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El factor Nisman y la restauración kirchnerista

La “rebelión de los espías”, último acto de la serie de restauraciones que no fueron. La obra de la recomposición de la autoridad estatal cuestionaba desde lo más oscuro de su propio núcleo. El “fin” de un ciclo que no existe más.

Fernando Rosso

@RossoFer

Viernes 30 de enero de 2015 | Edición del día

Cristina Fernández y Ricardo Pignanelli

La decadencia de la política argentina puede sintetizarse en dos postales de la coyuntura. Patricia Bulrrich como principal vocera de la "ofensiva opositora" luego de la crisis por la muerte del fiscal Nisman, habla del carácter y la calidad de la “coalición” (para decirlo diplomáticamente) de la que es portavoz. El diario progresista Página 12 recurriendo a Ricardo Pignanelli, secretario general del sindicato mecánico (SMATA), para la defensa política de la actuación del gobierno, confiesa que lo que está en proceso de “disolución” no es la ex SIDE, sino el progresismo. Pero cuando se lee que Pignanelli afirma que respalda la propuesta de cambios en inteligencia porque es una "deuda de la democracia", la cuestión se torna -como dijera Cristina en mejores momentos-, "too much".

La realidad es que estas “postales” son la manifestación en la superficie de cuestiones más de fondo que la crisis abierta por el “suicidio/asesinato” del fiscal deja al desnudo.

El kirchnerismo, como emergente de la crisis del 2001, se presentó a sí mismo como un movimiento “restaurador”, cualidad a la que le daba un carácter positivo.

Restaurador del régimen político que había implosionado en la crisis de fin de siglo pasado y cuya consecuencia más relevante fue el hundimiento del partido radical. Restaurador de la “política”, contra el vaciamiento de la misma en los demonizados años noventa y como parte de esto, la restauración de la militancia, en especial de los jóvenes con un discurso que mezclaba banderas “democráticas” del alfonsinismo y un setentismo vegano. Restaurador de los derechos sociales de los trabajadores, por lo cual impulsó una alianza con la burocracia sindical, bajo la conducción de Hugo Moyano. Y finalmente, restaurador de la autoridad estatal “democrática” y de sus instituciones, con el respaldo presidencial a los juicios (limitados) a responsables de la dictadura militar, con el objetivo de contener la participación militar en la vida política interna y levantar la bandera de la no represión a la protesta. Hay que aclarar que para la política hacia las FFAA se apoyaba en la derrota histórica que tuvieron las mismas a la salida de la dictadura (Malvinas incluida), en la que también se apoyó Menem para reducir su poder en años de derrota y mientras aplicaba rajatabla “democráticamente” el programa de los poderes fácticos (la burguesía argentina e imperialista) que históricamente recurrieron a los cuarteles para imponerlos.

Todas estas banderas constituyeron lo que se conoció como relato, que combinado con la fortuna de un crecimiento económico basado en la devaluación y una tendencia de la economía internacional favorable la Argentina y a la región en general, permitieron abrir el “ciclo” de los gobiernos kirchneristas.

Re-capitulando

Estos diez años fueron el recorrido de un largo camino de capitulaciones del relato ante la realidad y hacia una restauración mayúscula y en el sentido contrario a la deseada por el progresismo kirchnerista.

La muerte de Nisman y la confesión de la impotencia frente a sus propios servicios de inteligencia es uno de los últimos actos de este “ciclo”, que no es de elecciones o gobiernos, sino un proceso político.

El temprano giro hacia recostarse en el pejotismo, abandonando las propuestas primigenias de la “trasversalidad” y la “concertación plural”, que tenían el objetivo mayor de “refundar” un nuevo régimen de partidos estable; fue una de las primeras derrotas del kirchnerismo.

El destino “trágico” de que el único candidato de la coalición oficial con chances para las elecciones de este año, sea uno que hizo de la “no política” el alfa y el omega de todo su discurso y de la reconciliación consensual con las corporaciones; representa otro fracaso y una consecuencia lógica por los límites del “proyecto” kirchnerista, en las que el progresismo depositó demasiadas esperanzas.

La ruptura con Moyano y los paros generales de los años 2012 y 2014, por las políticas de ajuste más claras (techo e impuesto al salario) significó el quiebre de la coalición con la burocracia sindical unificada, una expresión distorsionada de la separación de franjas significativas del movimiento obrero con el gobierno. E implicó apoyarse con métodos de prebenda, corporativismo “menemistas” en la fracción más conservadora y totalitaria de la dirigencia sindical (Caló y el “demócrata” Pignanelli, entre otros).

La estatización de la militancia juvenil y la “fusión” de sus opacos dirigentes (en realidad, hombres ya grandes, que trabajan de jóvenes) en el seno del pejotismo, liquida toda posibilidad de la construcción de una juventud con épica y convicciones que no se reduzca a los patios de la Casa Rosada.

El conflicto de Lear y Sergio Berni, terminaron de borrar en el suelo de la Panamericana, una desteñida bandera de la “no represión” a la protesta, que encontró su límite justo donde empiezan los intereses de las multinacionales de la industria mimada del “modelo”.

Finalmente, las huelgas policiales primero y ahora la “rebelión de los espías” que está en el trasfondo de la muerte de Nisman, fueron una manifestación de la crisis del relato de la vuelta del poder de las instituciones de la “democracia” sobre las fuerzas armadas y de seguridad o, como en este caso, sobre la policía de la información. Pero peor se pone la cuestión cuando para “combatir” a la corporación de la inteligencia de la ex SIDE, el gobierno refuerza a la otra corporación de inteligencia… del Ejército.

Dicen que alguna vez Néstor Kirchner le dijo a un Ministro de Defensa: “no quiero un ejército politizado, porque si yo tengo un ejército kirchnerista hoy, al día siguiente voy a tener un ejército antikirchnerista”. Incluso más allá de los cuestionamientos por la complicidad del General Milani con el genocidio, la revista Crisis publicó un artículo en el que afirma: “según datos brindados por el historiador Máximo Badaró al finalizar la dictadura el Ejército contaba con 102 generales para un total de 103 mil efectivos, pero ya en 1984 esa cantidad se había reducido a 39 y durante los veinte años que van de 1990 a 2010 no pasaron de 35. Pero esa tendencia decreciente se quebró y actualmente hay al menos 54 generales para una dotación que ronda los cincuenta mil miembros, un promedio de 1 x mil, como en 1982.” Un General, inclinado hacia la inteligencia y al que parece que le gusta la multiplicación de los generales. Y además, un general que tiene quien le escriba. No vaya a ser que mañana, tardíamente “descubran” a un Stiusso con uniforme.

La ilusión de la restauración del poder de las “instituciones democráticas” sobre las corporaciones armadas es la última derrota recibida en la bruma que levantan policías con propensión al motín, gendarmes con propensión al espionaje y un restablecimiento del protagonismo militar (incluso en la inteligencia); a los que hay que sumar el último acto de los “servicios” en la guerra que cruza la muerte de Nisman.

Además, un dato no menor: todo esto se produce cuando la fortuna de la economía (aunque no se manifieste todavía en crisis catastrófica) ya no acompaña como durante todos estos años.

Muchos kirchneristas cuestionan la categoría periodística de “fin de ciclo”, confundiendo la cuestión con continuidades o cambios de coaliciones o gobiernos. Tienen razón, no hay “fin de ciclo”, porque este ciclo de contención y pasivización que contenía el relato, no existe más. La crisis con los espías vino solo a certificarlo con los métodos violentos y mafiosos que los caracterizan.







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