Cultura

El nuevo diccionario de la Real Academia Española

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Martes 30 de diciembre de 2014 | Edición del día

“Limpia, fija y da esplendor”. No es el lema de un anuncio de algún producto limpiador, sino el de la Real Academia Española, que termina de conmemorar sus 300 años en 2014 –creada en Madrid en 1713, fue en 1714 que recibió la cédula de Felipe V que la acreditaba como oficialmente constituida, y por ello los festejos comenzaron el año anterior–.

Como uno de los últimos eventos de este aniversario, la RAE lanza una nueva edición de su diccionario, que totaliza más de 93 mil artículos y más de 195 mil acepciones, muchas de las cuales se podían ver ya en su página web. Y como cada vez que se edita un nuevo diccionario, qué entradas se incluyeron o se eliminaron son motivo de debate.

Los ejemplos más habituales son aquellos derivados del impacto de la tecnología que rápidamente se expanden a partir de sus versiones originales en otro idioma. Tuitear, wifi y tunear, por ejemplo, se incorporan castellanizadas, aunque hacker sigue figurando como extranjerismo. También la realidad económica, política y cultural se ven reflejadas en algunas incorporaciones: establishment, externalizar (dicho de una institución pública sería nuestro tercerizar), mileurista (referido a las personas que cobran un salario depreciado para la tarea cercano a los mil euros), precuela, multiculturalidad o red social.

Pero como es habitual, las más polémicas son las referidas a la descripción de personas en cuanto a su nacionalidad, género, orientación sexual o condición social. El nuevo diccionario eliminó la acepción que atribuía a los gallegos ser tontos y a lo rural cierto grado de incultura o tosquedad, pero hacer una “judiada” o una “gitaneada” sigue siendo perjudicar a alguien. Se incluye el término femicidio y en la acepción de matrimonio la posibilidad de que los cónyuges sean del mismo género, “femenino” ya no contiene la acepción de débil ni masculino la de enérgico, los huérfanos pueden serlo hayan perdido a su madre o a su padre (ya no “especialmente al padre”). Tampoco “gozar” a una mujer es “conocerla carnalmente”. Sin embargo, aunque retocado, marica sigue siendo apocado o falto de coraje cuando “se dice de un hombre”.

Cada vez que se plantean estas críticas, las autoridades de la Academia insisten en el carácter descriptivo y no normativo del diccionario: recoger determinados usos de las palabras no quiere decir defenderlos. El flamante nuevo director de la RAE llegó a manifestar en una entrevista en La Nación que la corrección política podría ser una forma de censura injusta.

Efectivamente, como órgano social “vivo” y en movimiento, las lenguas expresan cosmovisiones y relaciones sociales que recorren la vida de sus hablantes. Por otro lado, el registro de los usos cotidianos de determinados términos efectivamente está incluido entre los propósitos de la RAE y podría ser atendido en estos casos, si no fuera por lo refractaria que ha sido la RAE para efectivamente registrar algunos de ellos a lo largo del tiempo, a pesar de su extendido uso. Aunque el diccionario incluye hace mucho las definiciones de discriminación, sexismo, nacionalismo o conservadurismo, no parecen tener mucho uso efectivo en la sede misma de la RAE.

Lograr que se incluyeran las acepciones en femenino de determinadas ocupaciones fue siempre un mecanismo tan lento y engorroso como el que llevó a las mujeres a acceder a esos mismos cargos, incluso a veces más dilatado aún que su uso social habitual o en medios impresos. Los términos derivados de palabras extranjeras, usados por la amplia mayoría de los hablantes, son siempre motivo de dilaciones o adaptaciones inverosímiles para adaptarse al español –¿saben los blogueros que hasta hace poco no administraban ni escribían blogs sino “bitácoras”?–.

Finalmente, y a pesar de que a partir de la edición anterior la incorporación de “americanismos” es creciente y que la RAE trabaja desde la década de 1950 conjuntamente con más de una veintena de Academias de Letras de los países latinoamericanos, la proporción de los mismos es inversamente proporcional a la cantidad de hablantes: con las nuevas incorporaciones de esta edición sumarían unos 19 mil los términos aportados desde Latinoamérica o la comunidad hablante del castellano en EE. UU., es decir, un 10% de los incluidos en el diccionario, mientras de los 470 millones de hablantes que lo tienen como lengua nativa, menos del 10% corresponden al Estado Español –según el informe 2014 del Instituto Cervantes–. Al menos ya no se los cataloga como “barbarismos”, aunque “sudaca” sigue siendo según el diccionario una forma despectiva usada en España para referirse a los latinoamericanos.

La propia historia de la RAE quita verosimilitud al argumento “descriptivo”. Su origen y propósitos son los de “normalizar” la lengua, lo cual podría considerarse útil y necesario para que los hablantes puedan resolver sus dudas gramaticales y terminológicas cuando buscan expresarse –es cierto también que muchas lenguas no tienen estas instituciones normalizadoras sin por eso perder su “unidad”, valor que la RAE destaca como objetivo macro–. Pero si ninguna normalización lingüística es imparcial porque siempre supone establecer con ella diferencias entre quienes manejan o son instruidos en esa norma culta y quienes no, mucho menos puede serla la de una lengua que fue impuesta no solo a los enormes territorios que conformaron sus colonias sino a distintas nacionalidades que son parte aún hoy de un Estado español que no les reconoce su autonomía y que recién hace pocas décadas aceptó como idiomas “oficiales” también al catalán, el vasco y el gallego.

Efectivamente, toda lengua refleja valores y disputas que recorren una sociedad; pero también es cierto que toda normalización de la misma refleja criterios estatales, políticos e ideológicos que no solo merecen, sino que deben ser discutidos como parte de esas disputas. Apelar a una tarea de mera descripción no es más que una pobre coartada.







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