Economía

FLEXIBILIZACION LABORAL

El discurso de la modernización y su impacto en las condiciones de trabajo

Detrás de los discursos de la flexibilidad y tercerización laboral como necesarias para dinamizar la producción y elevar los puestos de trabajo, se esconde un claro ataque a los trabajadores.

Martín Rodríguez Miglio

Economistas de Base

Viernes 24 de junio de 2016 | Edición del día

En este último tiempo algunos sectores empresarios se han expresado sobre la necesidad de avanzar modificando algunas “limitaciones” que presenta la estructura de relaciones laborales vigente en Argentina. Este tipo de intervenciones discursivas no es otra cosa que una manifestación más de la clásica e histórica ofensiva de las empresas para mejorar sus condiciones de producción. Clásica porque remite a lo esencial del capitalismo: extracción de plusvalía; e histórica porque no es otra cosa que lo que han hecho desde siempre quienes personificaron al capital. Así, tercerización y descentralización productiva, polivalencia y flexibilidad laboral, o individualización de las negociaciones son presentadas como modernizantes y dinamizadoras de la economía.

La modernización bajo la forma de flexibilidad laboral y tercerización es vendida como un elemento al alcance de los empresarios para dinamizar la producción y elevar los puestos de trabajo. Pero esta posición esconde un claro ataque a los trabajadores en su conjunto ya que apela a crear un sentido común pro-empresario y desincentiva las acciones colectivas tendientes a fortalecer y defender las conquistas de los trabajadores y sus familias, todo en pos de un mejor escenario para la producción (de plusvalor).

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La modernización no es otra cosa que avanzar sobre un uso más flexible de la fuerza de trabajo, individualizar las relaciones entre empresa-trabajador, y toda una batería de medidas que disminuyan el salario de los trabajadores (que es visto como un costo laboral), el riesgo empresario, y que le permitan adecuar la producción lo más pronto posible si fuera necesario.

Este ropaje modernizante viene a encubrir una necesidad fundamental del sistema en el que vivimos: la concentración y centralización del capital, que implican la producción de mercancías realizada, de manera cada vez más generalizada, por un número menor de empresas, pero más grandes, y que deriva de la competencia. Estos procesos obligan a los capitales individuales a reinventar todos los días mejores formas de producir: producir más, producir mejor, producir más barato. Y en ese reinventar mejores condiciones de producción la clase trabajadora es uno de los principales flancos de ataque.

Salarios y productividad a gusto del capital

En este marco, el capital y sus voceros plantean su preocupación sobre una supuesta caída de la productividad laboral y un aumento del costo laboral, que ya llevaría unos 70 años, y que nos estaría impidiendo “crecer y derramar la riqueza” hacia todos los sectores de la población por la vía de más puestos de trabajo. Pero esto no es así, dado que ambas variables se han movido a favor de la acumulación capitalista desde hace rato. La productividad laboral (esto es la relación entre el producto generado y el trabajo utilizado) ha aumentado del 70 hacia 2010 en un 32%, aunque claro, este incremento se encuentra por debajo de lo que ha crecido en las principales economías del mundo, con lo cual el rezago productivo impone la necesidad de incrementarla cada vez más.

Por otro lado, en cuanto al salario real de los trabajadores argentinos, pocas variables se han deteriorado con tanta claridad desde la década del 70 hacia acá. Aunque ha tenido fuertes oscilaciones durante algunas fases de recuperación, la tendencia del salario real es francamente declinante, perdiendo alrededor de un 30% de su capacidad de compra a lo largo de estas décadas. Tan acuciante es la situación salarial que antes de la breve recuperación de los últimos años, ha perforado su mínimo histórico luego de la devaluación de 2001, y aún hoy apenas ha logrado reinstalarse en los magros niveles de los años 90. Esta situación en el marco del crecimiento sostenido del salario de los países más productivos del mundo también se expresa como una creciente brecha salarial entre ambos.

Las necesidades del capital implican dar continuidad a la concentración y centralización y para ello se impone profundizar el aumento de la productividad y la caída del salario real. Avanzar en ese sentido significa operar sobre los procesos de trabajo y de valorización, por un lado flexibilizando el uso de la fuerza de trabajo, y por el otro abaratándola (o pagándola por debajo de su valor). Ambos aspectos han estado presentes en la historia del capitalismo desde sus inicios. El capitalismo argentino no es la excepción, ni aun cuando creció a tasas chinas.

En la actualidad estos cambios pueden cristalizarse en nuevas normativas o pueden darse de hecho. Podemos observar por ejemplo cómo una masa de trabajadores permanece de manera estructural en condiciones de precariedad (más 30% en la actualidad) mientras que en otras ocasiones (aunque pueden estar yuxtapuestas) la descentralización de actividades permite “mejorar” condiciones de producción mediante el desplazamiento de trabajadores hacia actividades con menores conquistas laborales (1) . Cuando se cristalizan, toman forma en leyes de carácter general, o en acuerdos o convenios colectivos de trabajo, con aplicación restringida.

¿Centralización del capital y descentralización sindical?

Otro de los ataques habituales contra los trabajadores y sus organizaciones se refiere al nivel de centralización de la negociación colectiva, dado que se sugiere que el alto nivel de centralización de las relaciones sindicales en Argentina (un sindicato por rama) también funcionaría como obturador de la capacidad de generar empleo de las empresas. Por ello reclaman avanzar en relaciones individualizadas a nivel de empresa, algo que no resulta del todo desconocido para los trabajadores argentinos.
Durante la década del 90 (y mediando la misma evaluación) se forzó la negociación de acuerdos descentralizados por empresa. La negociación por empresa en el sistema normativo Argentino no puede negociar nada por debajo de la ley de contrato de trabajo y los convenios de actividad vigente (CCT). Gracias a la vigencia de la ultractividad, los CCT siguen vigentes aún vencidos, hasta tanto no sean renegociados. Con lo cual la estrategia sindical en aquellos años ha sido dejar que avance la negociación por empresa negándose a volver a firmar un CCT por actividad.

La fuerza de una negociación centralizada posibilita que los trabajadores con mejores condiciones “arrastren” al resto de los trabajadores del sector, por eso es tan beneficiosa, para aquellos trabajadores que se desempeñan en pequeños establecimientos. Por ello, si bien la negociación a nivel firma no es necesariamente perjudicial para los colectivos obreros, la necesidad de una negociación por rama se impone para generar un piso de conquistas que alcancen a la totalidad de los trabajadores de cada sector, a partir de la cual podrá montarse una negociación a nivel empresa que eleve ese piso de derechos, al menos para un sector restringido de trabajadores.

En este sentido, una desarticulación entre la negociación por actividad y la negociación por empresa implicaría un claro retroceso para aquellos colectivos obreros con menor fortaleza al no ser alcanzados por una negociación general.
En definitiva, la propuesta para solucionar los supuestos límites que presenta la legislación laboral actual se funda en liberar las posibilidades de aumentar por ejemplo, la flexibilización laboral, la polivalencia, la tercerización y la descentralización de las negociaciones colectivas. La necesidad actual del capital de avanzar en este sentido se funda en la necesidad de profundizar el proceso de acumulación (y sus consecuentes concentración y centralización) atendiendo que el escenario internacional ya no será proveedor de recursos económicos como lo fue durante los últimos años.

Fortalecer los sindicatos y las organizaciones de trabajadores, en el marco de la mayor unidad posible, para defender los puestos de trabajo, las conquistas de las condiciones laborales e impedir una mayor caída del salario real, resulta imprescindible en la etapa actual. Y para ello, una política desde las bases se presenta como una de las tareas más importantes a desarrollar.

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(1)Podemos mencionar por ejemplo los casos de la tercerización de servicios (limpieza, vigilancia) en actividades industriales o la tercerización del plantel externo en el sector comunicaciones. En el primer caso hay un desplazamiento de trabajadores industriales hacia actividades de servicio, mientras que en el segundo se da desde el sector de telecomunicaciones hacia la construcción. En todos los casos el CCT que se abandona es superior en términos de derechos que el CCT al que se acogen los trabajadores tercerizados.







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