Economía

PANORAMA ECONÓMICO

El Covid-19, el fantasma de la depresión y los límites del capitalismo

Para contener la crisis, Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, llamó a una movilización de recursos como si se tratara de una guerra ¿Socializar las pérdidas o reorganizar la sociedad?

Pablo Anino

@PabloAnino

Viernes 27 de marzo | 23:40

Las consecuencias inmediatas a causa del Covid-19 están a la vista: retracción económica, expansión de la desocupación, recortes salariales y una amenazante interrupción de la cadena global de pagos que potencialmente puede llevar a quiebras empresarias y bancarias.

Pero en el reino de la incertidumbre instaurado por el virus comienzan a vislumbrarse con cierta claridad algunas tendencias de más largo alcance. Mientras hasta hace pocos días se pronosticaba una recesión sólo para el primer semestre, ahora el diagnóstico más probable es que la caída económica termine infectando a todo el año en curso. Esto significa que la producción mundial durante 2020 será menor que en 2019. El fenómeno de una recesión anual que abarque a todo el planeta es un hecho “extraño” en las últimas décadas: desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial sólo se experimentó en 2009 a causa de la crisis financiera internacional.

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Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, estableció parámetros de comparación escalofriantes: “se prevé como mínimo una recesión tan aguda como durante la crisis financiera mundial o peor, pero esperamos una recuperación en 2021”. El “esperamos” de Kristalina transita los senderos de la fe, del deseo, pero por el momento no se vislumbra cuál será la salida a la catástrofe que amenaza las condiciones de vida en todo el planeta y que está conduciendo a cambios (el futuro dirá cuán profundos) en las formas de pensar.

La directora gerente advirtió la gravedad de la situación mundial, pero hizo “zoom” en el retiro de capitales de las economías dependientes, atrasadas, semi coloniales, hacia los centros financieros imperialistas: “Desde el inicio de la crisis, los inversionistas ya han retirado U$S 83.000 millones de los mercados emergentes, la mayor salida de capitales jamás registrada”. A lo que habría que agregar la caída de los precios de las materias primas, que puede conducir a muchos de estos países a situación de quiebra.

Kristalina afirmó que el FMI se dispone a desplegar la totalidad de su capacidad prestable: se trata de U$S 1 billón, una cifra sideral que implica, para dar un parámetro, el doble de lo que produce la Argentina durante un año. Como lo demostró descarnadamente el préstamo más grande de su historia, otorgado al gobierno macrista, el Fondo es un rescatista de última instancia que ayuda a enterrar a las mayorías y a salvar a los pocos que ya están salvados para siempre.

Marx y las tendencias profundas del capitalismo

Karl Marx así como estudió las contradicciones que conducen a las crisis capitalistas (que se expresan, por ejemplo, en determinadas circunstancias en una caída de la tasa de ganancias, un parámetro del “estado de salud” del capitalismo), analizó las contratendencias que permiten recomponer (aunque sea parcialmente) el ciclo de negocios capitalistas. En resumidas cuentas las siguientes: aumento de la plusvalía relativa; disminución del valor del capital constante fijo y circulante; apertura de nuevas fronteras para el comercio exterior; reducción del salario por debajo de su valor (o plusvalía absoluta); eliminación de competidores por mecanismos de mercado o por la guerra.

La inversión real (no la especulativa que se expandió en las últimas décadas) habilita la incorporación de nuevas tecnologías o innovaciones en las modalidades de organización del proceso productivo, que acortan el tiempo de trabajo socialmente necesario que lleva producir las mercancías, es decir aumentan la productividad, y favorecen la recomposición de ganancias: aumento de la plusvalía relativa lo llamaba. Lo mismo contribuye a la salubridad del capital un abaratamiento de las maquinarias y todos los insumos que consume la producción (disminución del valor del capital constante fijo y circulante).

El aumento de la plusvalía relativa se puede decir que es, tal vez, el mecanismo que menos esté actuando en el capitalismo contemporáneo. O, al menos, es lo que ocurre desde la crisis de 2008. Es que se verifica una baja inversión y lentitud en el avance de la productividad que, como explica la economista marxista Paula Bach, son en alguna medida “termómetros” de la aplicación de nuevas tecnologías. Concomitante a esto, podría agregarse, también es difícil verificar un abaratamiento de las máquinas, insumos y materias primas que consumen las empresas. Tal vez, el capital podría encontrar un aliciente en la baja reciente de los precios de las materias primas, que no obstante, contradictoriamente, no responde a un abaratamiento de la producción, sino a una retracción de la demanda por la crisis.

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La expansión del comercio exterior o la exportación de capitales son otras contratendencia señaladas por Marx: la conquista de nuevos mercados dan ánimo a la valorización capitalista. Es lo que ocurrió durante la llamada “globalización” neoliberal. Pero, justamente, otro fenómeno relevante posterior a la crisis de 2008 es la pérdida de dinámica de la expansión del comercio exterior: la “globalización” ya no es lo que era. El feroz movimiento de capitales, señalado por Kristalina Georgieva, hacia los centros imperialistas desatado por el coronavirus también es sintomático de las características que adquirió la exportación de capitales de los años recientes, predominantemente especulativa.

Obviamente Marx también señala que un mecanismo que favorece al empresario es la reducción del salario por debajo de lo que necesitan las familias obreras para llegar a fin de mes. La reducción del salario a escala mundial fue un mecanismo esencial durante el neoliberalismo: la deslocalización productiva desde Estados Unidos y las potencias europeas hacia el este asiático y el este europeo amplió la fuerza de trabajo internacional disponible para la explotación capitalista, una disponibilidad que puso en competencia a obreros de todo el mundo presionando a la baja los salarios.

¿Cuánto más resisten las masas trabajadoras afrontar penurias crecientes? La vuelta de la lucha de clases al escenario internacional previa al coronavirus, con la rebelión chilena, llamativamente una amplia impugnación al neoliberalismo, o las huelgas en Francia contra la reforma previsional, entre otras expresiones a lo largo del planeta, son una señal de hartazgo, que no hay mucho margen para seguir exprimiendo el trabajo ajeno. No obstante, la aceleración de la crisis impondrá como una ley de hierro del capitalismo la necesidad de empujar a una miseria creciente a las mayorías. En el escenario de la lucha de clases es, justamente, donde se definirán las posibilidades de que el capital se revitalice o la clase obrera abra paso a nuevas alternativas.

Claro que la realidad es extremadamente compleja, la delimitación hasta cierto punto analítica, y los mecanismos contracíclicos que permiten reanimar al capital no actúan de a uno por vez, sino que, en mayor o menor medida, actúan entrelazados, en simultáneo, imbricados en combinaciones inestables. Aunque en determinadas épocas históricas pueden prevaler unos sobre otros.

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Esta breve recapitulación de la importante inhibición a la acción de las contratendencias que permitirían al capital mejorar sus perspectivas, claro está, no implica que el capitalismo enfrente límites absolutos: siempre alguien podrá señal que aquí, allá o acullá, un ejemplo contrario. El asunto fundamental es si el fenómeno es general o parcial. Y a esta altura resulta bastante evidente que la acumulación de capital está experimentando límites de envergadura por donde se la mire.

Como si fuera una guerra

Intencionadamente se dejó de lado otro mecanismo señalado por Marx para revitalizar la economía. Se trata de la eliminación de competidores a través del mercado cuando las grandes empresas avanzan sobre el pequeño y mediano capital menos eficiente o, fatalmente, a través de la guerra no comercial, sino bélica, como cuando el capital estadounidense se coronó dominante al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

En el establishment económico existe una fuerte preocupación. La manifestó el expresidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, en una nota de opinión en el Financial Times, que sugerentemente fue titulada “enfrentamos una guerra contra el coronavirus y debemos movilizarnos en consecuencia”. Para el expresidente de BCE, “El desafío que enfrentamos es cómo actuar con suficiente fuerza y velocidad para evitar que la recesión se transforme en una depresión prolongada, profundizada por una gran cantidad de incumplimientos que dejan un daño irreversible”.

La propuesta de Draghi de movilizar recursos como en una guerra, es atinado señalar que busca atender un problema inmediato de liquidez empresarial: cortar la sangría para evitar que el cuerpo capitalista siga empeorando. Es decir, una propuesta pragmática para un problema histórico. La gran “movilización” de recursos que plantea Dragui está orientada a que los bancos creen dinero para “permitir sobregiros o abrir líneas de crédito” a tasa cero a las empresas. Y a que esta política sea garantizada, obviamente, por los estados “independientemente del costo de financiamiento del gobierno” que respalde las emisiones de dinero. Claro que todo esto tiene un fin pretendidamente “noble”: en primer lugar, salvar a las empresas para que, eventualmente, no despidan y se preserven puestos de trabajo.

De lo contrario, la alternativa es "una destrucción permanente de la capacidad productiva y, por lo tanto, de la base fiscal", un resultado realmente muy grave para los estados, alerta Dragui. Es cierto. Pero en estos términos el salvataje del capital, con una “movilización” como para la guerra, evitaría que actúe en gran escala la última de las contratendencias señaladas por Marx: la eliminación de competidores. Por el momento, se busca evitar una limpieza que permita mantener “vivo” al capital en general, a costa de sacrificar a algunos capitalistas particulares, poco competitivos. Aunque en el desarrollo de la crisis seguramente sea inevitable observar quiebras.

Es decir, por el momento, el salvataje propuesto por Dragui parece estar orientado a evitar que se procese una destrucción de fuerzas productivas de una escala tal que los empresarios “más aptos” emerjan sobre los “menos aptos”, ganando cuotas de mercado, ampliando su esfera de valorización. No obstante, por otro andarivel, la competencia es un monstruo destructor implacable que en algún momento puede llegar a cumplir con su trabajo: es lo que late, por ejemplo, bajo la forma de guerra comercial entre los Estados Unidos y China, en realidad una competencia descarnada por la predominancia tecnológica y productiva.

No obstante, en las circunstancias actuales, en el cálculo del establishment mundial, un nivel profundo de destrucción de capitales, una necesidad acuciante para revitalizar el sistema, es percibida como una amenaza que puede poner en cuestión el dominio capitalista: ¿quién dice esta boca es mía para gestionar el desempleo masivo, las quiebras empresariales generalizadas? Esta compleja realidad está mostrando un límite muy agudo, de carácter histórico, a la valorización capitalista: el sistema no se puede valer de sus propios mecanismos internos para depurarse y lograr renovada vitalidad.

El economista de la London School of Economics, Jerome Ross, advierte que el mundo está parado es una montaña de deuda de los estados y de las empresas. Un endeudamiento inaudito que “podría desatar una gran crisis internacional de deuda que hará parecer el crash y la recesión global de 2008/2009 un juego de niños”.

Resulta evidente que esta montaña de endeudamiento es previa al coronavirus y se engendró de una manera muy particular. ¿Cómo ocurrió? La deuda de los estados en gran medida se explica por los recursos destinados al rescate de los bancos durante la crisis mundial desatada una década atrás. Pasaron más de diez años y la "inteligencia" capitalista recurre a la misma receta que trajo el desastre actual, sólo que ahora dando más espacio, además de a los incentivos monetarios, a las políticas fiscales.

Hay más. La deuda empresarial se constituyó de una forma muy particular que exhibe la forma irracional (o racional en términos de sostener las ganancias) en que está actuando el capitalismo de las últimas décadas: en gran parte se debe a dinero proveniente de crédito barato tomado por las empresas para comprar sus propias acciones. Eric Toussaint señala que a la vanguardia de este fenómeno están Google, Apple, Amazon y Facebook, luego los bancos estadounidenses, el sector industrial, de energía y de bienes primarios: “El total de recompras en el conjunto de todos los sectores alcanzó en Estados Unidos a más de 5,250 billones de dólares” entre 2009 y 2019, el equivalente a un cuarto de la producción anual de los Estados Unidos.

Está política de recompra de acciones también fue impulsada por la rebaja de impuestos para la repatriación de capitales que aprobó Donald Trump. Toussaint explica que es el contribuyente estadounidense el que financió a las empresas, pero la propiedad sigue estando en manos de unos pocos. Los mecanismos de recompra construyeron en los últimos años una fenomenal burbuja bursátil que se derrumbó en el último mes.

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La nueva ronda de rescates desatada por el impacto del coronavirus, tanto en Estados Unidos, en Francia o en Argentina (aunque en mucha menor escala) sigue un criterio inquebrantable: la proporción de recursos que se destina a poner plata en el bolsillo de los trabajadores es muy inferior a la que se canaliza a las cuentas bancarias empresarias. Esto potenciará la deuda de los estados hasta niveles que probablemente no reconozcan ningún antecedente histórico. No sólo eso. Cuando el dinero puesto en las cuentas bancarias de las empresas no alcance para mantener la vitalidad del negocio aparecerá el recurso de la nacionalización de empresas, que no se puede descartar que avance por oleadas. Es lo que está planteado en Francia con Air France en peligro de quiebra por la crisis del turismo.

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La nacionalización del sistema de salud en el Estado Español o en Irlanda para todo el tiempo que dure la crisis del coronavirus, lo mismo que la repentina revalorización de la salud pública en todo el planeta, incluso por parte de quienes años atrás le aplicaron sin miramientos el hacha de los ajustes fiscales, muestran, al menos es este aspecto de la vida, que las necesidades humanas, se puede satisfacer sin mediar un proceso de compra venta. Y que esto incluso se realiza de manera mucho más racional que cuando impera el dogma que indica que la ganancia, la racionalidad del mercado, son los organizadores más eficientes de la sociedad. El carácter social de la producción se está poniendo en evidencia. Los estados capitalistas están en una cruzada crítica para sostener su dominio. Pero el curso de la crisis está dejando a la vista de todos que los resortes esenciales de la organización de la vida no funcionan sin los trabajadores de la salud, de la alimentación, del transporte, de logística. Por el contrario, se puede prescindir absolutamente de los capitalistas. La amplia reflexión que abre la crisis permite a la clase obrera intervenir con un programa anticapitalista.

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