Internacional

RUSIA, CHINA, ESTADOS UNIDOS

El rompecabezas norteamericano en la conquista de Asia

La escenificación de la “Marcha de la Victoria” en conmemoración de la victoria contra los nazis en la Plaza Roja de Moscú logró el efecto deseado. Organizada por el presidente Vladimir Putin, destacó los avances de la industria de defensa rusa y contó con la participación de militares chinos y barcos del Ejército de Liberación del Pueblo junto a la Flota rusa del Mar Negro.

André Augusto

Natal | @AcierAndy

Viernes 15 de mayo de 2015 | Edición del día

Por un lado, a pesar del boicot de las potencias occidentales al evento, el secretario de Estado norteamericano John Kerry entendió este mensaje enviado directo a las potencias occidentales y se reunió al día siguente con Putin para tratar problemas geopolíticos en Ucrania, Siria e Irán.

Por otro lado, el evento estrechó aún más las relaciones comerciales entre Moscú y Pequín. Los dos principales bancos estatales rusos y el VTB, abrieron líneas de crédito con el Banco Estatal de Desarrollo de China por el valor de 9 mil millones de yuanes (1,4 mil millones de dólares) además de la construcción del primer ferrocarril de alta velocidad de Rusia, que cubrirá el trayecto Moscú-Kazan por 6 mil millones de dólares. A cambio, Rusia fijó las condiciones para el abastecimiento de 30 millones de metros cúbicos de gas a China durante 30 años, además del envío de 100 aviones Sukhoi SuperJet-100 a través de la companía rusa OAK.

Aun cuando esto genere una mayor dependencia de las empresas rusas del capital chino, la desigualdad en la relación es balanceada por la necesidad que tiene china de la tecnología militar rusa. Una cooperación que duplica las preocupaciones de Washington frente a las amenazas militares chinas en la región Asia-Pacífico y su creciente presupuesto de defensa.

Conflictos sin perspectivas de solución

La presentación de Kerry se hizo con el objetivo de, mientras deja abierta la vía diplomática para resolver la crisis en el Este, desenvalentona a Rusia a transformar la demostración de fuerzas militar en actitudes agresivas contra Ucrania y otros países de la antigua zona de influencia de la ex URSS (los países bálticos), luego de las manifestaciones separatistas en el Este ucraniano, que resultaron en la ocupación de edificios públicos en Donest, Lugansk y Kharkov por manifestaciones prorusas en defensa de un referendo de secesión.

Tras la demostración de Rusia y China de su intensión de modernizar todo el ejército de sus países, Estonia, miembro de la Unión Europea y de la OTAN, fronteriza con Rusia, movilizó a 13.000 militares para ejercícios de combate en la frontera, simbolizando la gran alarma que la anexión de Crimea y la intervención en Ucrania por parte de Rusia causan en el Este europeo.

Después de los acontecimientos de Crimea y el conflicto ucraniano, Estados Unidos intentó aislar a Moscú (con sanciones conjuntas con Alemania). Sin embargo, fortaleció la sensación rusa de que, a pesar de sus grandes problemas económicos y su clara inferioridad militar frente al coloso imperialista nortemericano, Washington no puede ignorar lo que sucede en Moscú. Menos aún puede prescindir de Rusia para estabilizar los dos principales conflictos geopolíticos mundiales en curso, la crisis de Ucrania y la inestabilidad regional en Medio Oriente.

Tan es así que Kerry ensayó nuevas discusiones sobre la salida al problema sirio (nunca está demás recordar que Rusia sacó a Barack Obama de la pantanosa situación de no cumplir su amenaza de intervenir militarmente en Siria si Bashar Al-Assad usara armas químicas contra la población). Pero ambos mostraron la distancia entre las soluciones previstas por el gobierno de Washington y de Moscú: mientras Obama prefería la “transferencia de poder” a un aliado más cercano al imperialismo, Putin es favorable al mantenimiento de Assad en el poder y un diálogo entre las partes, aprovechando las decisiones imperialistas en Siria para mantener en “carne viva” el problema del Estado Islámico para Estados Unidos.

Con respecto a Iran, Estados Unidos se encuentra en clara disputa de influencia con Rusia. El régimen de Teherán es un antiguo aliado de Moscú en la región, en función de la hostilidad política y las sanciones económicas mantenidas por la Casa Blanca al gobierno iraní desde la revolución de 1979. La reaproximación de Estados Unidos a Irán, fruto del reconocimiento del peso político que del ala chií del islamismo en Medio Oriente después de la caída de Sadam Hussein en Irak, la influencia de Irán sobre Hamas en la Franja de Gaza y Hezbollah en el Líbano y que ahora amenaza a la propia Arabía Saudita en Yemen, es funcional a los intereses de estabilización de la región para que Obama pueda “apuntar el pivote” hacia Asia.

Sin embargo, la venta de misiles rusos antiaereos S-300 a Irán (y la promesa de envío de misiles balísticos, tanques T-14 Armata y vehículos de infantería de última generación producidos en Rusia) no permiten que Estados Unidos descarte la influencia rusa en el régimen iraní.

No es necesario mencionar la desigualdad de intereses entre las dos potencias en Ucrania. El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, descalificó la estrategia occidental de las sanciones, diciendo que “la instigación de la confrontación y los intentos de presión por medio de sanciones sobre Rusia no llevarán a ningún lugar. No se logrará que Rusia renuncie a sus intereses nacionales y sus posturas de principio en cuestiones vitales”. Putin reafirmó que una tarea importante es “continuar el programa de sustitución de importaciones de productos de empresas ucranianas y de los países de la Unión Europea. Elevaremos el nivel de nuestras propias empresas y ampliaremos su independencia”.

El deterioro de las condiciones en terreno en las últimas semanas, las contínuas provocaciones de Washington y sus aliados en Kiev y la demostración de fuerzas de Moscú vislumbran no solo las nuevas escaladas en el teatro de operaciones ucraniano, sino también que los choques entre las grandes potencias seguirán ocurriendo en niveles desconocidos desde la implosión de la ex-URSS.

Rusia, incomparablemente más débil económica y militarmente que Estados Unidos, se empeña sin embargo en prolongar los problemas norteamericanos heredados de la administración Bush, sirviéndose de la agresividad imperialista en el Este europeo para recomponer su zona de influencia y buscar salidas económicas a su dependencia de Europa, buscando posicionarse estratégicamente vislumbrando el declínio hegemónico de Estados Unidos.

La misma debilidad de Estados Unidos, que desde el fin de la Guerra Fría nunca estuvo tan lejos de la capacidad de estabilizar conflictos con Rusia como ahora, distorciona la capacidad rusa de intervenir en el tablero geopolítico, ampliando la figura de un Putin altamente dependiente de los recursos energéticos y con escasa base industrial y financiera.

Tanto más difícil se le hace a la Casa Blanca convertir a Asia en un terreno de conquista favorable cuanto más el dúo China-Rusia ocupa el espacio continental, base segura de grandes conflictos y procesos geopolítcos como en el próximo período.







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