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OPINIÓN

El socialismo de Marx y Engels y la impostura de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias, el líder de la “nueva socialdemocracia”. El “sorpasso” al PSOE que reflejan las encuestas. El gobierno con los socialistas como estrategia. Las frivolidades de Unidos Podemos y el socialismo revolucionario de Marx y Engels.

Diego Lotito

@diegolotito

Martes 7 de junio de 2016 | Edición del día

Foto: EFE

Por tercera vez desde las elecciones europeas de mayo de 2014, Pablo Iglesias volvió al Ritz. En esta ocasión, para un desayuno informativo del Fórum Europa, presentado por su nuevo socio y recientemente electo líder de IU, Alberto Garzón. Y qué mejor que el Ritz para hablar de Marx, Engels y el socialismo.

El secretario general del partido morado, dijo este lunes que la candidatura Unidos Podemos es la única alternativa al PP en las próximas elecciones, dando por sentado el sorpasso al PSOE, algo que por ahora las encuestas no desmienten. En efecto, el último sondeo de Metroscopia elaborado para El País, aunque sigue ubicando al PP en la primera posición con un 28,5% de los votos (favorecido por una abstención que puede rondar el 5%), otorga a Unidos Podemos un 25,6% (5,4 puntos por delante del PSOE).

En este clima de subidón demoscópico, Iglesias llamó a “ocupar el nuevo espacio socialdemócrata” abierto tras el fracaso de la llamada “tercera vía”, que en los noventa trató de refundar la socialdemocracia reconvirtiéndose en social-liberal.

Una ocupación, eso sí, más parecida a un Joint Venture que a una OPA hostil. Porque a renglón seguido, Iglesias siguió reivindicando –con su socio “comunista” al lado- la mano tendida al PSOE y la estrategia de gobernar con el PSOE como la única alternativa de poder posible para “el cambio”. “Que decida la militancia socialista si quiere un acuerdo con el Partido Popular o con nosotros”.

La idea no es nueva. Iglesias la viene repitiendo hace meses, la puso en práctica durante las negociaciones de investidura post 20D y la reafirmó en una tribuna publicada el viernes en El País.

“Nuestro primer desafío es asumir que sólo podremos gobernar mediante una alianza, en España y en Europa, con la vieja socialdemocracia”, dice Iglesias, y remata: “Estoy convencido de que la vieja socialdemocracia, decida lo que decida tras el 26-J, seguirá siendo una fuerza política fundamental y un aliado necesario para nosotros, pero creo que su peso específico como alternativa de gobierno a los conservadores estará determinado por la decisión que tome ahora. Tras el 26-J el PSOE puede sumarse al cambio y renovarse o anclarse al pasado y convertirse en una fuerza con mucho menos peso histórico a la hora de determinar el futuro de España.”

Lo nuevo de Iglesias, esta vez, fue el provocativo recurso de autoridad que buscó para su política: apeló a los mismísimos autores del Manifiesto Comunista. “Independientemente de lo que añada Alberto, Marx y Engels eran socialdemócratas”, dijo Iglesias sin sonrojarse.

La afirmación de Iglesias no es producto del desconocimiento ni mucho menos. Es pura impostura. Iglesias conoce la historia, sabe que la adhesión socialdemócrata de Marx y Engels se encuentra en las antípodas de lo que representó la socialdemocracia después de su degeneración reformista. De hecho, incluso Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci revistieron en las filas de la socialdemocracia, con la cual rompieron por su posición socialpatriota en la primera guerra mundial. De allí surgió la Tercera Internacional y defender la tradición teórica y política de Marx y Engels contra sus epígonos “socialistas”.

Pero para Pablo Iglesias, ya se sabe, “los significantes son lo de menos”. Y para Garzón parece que también. El líder de IU no habló del tema durante el desayuno en el Ritz, pero si señalo después en una conversación con El País que "el comunismo es una tradición política que nace como escisión teórica y práctica de la socialdemocracia. Por eso, Lenin, Marx y todos los comunistas del siglo XIX eran de partidos socialdemócratas, y hablaban en sus textos como socialdemócratas. Solo que entonces socialdemócrata significada lo que hoy comunismo".

Aunque a Garzón no le importan las "etiquetas”, dice, le ha parecido oportuno intentar justificar la aparente contradicción entre las sandeces que dice su socio y las ideas que supuestamente defiende Izquierda Unida y el Partido Comunista español. Pero la realidad es que no hay contradicción alguna. El comunismo de Garzón no es menos embustero que el carácter socialdemócrata que Iglesias quiere adjudicarle a los fundadores del socialismo científico. Izquierda Unida y el PCE hace tiempo que se han “socialdemocratizado”. Por lo menos, desde el giro eurocomunista de Carrillo a esta parte.

Porque, en última instancia, cuando Garzón felicita a su socio Iglesias el haber estado "a la altura de la historia" al aceptar una alianza con IU, lo que felicita es la comunión estratégica con Podemos en que una coalición de izquierda llegue por la vía parlamentaria al gobierno e inicie un proceso de transformaciones sociales que permitan, en el mejor de los casos, una suerte de “vía democrática al socialismo”. Y esta cuestión es, justamente. la que marcó el debate estratégico de los revolucionarios con el eurocomunismo europeo hace casi medio siglo.

Para Carrillo no podía haber “ninguna confusión entre eurocomunismo y socialdemocracia en el terreno ideológico”, pero la engañifa del discurso eurocomunista se vio en la práctica. Los partidos eurocomunistas actuaron como artífices de la recomposición de las “democracias occidentales” y garantes de su estabilidad. El caso italiano fue paradigmático, con el “compromiso histórico” de Enrico Berlinguer con los empresarios, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista para fortalecer a la democracia capitalista italiana frente a las tentativas “totalitarias”. Mientras en el caso español, Santiago Carrillo dirigió la política de la “ruptura democrática” durante la Transición, que en función de “conquistar la democracia”, aceptó la Constitución del ‘78, el retorno de la monarquía, las bases norteamericanas en la península y los pactos de la Moncloa. O sea, todo lo que Unidos Podemos acepta por defecto en su programa.

Quizá el más honesto en este nuevo episodio de confusionismo ideológico podemista haya sido el número dos de Podemos, Íñigo Errejón. Más allá de las “etiquetas”, Errejón puso el eje en la defensa de “un programa que tiene como eje central la democracia. Hay que proteger los salarios, las condiciones de vida”, dijo. “Creo que eso nos une a gentes muy diferentes. Somos una candidatura patriótica, eso junta a personas que vienen de lugares muy diferentes”. Es decir, sin superar los estrechos marcos de la democracia liberal, tratar de llegar por la vía de una coalición con los social-liberales y la negociación con los poderes fácticos del capital imperialista europeo y español a lo más parecido que se pueda del viejo “Estado de bienestar”. Por fin alguien medianamente sincero en profesar sus intenciones.

Ante las declaraciones de Iglesias, la presidenta andaluza, Susana Díaz, criticó a Podemos de “buscar la copia de la socialdemocracia” cuando, a su juicio, “nadie tiene que buscar la copia porque el original es el PSOE”, y remató acusándolo de “revisionismo histórico” por situar a Marx y Engels en la socialdemocracia “olvidándose” de Lenin y Trotsky, en lo que constituiría la mayor "operación de camuflaje" que se ha hecho en la historia reciente del Estado español.

En cierto modo, hay algo de cierto en la crítica de Díaz. Pero el camuflaje de Iglesias no es, como piensa la baronesa socialista, para vestir al lobo de cordero, sino exactamente lo contrario. Porque la “vieja socialdemocracia”, de la que Díaz es una conspicua representante, hace décadas que se neoliberalizó ubicándose en lo que Tariq Alí denominó el “extremo centro”, donde “el centroizquierda y el centro-derecha se han compinchado para mantener el statu quo; una dictadura del capital que ha reducido los partidos políticos a la condición de muertos vivientes”

Es sobre esa realidad que opera Podemos, pero no para abrir paso a una alternativa política de ruptura con el Régimen del 78, su sistema de partidos y el capitalismo español, sino para reconstruir un nuevo progresismo y colaborar con la “renovación” de la socialdemocracia para que esta puede volver a jugar su verdadero rol histórico: ser el médico de cabecera del capital.

Nada más alejado, por cierto, del socialismo de Marx y Engels. Un socialismo que se proponía “la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansas, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales” (Karl Marx, La lucha de clases en Francia –cap. 3).

Para Iglesias, hablar de socialdemocracia o comunismo no tiene valor alguno. Todo lo que se dice sólo tiene un sentido: mejorar sus expectativas electorales para llegar al tan soñado sorpasso que les permitirá… gobernar con el PSOE.

Oscar Wilde escribió que un cínico es un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada. Pues Pablo Iglesias parece estar llevando el cinismo al más alto nivel.







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