Cultura

CHOMSKY EN ARGENTINA

El lenguaje en el centro de la batalla filosófica

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Viernes 13 de marzo de 2015 | Edición del día

Foto: Duncan Rawlinson.

Noam Chomsky dio ayer una conferencia en el marco del Foro “Emancipación e Igualdad” organizado por el Ministerio de Cultura. Seguramente los lectores lo conozcan más por este tipo de intervenciones políticas, siempre críticas del imperialismo norteamericano, a las que ha dedicado buena parte de su trayectoria intelectual y escritos; pero Chomsky es además considerado “el padre” de la lingüística moderna. Sobre este tema dará una conferencia hoy en la sede de 25 de Mayo 201 de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, cuando se cumplen 60 años de sus primeros escritos sobre lo que se conoce como la “gramática generativa”.

¿A qué se refiere con esta denominación? Para esbozarlo deberíamos remontarnos al estado del debate filosófico de la década de 1950, especialmente en EE.UU., donde predominaba con distinguidos representantes el sofisticado empirismo moderno como base y fundamentación del conocimiento humano, que se complementaba en el terreno de la psicología con la adopción de los desarrollos del conductismo para definir nuestras capacidades cognitivas. El conocimiento se basaría, y así debería hacerlo según estas lecturas, solo en nuestra experiencia sensorial, que es lo que podemos observar y donde podemos comprobar nuestras hipótesis teóricas. En ese sentido, nuestro aparato cognitivo podría evaluarse en términos de la acumulación de comportamientos o conductas que son respuestas a estos estímulos sensoriales que recibimos.

Uno de los elementos distintivos de este empirismo, que se apropiaba de los desarrollos que se habían hecho desde el siglo XIX en el terreno de la lógica y la psicología, era la apelación al lenguaje como modelo de nuestro aparato cognitivo. Creían que las hipótesis sobre cómo aprendían los humanos a dominar un sistema tan complejo a partir de su experiencia podía ser una buena base para explicar cómo se desarrollaban los complejos razonamientos, métodos y teorías que han ido forjando el conocimiento humano, sin tener que apelar a entes de origen dudoso y funcionamiento incomprobable como la “mente”, la “razón” o la “conciencia” que habían predominado como fundamento epistemológico desde el surgimiento del Iluminismo, a pesar de las batallas que el empirismo clásico había intentado dar contra el avance del racionalismo cartesiano.

El estudio de cómo se adquiere la competencia lingüística va a convertirse en una de las estrellas de estos desarrollos, como los de los filósofos B. F. Skinner o W. Quine, o de lingüistas estructuralistas como L. Bloomfield: básicamente, por imitación de aquellos que los rodean y lo utilizan. Es contra esas posturas con las que Chomsky va a discutir y de hecho, son en gran medida sus objeciones las que aportan a la paulatina declinación de estos enfoques.

La principal objeción de Chomsky ataca es el escaso lugar que estas teorías dejan a una de las características no por cotidiana menos asombrosa del lenguaje: su capacidad productiva, una creatividad casi inagotable basada apenas en la capacidad de articulación de no más de 50 sonidos para todas las lenguas (capacidad física que se desarrolla a la par del aprendizaje de una lengua madre).

El punto de ataque de Chomsky tenía la virtud de ser, justamente, ampliamente observable y experimentable por todos: el aprendizaje de un sistema sin duda complejísimo, como el de la lengua, es un proceso que sin embargo realizan, en muy poco tiempo y por millones cada día, pequeños que sin duda no pueden tener en su haber mucha experiencia. Sería imposible, aduce Chomsky, que tal manejo se adquiera tan aceleradamente con el mero estímulo de la escucha que el niño puede hacer del habla de sus padres (lo que se conoce como argumento de la “pobreza del estímulo”). Lo que Chomsky propone entonces es que en dicho proceso entra en juego algo que el niño ya trae consigo, una capacidad para la competencia lingüística que es común a todos los seres humanos y que es innata. La experiencia del entorno seguramente va a marcar el desarrollo de dicha competencia (para empezar, qué lengua se aprende a hablar), pero ella se basa en una gramática universal, es decir, un conjunto de reglas y principios comunes a todos los seres humanos que estructuran su capacidad lingüística, a partir de las cuales se generan las distintas características y variantes de las lenguas particulares.

Era nuevamente una apelación a una capacidad intrínseca al ser humano que lo distinguía del resto, acompañada con estudios de casos y un sofisticado aparato formal que explicaba cuáles eran los elementos comunes de esa gramática universal, sus componentes, reglas y transformaciones que se verían expresadas en las lenguas particulares. La vieja polémica entre empiristas y racionalistas se reeditaba, ahora especialmente en el terreno del lenguaje, pero con consecuencias en el conjunto de las hipótesis sobre las capacidades cognitivas humanas, que por ello concita el interés teórico más allá de la lingüística.

La propuesta de Chomsky no paró de crecer en influencia desde sus primeras postulaciones hasta la actualidad. Pasó por distintas adaptaciones y modificaciones pero sin abandonar este núcleo. Sus elaboraciones, entre las que se cuentan teoremas que llevan su nombre, se han extendido a la lógica, la psicología, las matemáticas, pero también al desarrollo de la inteligencia artificial y los lenguajes de programación informáticos –probablemente por ello el MIT, el reconocido instituto universitario especializado en tecnología de Massachusetts, lo haya mantenido en su plantel tanto tiempo a pesar de su activa participación política en EE.UU. e internacionalmente–.

Por supuesto, tanta influencia traería aparejada también diversas críticas. Chomsky polemizó durante décadas, casi en soledad inicialmente pero con creciente éxito, con los más importantes representantes del empirismo –la más destacada probablemente es la que llevó a cabo durante más de dos décadas con W. Quine sobre la adquisición del lenguaje–, pero también de otras corrientes.

Con Piaget, por ejemplo, con quien compartiría su crítica al empirismo pero no la ubicación de privilegio que Chomsky daba a la competencia lingüística respecto a otras capacidades cognitivas ni las formas de su desarrollo, compartió un extenso debate, rodeados de eruditos de disciplinas científicas duras, entre ellos algún premio Nobel. Recibió también críticas de importantes discípulos –que en el ámbito académico norteamericano se conoció como la “Guerra lingüística”– que en base a sus hipótesis, pero polemizando con él, desarrollaron un modelo lingüístico alternativo.

Sin duda, un eje justificado de las críticas ha sido la postulación de una teoría del lenguaje donde lo social no cumple más que un papel secundario, considerándolo una capacidad mental que se postula como innata al menos hasta tanto no pueda probarse otra cosa, es decir, otros mecanismos involucrados en la adquisición del lenguaje. De hecho, existen distintas teorías, previas y contemporáneas a sus desarrollos, que buscaron dar cuenta de la creatividad lingüística por la que Chomsky abogó durante tantos años, sin desatender ni el análisis de las especificidades de las capacidades cognitivas humanas –efectivamente no reductibles a una tábula rasa donde simplemente se imprimiría la experiencia–, pero tampoco sus relaciones con el medio social en que se desarrolla, un problema que no necesariamente tiene que ser planteado a la manera mecánica y directa del conductismo. Tal es el caso de los desarrollos de Voloshinov en el terreno lingüístico y del constructivismo de Vygotsky, y hasta cierto punto Piaget, en el terreno de la epistemología. Pero sin duda, Chomsky es una figura inevitable para la discusión lingüística y filosófica de nuestra época.







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