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El coronavirus y los intelectuales ¿el mundo cambió para siempre?

Alargaron la cuarententa y todos pensamos en un millón de cosas: el encierro, las medidas de higiene, la evolución de la curva de contagio, pero hay una duda central que nos atraviesa y sobre la que se detienen especialmente intelectuales de un amplio espectro ¿el mundo cómo lo conocíamos cambió para siempre?

Matías Rajovitzky

Trabajador judicial y miembro del MAC estatales de Zona Norte

Jueves 2 de abril | 14:34

Un orden social

Zizek, Byung-Chul Han, Harari, Butler, Chomsky, y otros, al parecer dimiten entre dos grandes pronósticos, unos utópicos y otros distópicos de la salida de la crisis. Zizek, el más optimista, considera que la crisis del coronavirus le está atestando un golpe mortal al capitalismo (a lo Kill Bill y su táctica de los 5 puntos de presión), porque además de mostrar sus contradicciones más feroces, esta amenaza mundial logra abrir una puerta a nuevas formas de solidaridad entre los sujetos, poniendo en el centro el bien común.

La amenaza global a la que nos expone el coronavirus, tiene como contraparte la emergencia de una solidaridad global que constituye la base para pensar una nueva forma de comunismo, donde lo que considera Zizek como “pequeñas diferencias” se vuelvan insignificantes y obliguen a las sociedades a establecer formas de coordinación que superen los conflictos nacionales. La OMS, dice, es un modelo vago de este tipo de coordinación global, y propone entonces como salida, unidades de colaboración similares, que permitan la regulación del capital.

Pero Byung-Chul Han y Yuval Harari, le responden pesimistas, la forma que adopte el nuevo mundo dependerá centralmente de las decisiones que tomen los gobiernos, quizás muchos quedemos vivos, pero bajo nuevas formas de autoritarismo estatal y sofisticación de los sistemas de vigilancia. Y ¿qué pasa si el aislamiento no produce solidaridad sino mayor individualismo o exaltación nacionalista?. Byung-Chul Han, considera que esta pandemia pone a prueba al mundo, porque hace mucho no vivimos con un enemigo tan explícito, que pueda despertar reacciones de distinto tipo y no necesariamente solidarias, sino más bien del orden del miedo o de la apatía hacia la realidad.

Una discusión sin sujeto

Pero aun así, hay puntos de convergencia entre ambas visiones, una es la caracterización de que el capitalismo actual como orden social está agotado y que efectivamente esta pandemia implica un salto a un nuevo mundo que no conocemos, en Zizek implica el advenimiento de una nueva forma de comunismo basado en la coordinación global, y para los pesimistas puede ser un escenario mucho peor que el actual, disciplinar y represivo.

Y la segunda y central coincidencia entre ambos paradigmas es la ausencia notoria de sujeto: el no ver como elemento a la fuerza de quienes mueven la palanca del funcionamiento productivo mundial y que hoy son la primera línea para enfrentar la pandemia, los trabajadores. Zizek incluso habla de una reorganización económica que no esté a merced de los intereses del mercado, pero sin ver que son los trabajadores quienes podrían efectivamente reorganizar la economía en función de las necesidades y no del beneficio de pocos, si lograran en esta crisis intervenir con una organización propia y cuestionar de raíz la planificación capitalista basada en el lucro individual.

En Byung-Chul Han, tampoco hay sujeto, si bien es cierto que pueden terminar consolidándose políticas mucho más represivas, el éxito de su implementación dependerá de la relación de fuerzas que encuentren del otro lado, si los trabajadores están dispuestos a resignar derechos sociales y democráticos sin lucha.
Entonces, lo que no tiene peso para la filosofía contemporánea es precisamente el rol que puede cumplir la clase trabajadora como sujeto si, en alianza con los sectores populares se propone enfrentar la barbarie capitalista. Esta permanente invisibilización de la clase obrera como sujeto de transformación hace que la intelectualidad se niegue a disputar junto a ella un proyecto estratégico distinto hasta el final, e imprescindible para los tiempos que corren.

El futuro de la humanidad como campo en disputa

Si bien la crisis desatada por el virus, no corresponde hoy, todavía, a un estado de guerra en el sentido clásico, sí sus consecuencias implican que los Estados adopten economías de guerra, y sobre esa base enarbolen discursos de unidad nacional para exigir sacrificios, mientras aumenta el número de muertos y las escenas dramáticas de desahucio de los sectores más pobres. En este sentido, si bien son contextos distintos, resulta necesario retomar la gran duda que atormentaba a Albert Einstein en 1932, cuando escribe a Sigmund Freud con la siguiente pregunta ¿existe un medio de liberar a los hombres de la maldición de la guerra? [1]

Y sigue…, atrás del fracaso de las instituciones estatales para manejar los conflictos cabe intuir que hay poderosas fuerzas psicológicas que paralizan estos esfuerzos (....) Hay grupos al interior de todo pueblo, libres de todo escrúpulo para quienes la guerra solo es ocasión propicia para su beneficio personal (…) pero me pregunto, ¿cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo, que en una guerra sólo tiene que perder y que sufrir? (…) la respuesta obvia es que la minoría que está en el poder tiene ante todo la escuela, la prensa y las organizaciones religiosas, (…) pero entonces ¿hay un mecanismo para enderezar el desarrollo psíquico de los hombres para resistir la psicosis de la destrucción?

Nos preguntamos por el futuro de la humanidad hoy, como lo planteaba Einstein en los 30, porque si hay algo que evidencia el avance del coronavirus, como lo hizo la guerra en su momento, es la enorme miseria de un sistema económico que elige sobre la vida de millones, empujando a las más pobres a la muerte, eligiendo como en una ruleta rusa, quien accede a un respirador y quien se muere tirado en su casa, o en la calle, como está sucediendo en Ecuador. El desguace del sistema de salud, hace que la atención en los hospitales y la salud de los trabajadores sea una verdadera lotería.

Hoy, los capitalistas vuelven al ataque tratando de resolver la contradicción entre salud y economía, presionando, como hace Trump y sus giros intempestivos, para que se levante la cuarentena sin ninguna alternativa científica de intervención, como sería la aplicación de test masivos y un plan de emergencia en salud, por el contrario, las patronales despiden, en nuestro país Rocca y Caputo a la cabeza, y se utiliza al aparato represivo para evitar estallidos sociales.

Como en toda guerra, los Estados hacen rescates millonarios a las empresas mientras piden enormes sacrificios a los trabajadores y los sectores populares. ¿Acaso esta brutalidad no muestra nuevamente que el capitalismo es un sistema fracasado y profundamente deshumanizante? No podemos resignarnos a contar muertos como si fueran números fríos, les quieren sacar la identidad contabilizándolos como cifras y estadísticas, pero tienen nombre y apellido, al igual que los tienen los responsables de esta crisis, los que desfinanciaron por años los sistemas de salud.

No podemos dejar de pensar que los resultados de esta crisis son un escenario en disputa. Si peleamos porque los Estados prohíban los despidos, inviertan en salud y no en el pago de la deuda, es porque cuestionamos hasta el final que la barbarie capitalista es la que nos está condenando y lo hacemos en pos de abrir la perspectiva de una sociedad sin explotados y oprimidos. Ninguna pelea seria puede dejar por fuera la disputa por la conciencia de la clase más numerosa y central del motor productivo.

El capitalismo no se cae solo, es cierto que la burguesía está mostrando al mundo su degradación, pero un nuevo orden social y nuevas relaciones humanas solo podrán fundarse si la fuerza de los que mueven el mundo está a disposición de la pelea por un proyecto propio de sociedad, por el control obrero de la producción para una planificación basada en las necesidades y por un mundo donde lo central sea la salud, la educación y la vida de las mayorías explotadas y no la ganancia de un puñado de empresarios. Como decía la gran Rosa Luxemburgo, es socialismo o barbarie.

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[1Carta de Albert Einstein a Sigmund Freud, Caputh, 30 de Julio de 1932







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