordobazo” se debió no solamente a la amplitud del movimiento de protesta y su repertorio de acciones –que significó la caída en desgracia del proyecto corporativista-autoritario del general Onganía–, sino porque manifestó una serie de fenómenos de ruptura sobre las tradiciones y determinados procesos políticos y sociales que habían marcado el mundo obrero desde mediados de la década del cincuenta.

En primer lugar, si bien la dirección de la huelga permaneció bajo la prerrogativa de la fracción dominante de la clase, es decir la mejor integrada al aparato sindical (representadas por el SMATA de Elpidio Torres, la UTA de Atilio López y Luz y Fuerza de Agustín Tosco); el repertorio de acciones desplegado una vez que el movimiento se radicalizó y superó a su dirección, perteneció a las fracciones dominadas. En otros términos, los obreros marginalizados por el aparato sindical se constituyeron en la punta de lanza de la protesta, sin detentar exclusivamente su monopolio. La irrupción de este sector de la clase correspondió a que los patrones de acumulación de la posguerra comenzaron a hacer sentir los efectos de la modernización económica. El boom cordobés de la industria automotriz de la segunda mitad de los años cincuenta atrajo contingentes de trabajadores del interior de la provincia, de todo el país y de países limítrofes. A modo de ejemplo, de cada diez obreros de Kaiser más de la mitad eran no eran cordobeses. De esta manera, los cambios sociales ligados al éxodo rural, la urbanización, el ingreso masivo de los jóvenes al mundo del trabajo y el acceso desigual a la sociedad de consumo se correspondieron con la crisis de los sistemas de trabajo fordistas y como corolario, sobre la representatividad gremial.

Desde el primer peronismo se había establecido una fuerte maquinaria sindical amparada en el aparato estatal, que se reflejó mediante la concesión de atributos jurídicos y económicos que les permitieron a los gremios erigirse como mediadores exclusivos de los conflictos entre capital y trabajo. Tal estructura aseguró la estabilidad de los dirigentes gremiales y la moderación de sus exigencias, por lo cual estos debieron aceptar un sistema de responsabilidad, basado en la exclusión de la idea de conflicto de clase, la aceptación de los principios de crecimiento económico basado en el progreso técnico y la “paz social”, como así también en la distribución equitativa de la riqueza social. En relación a esto, la pertinencia de la herramienta sindical en una economía dependiente es puesto en cuestión a medida que la reducción de la tasa de ganancia se acentúa y las empresas multinacionales emprenden la reorganización de los procesos de trabajo dentro de los talleres, de la cual fueron perjudicadas las fracciones mayoritarias de la clase obrera: los jóvenes inmigrantes de baja categorización que eran la carne de cañón de las industrias automotrices locales. Por ello, la protesta obrera se alimenta de una crítica creciente de la organización racionalizada del trabajo.

En segundo lugar, estas mutaciones dentro del mundo obrero permitieron abrir las relaciones de los trabajadores con otras fracciones de clase. Cuando la tutela sindical resultaba demasiado rigurosa, los jóvenes obreros buscaron apoyo hacia los estudiantes. A la inversa, estos últimos se volvieron hacia el “encuentro de la clase obrera”. El signo tangible de esta serie de alianzas fugaces fue la unión registrada entre los jóvenes estudiantes y obreros en las calles de la ciudad contra las fuerzas del orden, el día 29 de mayo.

Finalmente, no se debe soslayar las potencialidades del alcance ideológico –a pesar de su fraccionalismo y sectarismo– de los militantes de la denominada “nueva izquierda”. La proscripción del peronismo en tanto opción política válida durante quince años, así como también la claudicación de sus dirigentes gremiales; permitió la radicalización ideológica de la clase obrera industrial y de vastos sectores de la pequeña burguesía, favoreciendo la emergencia de estructuras organizativas menos institucionalizadas y más próximas a los obreros de base.

Como pudimos observar, el Cordobazo no fue solamente el enfrentamiento abierto entre un gobierno dictatorial y una sociedad hastiada de autoritarismo. En realidad, reflejaba determinados desequilibrios de la estructura económico-social cordobesa –y argentina en general– que, lejos de saldar una contienda, abrió la caja de Pandora de un descontento obrero destinado a prolongarse y a expresarse políticamente en los años siguientes.







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