Economía

El freno a la tensión cambiaria: una victoria pírrica, de duración limitada

Combinando el ofrecimiento de jugosos negocios y el reforzamiento de los controles, el gobierno freno la corrida. Con altos costos, compró un tiempo limitado.

Esteban Mercatante

@EMercatante

Martes 18 de noviembre de 2014 | Edición del día

Después de que la brecha entre la cotización del dólar legal y la del paralelo volviera a escalar en los últimos meses hasta el 80%, el gobierno consiguió parar la corrida y desinflar las expectativas de una nueva devaluación fuerte del peso antes de fin de año.

El mayor indicador de este logro está en el desinfle de la cotización del dólar blue, así como del llamado contado con liqui. Desinflar este último mercado fue uno de los principales objetivos que se puso Alejandro Vanoli, jefe del Banco Central (BCRA) desde su llegada en octubre al organismo. Este es un mecanismo de compra de dólares que es legal pero que preocupa al gobierno por que el precio del dólar que definen estas operaciones es la base para la cotización del dólar blue, y también porque al haberse convertido en el medio para que los importadores pudieran conseguir los dólares que no les daba el Banco Central para financiar la compra de insumos, amenazaba con tener un fuerte impacto en los bienes industriales, considerando la fuerte dependencia de toda la manufactura de la adquisición de insumos importados.

En el balance de los motivos que permitieron alcanzar esta precaria calma, desde posiciones afines al gobierno, como es por ejemplo el caso de Alfredo Zaiat, buscan poner el primer plano la iniciativa “policial” desplegada en el último mes.
En el último mes, el BCRA, la AFIP, y la Comisión Nacional de Valores, que el jefe del BCRA Vanoli comandaba hasta su designación a comienzos de octubre último, protagonizaron -de forma coordinada o en competencia entre una y otra según la ocasión- numerosos operativos contra bancos, otras entidades financieras y casas de cambio. La AFIP también detectó irregularidades en importaciones de bienes y servicios de numerosas empresas, que inflaron los precios declarados en las operaciones para enviar dólares al extranjero.

El mercado manda

Sin embargo, el desinfle del dólar contado con liqui y del dólar blue no puede explicarse exclusiva ni primeramente por esta avanzada del contralor. Responde ante todo a que el gobierno logró soluciones “de mercado”.

En primer lugar, distintas iniciativas permitieron una ampliación en la oferta de divisas. El gobierno negoció con las cerealeras que liquiden en el último trimestre en 1.200 millones de dólares más de lo que tenían previsto (en total 5.700 millones de dólares), algo menos que el objetivo original que se había propuesto el Ministro de Economía, Axel Kicillof. La licitación de frecuencias de 3G y 4G permitió recaudar 2.233 millones de dólares.

El BCRA también destrabó el primer tramo del canje de divisas con el Banco de China por el equivalente a 814 millones de dólares, y ayer se anunció un nuevo desembolso por 506 millones de dólares.

Por último, inversiones de China que fueron puestas en duda por el Griefault.

A esto se suma la expectativa por captar dólares de inversiones petroleras en Vaca Muerta, para lo cual se apuró el nuevo régimen de hidrocarburos, así como también que se concreten inversiones de China en infraestructura por varios millones de dólares acordadas en marzo.

Pero esta ampliación de la oferta, no podía aplacar por sí sola la tensión cambiaria, aunque sí dar al BCRA más espalda para resistirla. La cuestión clave era frenar o canalizar la demanda. Y acá, más que el accionar “represivo”, fue clave el aumento de las tasas pagadas por los bancos a los depósitos en plazo fijo, y el ofrecimiento de atractivos negocios en pesos, para bancos, aseguradoras, y otras grandes empresas expertas en fugar.

La novedad en este último aspecto vino por el lado de los bonos “dólar linked” (los llamados BONAD). El gobierno ya realizó dos emisiones, por casi 2 mil millones de dólares, con vencimientos en 2016 y 2018. Quienes suscriben estos bonos tienen un seguro de cambio: además del interés que ofrece el bono ajusta su rendimiento según los cambios en la cotización del dólar. De esta forma quienes suscriben BONAD quedan cubiertos de la eventual devaluación por la que todos apuestan en el mediano plazo. Podemos decir que el que apuesta al “dollar linked”, devaluación o no, gana. Esta cobertura, sumada al desaliento que crean el aumento del contralor, permitió desactivar la corrida.

Una victoria muy cara

El precio de la “victoria”, cuya duración podría ser muy acotada, es un crecimiento muy fuerte del endeudamiento en el futuro. Un nuevo ajuste cambiario es un final anunciado -así como lo es que sus costos volverán a caer centralmente sobre los trabajadores y el pueblo pobre. Aunque después de la fuerte depreciación de la cotización oficial del peso en enero (más de 20% en un mes) el gobierno dice que no volverá a devaluar, la inflación en lo que va del año -que significa una apreciación real del peso en relación al dólar porque este último pierde “poder de compra” debido al aumento de precios- ha hecho volver las especulaciones de que se impondrá tarde o temprano una variación en la cotización del dólar oficial. El aumento en la oferta de dólares permitió un aplazamiento, y si el gobierno vuelve a endeudarse en dólares en 2015 podría seguir estirarando los tiempos. Pero la inflación, que a pesar de lo que diga en Indec no frena, sumada al hecho de que Brasil también viene devaluando, juegan en contra.

Más devaluación, significa mayor deuda en pesos por los bonos “dollar linked”. Otro jalón más en el camino del “reendeudamiento”, etapa superior de la economía kirchnerista, después de años en que el llamado desendeudamiento no fue otra cosa que una formidable transferencia de recursos a los especuladores (desfalco que el gobierno cifra en el equivalente a la mitad de la economía argentina).
Por otro lado, para el economista Maximiliano Castillo “ese esquema mostró en la última licitación sus límites”. La última colocación del Bonad 2018 logró captar dos tercios (5594 millones de pesos) de lo que había obtenido el Bonad 2016 (con que tomó 8350 millones de pesos) sólo un mes antes.

Mirando a enero

El aplacamiento de la corrida contra el peso tiene un carácter provisional. Con las medidas reseñadas se logró un puente hasta comienzos de 2015; habrá que pasar el verano, el otoño, el invierno y la primavera hasta que llegue un nuevo Presidente a la Rosada. En 2015, el sector público deberá afrontar pagos que superan los 14.000 millones de dólares, es decir casi la totalidad de las reservas de las que el BCRA puede disponer efectivamente. El camino del endeudamiento en dólares aparece así ineludible, si no se está dispuesto -como no lo está el kirchnerismo- a repudiar la deuda usuraria y cortar esta sangría. Por eso siguen firmes las apuestas de que a partir de enero, sin la amenaza de la a esta altura famosa cláusula RUFO el gobierno encarará la negociación con los buitres para salir del default. Esto, endeudarse a tasas más caras de las que pagaría con un acuerdo que permita salir del default, o soportar dosis altísimas de estancamiento o caída de la economía por recorte a las divisas para insumos productivos, son las disyuntivas para el último año del kirchnerismo.

Si en algo acuerdan todas las fracciones de la burguesía y sus representantes políticos, del gobierno y la oposición, es que a la década “regalada” (a los acreedores y los fugadores seriales), debe sucederla una década “endeudada”. Este revival noventista ya sabemos cómo termina.

Después de años en los que se dieron condiciones extraordinariamente favorables, se pone en evidencia una vez más cuán falaz es la ilusión de que un capitalismo “en serio” escape de la sucesión de crisis recurrentes de la economía nacional, con su correlato de privaciones que recaen sobre los trabajadores. La única manera de evitarlo es que la clase trabajadora acaudille al conjunto del pueblo pobre para llevar adelante un programa para cortar los nudos gordianos de la dependencia y el atraso. Ante los preparativos de la burguesía para descargar los efectos de la bancarrota capitalista sobre el pueblo trabajador, para defender los salarios, el empleo y las condiciones de trabajo, necesitamos una política de otra clase.







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