Géneros y Sexualidades

1° DE MAYO

El silencio no es salud, y ellas no son heroínas

En todo el mundo, una vez por día, la gente sale a los balcones, a las puertas y a los patios de sus casas para aplaudir a quienes garantizan la atención de los enfermos a causa del COVID. En Argentina es a las 21 horas. En Estados Unidos a las 19.

Sol Bajar

Editora de Géneros y sexualidades | @Sol_Bajar

Miércoles 29 de abril | 14:21

“Son héroes”, repiten los medios de comunicación, los presidentes, los funcionarios que salen con sus barbijos en teleconferencias en las que hablan de una supuesta “guerra” contra un virus invisible. Así ocultan décadas de vaciamiento, privatización y descentralización de la salud. De fondo, puede una imaginarse el cuadro de una enfermera, blanca y reluciente, con su dedo índice sobre los labios. Señal de silencio.

Pero el silencio no es salud. Menos todavía en tiempos de pandemia. Sin recursos ni protección adecuada, las trabajadoras hacen malabares. Circulan videos e imágenes de enfermeras de todo el mundo, literalmente embolsadas, con varias capas improvisando trajes ante la falta de ropa; con máscaras hechas con botellas; enfermeras y médicas con sus pieles lastimadas por la presión de las gafas; camilleras, trabajadoras de limpieza, cocineras, mujeres que trabajan a la par, aunque ningún gobierno las reconozca como pares de sus compañeras del sector.

“No necesito un cumplido: necesito atender a los pacientes para que estén bien”, dicen con sus carteles las enfermeras de Nueva York, en señal de rechazo a la política de Trump.

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Por ser mujeres

En todo el mundo, las mujeres están más expuestas a las consecuencias de la crisis sanitaria. El trabajo no remunerado, no pago, que realizan en sus casas; los mayores índices de pobreza, la desocupación, la mayor precarización laboral y los trabajos históricamente feminizados (como la docencia, el trabajo doméstico y la salud), derivados de las tareas de cuidado tradicionalmente “femeninas”, son muestra de ello.

En el sector de la salud esto es muy claro. Médicas, asistentes, enfermeras, cocineras, trabajadoras de limpieza, algunas de planta, otras contratadas, otras (muchas) tercerizadas y precarias, sostienen mayoritaria y diariamente los hospitales de todo el mundo.

Según la OMS, representan el 74% de los trabajadores de la rama en todo el planeta, pero aunque son mayoría, la brecha salarial -la diferencia entre lo que perciben varones y mujeres-, es del 28 %. Gran parte de esa diferencia se explica por las horas disponibles para trabajar fuera de la casa. Algo que muchas veces también obliga a aceptar varias jornadas, en distintas instituciones, y no necesariamente a trabajar menos horas.

Pero si esos son los datos globales, ¿qué pasa en Argentina, uno de los países donde mayor contagio se registra entre el personal de la salud? En el país, el 71.2 % de los trabajadores son mujeres. Pero si sólo se observa enfermería, el porcentaje es mayor: son mujeres alrededor del del 85%, casi 193.000 personas según los últimos datos oficiales disponibles, del 2016.

La pandemia, como denuncian, las expone al máximo, porque son ellas las que sostienen el contacto diario con pacientes y también con quienes les acompañan, generalmente mujeres. Esa presencia cercana, sin dudas, es la que muestra la importancia que tiene su trabajo para pensar una salida a la actual crisis sanitaria. ¿Quién, más que ellas, puede dar cuenta de los padecimientos y necesidades de las familias trabajadoras, y dar respuesta a sus demandas? De eso, como comienza a verse, muches van tomando nota.

En el centro de la escena

Hoy todas ellas están en el centro de la escena. Son las que mantienen los hospitales funcionando 24h al día, en medio de la crisis sanitaria, con una mayor sobrecarga y precarización laboral, y con más tareas dentro de sus propias casas, ya que la mayoría, además, son mamás y son jefas de hogar.

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En Argentina, aunque el decreto presidencial que dictaminó la cuarentena obligatoria dispone la licencia para quienes tienen hijos a cargo, este es justamente un punto crítico cuando se trata del trabajo en la salud, considerado esencial. “Estamos con el problema de cómo enfrentar esta pandemia cuando necesitan estar licenciadas y por otro lado existe la necesidad de tener a todo el personal disponible”, decía hace poco a Página 12 María Fernanda Boriotti, presidenta de la Federación Sindical de Profesionales de Salud de la República Argentina (Fesprosa).

Ayer martes, a pesar de ello, las trabajadoras y trabajadores de la salud lograron que su reclamo comience a hacerse sentir. En la Ciudad de Buenos Aires, esa misma Federación, junto a ATE y la CTA Nacional, convocó a una jornada de lucha en el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, en la puerta de los hospitales.

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La bronca de muches rompió con el insalubre silencio, y algunas recordaron que mientras el ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, acusa a los trabajadores y trabajadoras de creerse “omnipotentes”, de ir a trabajar con fiebre y contagiar a sus compañeros, son ellas las que defienden la salud de la población y también la de sus familias.

Sin fronteras

Las contradicciones crujen en todo el planeta. Y así como quedan al descubierto décadas de políticas de vaciamiento, de presupuestos congelados y de una descentralización brutal del sistema sanitario, también comienza a quedar al descubierto que la rebeldía y la bronca ante tanta desigualdad, traspasa las fronteras.

El grito de “nuestras vidas también son esenciales”, que se escucha en las huelgas estadounidenses para denunciar la situación de los hospitales, la discriminación hacia los inmigrantes afroamericanos y latinos, y las propias condiciones de trabajo, son muestra de ello. Lo son también las voces de las trabajadoras de la salud de Italia, que también fueron al paro por insumos para trabajar.

Las acciones se repiten en otros lugares del planeta, como en el Reino Unido, Grecia, Francia, en Pakistán, Nigeria, Malawi, Zimbawue y Sudáfrica. Y de este lado del mundo también lo vemos. En Perú, Honduras, México, Chile, Colombia, Brasil, los reclamos son parecidos. Y como era de esperar, también son parecidas las respuestas de las centrales sindicales: hacer la vista gorda, mantener el silencio, colaborar con el interés de los gobiernos y sus empresarios amigos.

“Estamos luchando por nuestras vidas, lo que significa que necesitamos transformar fundamentalmente el sistema de atención médica, sacarlo de los intereses de los jefes, básicamente capitalistas, farmacéuticos, compañías de seguros, corporaciones hospitalarias”, dice una enfermera desde Estados Unidos, el epicentro al que hoy se trasladó la pandemia.

De este lado, en la televisión, un obrero cuenta que ante la falta de insumos, la fábrica en la que trabaja, la ex Donnelley, hoy bajo gestión obrera, reconvirtió su producción para hacer alcohol en gel y mascarillas para los hospitales, que ya están entregando al personal de salud, que se organiza de manera independiente para reclamar sus derechos.

La solidaridad, se ve, se siente y se teje desde abajo, y en tiempos de pandemia, también se comunica por las redes. Desde las 15 hs de este 1 de Mayo, muchos y muchas de las protagonistas de estos y otros procesos, que ya recorren el mundo, serán parte de un novedoso encuentro internacional, con oradores en simultáneo desde catorce países de América Latina, Estados Unidos y Europa, que están dando una misma batalla por otra salida a la crisis.

Al servicio de fortalecer esa voz, para quebrar el silencio que quieren imponer a sus reclamos y apostar a unificarlos, desde La Izquierda Diario, te invitamos a sumarte y difundir este enorme evento internacional, para que llegue a cada rincón del planeta y se convierta en un imparable fuerza de lucha.

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