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El lobista: corrupción, política y una calle donde llueven dólares

Celeste Murillo

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El lobista: corrupción, política y una calle donde llueven dólares

Celeste Murillo

Mientras suena Mala noche de Riff, un tipo entra en un ascensor que comienza a inundarse, flotan a su alrededor billetes de dólares. El tipo dentro del ascensor sonríe a medias, se acomoda el traje caro, está confiado (o parece estarlo) pero el agua no deja de subir. Así empieza cada capítulo de la miniserie El lobista.

Coproducida por Pol-KA Canal 13/Cablevisión y TNT, en un intento por competir en el mercado marcado por el consumo on demand de contenidos online que tantos bolsillos de ejecutivos de Netflix engordó, la aplicación Flow (del grupo Cablevisión/Fibertel) puso a disposición del público los 10 capítulos de El lobista el día del estreno.

Como una casualidad, o un mal chiste, los afiches de la miniserie aparecieron en Buenos Aires justo en el medio de uno los primeros maremotos cambiarios, allá por la última semana de mayo. Negocios, legales, ilegales y de los otros, que tiñen los lazos entre empresarios y políticos en las democracias capitalistas actuales. Empresas off shore, aprietes para ganar licitaciones, chantajes para dar vuelta votos por la cesión de un terreno, de todo eso habla El lobista.

Dime qué eres

Rodrigo de la Serna interpreta a Matías Franco, un lobista, alguien que, según sus palabras, es “básicamente, un facilitador de vínculos entre personas que quieren hacer un negocio”. Franco es un exservicio de inteligencia, alguien que supo trabajar en la agencia estatal (la ex SIDE o lo que hoy se conoce como Agencia Federal de Investigaciones). Pragmático, sin escrúpulos, ambicioso, siempre en el borde de lo legal/ilegal, se mueve tan bien en un restaurante lujoso con jueces y empresarios como entre los containers del puerto con policías corruptos.

Lo interesante del personaje de De la Serna es que es un tipo al que no le importa básicamente nada que no sea el dinero y su avión, una pasión discretamente extravagante, pero como cualquier ser humano, se enfrenta a contradicciones a lo largo de su vida (o del momento de la vida que vemos en la serie). Este elemento que parece menor es algo valioso en un contexto en el que la mayoría de los personajes son planos o binarios, es decir, se los muestra totalmente buenos o totalmente malos.

Imaginemos que caminamos por una de esas callecitas del microcentro porteño y desde un balcón empieza a llover dólares, mientras nos sentamos en el asiento de conductor un auto, un cadáver cae desde el mismo balcón. El lobista acaba de salir del departamento desde donde cae el cadáver, acaba de cerrar un negocio que le generaba algunas sospechas. Este crimen dispara el policial que recorre la miniserie en paralelo con el combo corrupción, poder y política. Para sorpresa de nadie, todo termina enlazándose en algún momento de alguna forma.

El otro protagonista indispensable es el pastor oscurísimo Elián Ospina (que interpreta Darío Grandinetti), líder de la Iglesia de la Sagrada Revelación. A Ospina no lo mueve tanto el fervor religioso como lavar dinero y amasar su fortuna a base de “donaciones” de sus feligreses y negocios ilícitos. Un personaje que no da respiro, dispuesto a todo por ver crecer el poder de su iglesia que funciona a la vez como red de sus negocios.

Como en todo policial que se precie de serlo, hay una especie de héroe, alguien que busca Justicia. El fiscal Manuel Quinteros (interpretado por Alberto Ajaka), es el típico detective de policial negro: meticuloso, obsesivo y un poco perdedor. Su falta de tacto social y su ostracismo social autoimpuesto es señalado permanentemente por un partenaire un poco insolente, interpretado por el genial Julián Kartún, que le recuerda los trazos la humanidad que Quinteros ha dejado atrás. Juntos construyen un equipo de investigación que, no sin dificultades, avanza en develar culpables.

Ficción, realidad y marcas de época

Otro personaje que destaca en El lobista es el de Leticia Bredice, Natalia Ocampo en la serie, competidora de Franco y, a la vez, socia necesaria en algún negocio. El punto más alto del personaje de Bredice es que funciona como una especie de espejo de nuestro lobista. El objetivo es que nunca olvidemos que es un tipo despiadado, interesado solo en sus negocios y sin escrúpulos. Y es indispensable porque la historia, al estar contada por momentos desde el punto de vista de Matías Franco, nos puede agarrar con la guardia baja en medio de la historia romántica que acompaña el policial.

Hay una escena interesante y ácida de Natalia Ocampo, que muestra a la competidora-socia intentando aprovechar una denuncia de acoso para apretar a un político y obligarlo a que vote por una ley que facilitará sus negocios. Franco, con ironía cáustica, le pregunta si se “volvió feminista”. En una escena bien construida y con una buena marca de época, desnuda la utilización que hacen empresas y los partidos políticos tradicionales del discurso feminista, según sus necesidades (en el caso de Ocampo, chantajear a un legislador para cerrar un negocio).

La trama de El lobista es algo tan cotidiano en la política actual que pasa desapercibida, como parte del paisaje de las democracias capitalistas degradadas. Las empresas y los empresarios invierten muchísimo dinero en contratar lobistas que, si nos guiamos por la definición de Franco, “son simples intermediarios que permiten acercar dos partes interesadas en un bien común”. Pero como muestra la miniserie y vemos todos los días, son personal que utilizan las empresas para presionar, hacer campañas sucias y sobornar políticos para llevar adelante negocios, que en general a la mayoría no nos conviene, pero con los cuales una minoría se enriquece.

En el cruce entre el lobista y el pastor Ospina vemos una radiografía de cómo se hacen los negocios en Argentina, aunque también en casi cualquier otra parte del mundo. Esto logra una cierta “universalidad” de la trama, eso que hace atractivas las historias emparentadas con el género de la novela o el policial negro: historias de ficción donde se ensayan las respuestas que no brinda la “versión oficial” de la realidad, parafraseando al gran Ignacio Paco Taibo II. Ciertamente, mientras la política esté al servicio de los empresarios, la corrupción, los aprietes y el lobby a favor de los intereses de una minoría, van a seguir siendo la regla y no la excepción.

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Celeste Murillo

@rompe_teclas
Nació en Buenos Aires en 1977. Es traductora y aficionada a la historia. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Pan y Rosas. Es columnista de cultura y género en el programa de radio El Círculo Rojo. Estuvo a cargo de la edición en castellano de La mujer, el Estado y la Revolución de Wendy Z. Goldman y escribió en Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006, reedición 2018).
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