Economía

PANORAMA ECONÓMICO

Entre el veranito del dólar y el peligro de default, ¿vuelve la bicicleta financiera?

La relativa calma del dólar esperanza al gobierno con un año electoral sin sobresaltos. Pero crecen las dudas sobre el programa financiero del gobierno hacia 2020 y la capacidad de pago de la deuda. Qué deja el 2018 y qué parece traer entre manos el 2019.

Lucía Ortega

@OrtegaLu_

Jueves 10 de enero | 00:10

La relativa calma del dólar esperanza al gobierno con lograr atravesar el año electoral sin sobresaltos, al tiempo que se restablecen ciertas condiciones para la timba financiera a través del sostenimiento de altas tasas de interés (a pesar de su baja). Pero crecen las dudas sobre el programa financiero del gobierno hacia 2020 y la capacidad de pago de la deuda para quien asuma en diciembre.

Un mal presagio

El gobierno llegó a diciembre pidiendo la hora, y ese inicio de año de 2019, con poco para festejar en la “mesa de los argentinos” (en realidad, sobre la mesa de las familias trabajadoras), es un presagio poco auspicioso de lo que vendrá.

El presidente Macri pudo apenas animarse a afirmar, como un acto de fé, que en 2019 “estaremos mejor”, mientras el riesgo país tocaba los picos máximos durante su gestión y crecían las inquietudes respecto a la posibilidad inminente de que Argentina entre en default (cesación de pagos de deuda por incapacidad de pago) en el año 2020.

El “ánimo” de “los mercados” con el que se inauguró enero será precisamente la referencia permanente que atravesará el 2019, que va a marcar en gran medida el ritmo de la economía y la política. Este ánimo se resume en dos indicadores clave: el riesgo país y el precio del dólar, cuyo devenir atemoriza más al gobierno que la tibia actitud de las centrales sindicales para frenar los ataques.

Desde el punto de vista de los desequilibrios macroeconómicos, el 2018 será recordado como un gran fracaso que marcó un punto de inflexión, dando inicio a una nueva “era FMI”. La crisis externa producto de la espiral de endeudamiento y la sangría permanente de dólares para el pago de intereses de deuda y la fuga de capitales, fueron la base desequilibrante para que se desaten las corridas cambiarias entre abril y septiembre ante los temblores ocurridos en la dimensión internacional, potenciando a su vez, la salida de dólares.

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La fuga alcanzó U$S 26.367 millones entre enero y noviembre de 2018, un ritmo mensual de U$S 2.397 millones.

El resultado fue terminar con un dólar rozando los $ 40. En el año la divisa subió 105 %. La inflación, por su parte, terminó cercana al 50 % anual, una cifra récord desde el año 1991. Se incrementó a U$S 307 millones la deuda pública, que casi alcanza al 100 % del PIB y la economía terminó en una recesión superior al 2 %, con un derrumbe severo de la industria y la construcción.

Desde el punto de vista de las condiciones de vida los trabajadores el resultado es también alarmante. Con una burocracia sindical más preocupada por “dar gobernabilidad” que por organizar una respuesta a la altura de las circunstancias (a pesar de las muestras de predisposición a la lucha que mostraron los trabajadores de Astillero Río Santiago, de Siam, de Rio Turbio, docentes, estudiantes, el movimiento de mujeres, entre otros), la caída promedio del poder adquisitivo del salario fue de 13,5 % entre octubre de 2017 y mismo mes de 2018, según el índice del Indec. Las y los trabajadores no registrados y estatales, entre los más perjudicados.

La destrucción del empleo hizo su aporte para que la pobreza ascienda a 33,6 % de la población urbana. Octubre fue el séptimo mes de caída del empleo registrado, cuya reducción alcanzó a 120 mil personas en un año. De ellos, 70 mil son asalariados privados.

La desagradable sorpresa de que se vendrían nuevos tarifazos, concentrados en los primeros meses del año, y de los rumores sobre un nuevo intento por avanzar en la reforma laboral, terminó de dar inicio a un año que estará marcado por la agenda electoral.

Una frágil y peligrosa “paz cambiaria”

Pero también el inicio de año le dio al gobierno un alivio transitorio, al estabilizarse el tipo de cambio mayorista muy cerca de la franja inferior definida como “esquema de política monetaria”, que se eleva este año al ritmo de 2 % mensual. Este esquema se estableció luego del segundo acuerdo con el FMI, que “ajustó el ajuste” haciendo volar a Luis Caputo del Banco Central y elevando la tasa de interés al 70 %, lo que acompañó de la orden de aprobar un Presupuesto con “déficit primario cero”.

Desde octubre el dólar tendió a reducir su apreciación local, a costa de la liquidación del crédito y de aplicar una política monetaria muy restrictiva que absorbe permanentemente pesos de circulación. La contracara de ello es una nueva “bomba” de deuda cuasifiscal del Banco Central, pues la liquidación de las Lebac solicitada por el FMI no impidió la emisión de otro tipo de instrumentos financieros, comenzando por las Letras de Liquidez (Leliq) que definen la tasa de interés de referencia.

La disminución de la demanda de dólares no es el único elemento para esta “pax”. El ingreso de divisas que hizo el FMI entre octubre y diciembre por U$S 13.300 millones se complementa con aquél vinculado con las contradicciones de la economía global, en la que la perspectiva de desaceleración de China y Estados Unidos motivó a la Reserva Federal norteamericana a disminuir la intensidad de la suba de la tasa de interés en 2019 y 2020, lo que habría generado un reflujo tímido de capitales especulativos hacia países dependientes, según algunos analistas.

Asimismo, entre enero y marzo se espera un mayor ingreso de divisas proveniente de la cosecha. Pero también, la “tranquilidad” del capital financiero está apoyada en el hecho de que a finales del primer trimestre el FMI realizará un importante desembolso por el crédito stand by, de U$S 10.793 millones.

En este contexto, la perspectiva de que el dólar permanezca planchado por un par de meses y una tasa de interés sistemáticamente por encima de la también elevada inflación reanimó la especulación de corto plazo en la plaza financiera local. Así, parece estar de vuelta un ciclo de “carry trade”, en el que la batería de Letras y bonos de alto rendimiento lanzada por el Tesoro y el Banco Central superan el riesgo de devaluación. Ellos son especialmente los activos en pesos con “gatillo” frente a la inflación (ajustables por CER) y las Letras capitalizables (Lecap), entre otros.

Pero los desequilibrios y la vulnerabilidad de la economía argentina que ocasionaron las corridas el año pasado no sólo no se solucionaron, sino que se agudizaron en un contexto recesivo.

Con una inflación que sigue alta, la nueva estabilidad cambiaria engendra un atraso del tipo de cambio que siempre es motivo para que sectores empresariales pidan y presionen, como hacen los agroexportadores retrasando ventas, por una mayor devaluación. Esto podría significar un cimbronazo que disloque todo el precario esquema económico.

El fantasma de una nueva corrida podría alterar los ánimos ante cualquier desajuste local o del inestable escenario internacional, en el que si bien hay acercamientos transitorios y aparentes entre Estados Unidos y China, persisten fuertes tensiones comerciales y disputas geopolíticas que agregan nerviosismo en los mercados y que cada dos por tres se expresan en un derrumbe de las bolsas.

A las puertas de un default anunciado

La calma cambiaria de enero contrasta con la enorme incertidumbre sobre el próximo diciembre. No se trata sólo de saber quién tomará el mando en las elecciones presidenciales, sino de qué hará un gobierno burgués triunfante ante la serie de vencimientos de deuda impagables hacia el año siguiente. Tal es así, que los analistas ya discuten la necesidad de una renegociación de la deuda, que sólo puede traer más ajuste y carestía de vida a los trabajadores.

Los vencimientos de deuda pública para 2019 ascienden a U$S 58.720 millones, de los cuales el 24 % corresponden a intereses, en tanto que para 2020 vencen U$S 33.080 millones (un 37 % son intereses), según datos de la Secretaria de Finanzas.

Del acuerdo ampliado con el FMI por U$S 56.300 millones, ya se desembolsaron U$S 28.200 millones en 2018, y en lo que queda de 2019 se esperan desembolsos por U$S 22.554 millones. Entre 2020 y 2021 sólo restan cuotas por U$S 5.800 millones. El resto deberá conseguirlo el gobierno en la plaza local o seduciendo acreedores externos, con una prima muy alta y en un contexto poco favorable.

Por ello, tampoco se puede descartar que antes de diciembre ya puedan aparecer los problemas con el pago de los vencimientos, si el gobierno no logra la renovación de deuda de corto plazo. De allí que el gobierno haya debido salir a afirmar que no va a necesitar financiamiento externo y a presentar su "programa financiero" 2019-2020 para apaciguar las dudas.

Pero en el propio Presupuesto 2019 y en el memorándum del equipo técnico del FMI del segundo acuerdo ya se desprende la posibilidad de un default.

Rodrigo Álvarez de la consultora Analytica expone este posible derrotero: “la Argentina está sujeta a un nuevo set de condicionalidades que restan autonomía en el diseño de la política económica y acotan la discrecionalidad gane quien gane”. En ese marco, estima que se deberá encarar una administración de los pasivos para estirar los plazos, “sobre todo el repago del stand by del FMI”, aunque no está claro con qué base material podría un gobierno sentarse a negociar un acuerdo que mejore las condiciones.

Por ello mismo, las ilusiones que siembra el kirchnerismo respecto a que un gobierno de otro signo en sí mismo haría cambiar el rumbo económico del país sin romper con el Fondo Monetario y sin dejar de pagar la fraudulenta deuda externa son precisamente ilusiones. No hay posibilidad de renegociar con el FMI sin aceptar mayores exigencias de ajuste, ni posibilidad de resolver el problema de la deuda “pagando”. Sólo los servicios de deuda se llevan el 18 % del gasto presupuestado para 2019.

O se declara el no pago como parte de una serie de medidas para que la crisis la paguen sus responsables, es decir la clase capitalista y los especuladores, como el monopolio estatal del comercio exterior o la nacionalización de la banca con la conformación de una banca estatal única, o se continúa con la ejecución del programa de austeridad.

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2019: El “año de la exportación” o el año de cortar clavos para que nada vuele por los aires

El gobierno reconoce la necesidad de obtener dólares para hacer frente a los intereses de deuda acrecentados por el propio espiral de endeudamiento, y decidió decretar oficialmente al 2019 como el “año de la exportación”.

Sin embargo, la minúscula recuperación de la balanza comercial hacia el tercer trimestre de 2018 se debió más al desplome de la actividad económica que contrajo las importaciones, que a un impulso destacado de las exportaciones. Por el contrario, éstas retrocedieron en 200 millones de dólares en términos interanuales en dicho trimestre. El balance de comercio fue 1.100 millones de dólares más deficitario en los tres primeros trimestres del año pasado que en igual período del año anterior.

Aún si la cosecha de 2019 fuera exitosa, no sería suficiente para revertir la caída de la actividad, el consumo y especialmente la inversión. Por su parte, la fuga de capitales es un factor desestabilizante del balance de pagos que siempre fue muy alta en años electorales y que con el macrismo ha sido más elevada en 2018, incluso sin elecciones. Con una balanza comercial que no termina de equilirarse, la vía de la fuga abrupta de capitales también puede mover toda la estantería.

No obstante, los analistas del régimen muestran cierto optimismo con la posibilidad de que la economía se recupere a partir del segundo trimestre, bajo el impulso de la carrera electoral. Para que ello suceda se necesitaría un giro muy brusco de la realidad, bajo el signo de los datos que se conocen: industria y construcción cayendo al ritmo de 15 %.

Por su parte, otra carta con la que se espera cierto “viento de cola” positivo para la actividad del país es la perspectiva de crecimiento en Brasil, que si bien recortó su previsión, estima una variación de 2,4 % en 2019. Pero este resultado aún es incierto, viniendo de un virtual estancamiento de su economía creciendo al 1 % en 2017 y 2018 luego del hundimiento en 2015-2016.

De todas formas, no está claro cuál será el vínculo entre ambos países, luego de que el “super ministro” liberal y privatista de Jair Bolsonaro, Paulo Guedes, afirme que el Mercosur no será prioridad de su agenda de gobierno. Los cañones apuntan a la cumbre de presidentes el próximo 14 de enero, en el que Macri interrumpirá sus vacaciones para reunirse con el derechista Bolsonaro.

Pero el Banco Mundial echó nuevos paños fríos al asunto. En su reciente informe estima que la recesión será mucho más pronunciada que lo que el gobierno y los mercados vaticinan para 2019, en torno al 1,7 %. Junto con Venezuela, serán los únicos países de la región que tendrán resultados negativos.

De forma que, con la economía bajo el mando del FMI y con la utilización de la tasa de interés muy elevada como única herramienta de política, la verdadera apuesta del gobierno es esperar que nada altere el delicado equilibrio cambiario antes de las elecciones.

Una paradoja en la que resulta que, quienes más inestabilidad política le ocasionan al gobierno no son ni la “oposición” peronista, ni las cúpulas sindicales, ambos sus principales dadores de gobernabilidad, sino precisamente los supuestos mejores amigos del gobierno: los “mercados” (el capital financiero), capaces de impulsar corridas cambiarias y devaluaciones como las ya vistas en 2018, y poniendo sobre la mesa el temido indicador de “riesgo país”.

No es inevitable el “largo proceso de ajuste”: la necesidad de que irrumpa una fuerza social desde abajo para imponer otra salida

De “terminar con la inflación es fácil” y prometer “pobreza cero”, el gobierno de Macri transcurre su último año sumido en un rotundo fracaso. De allí que manifieste como un “logro” el hecho de no haber tenido una crisis política mayor y encaminarse a terminar su mandato en forma “ordenada”.

Si esto es así es precisamente por los grandes favores que obtuvo de los gobernadores peronistas que apoyaron todas las leyes de ajuste, y de la burocracia sindical, que ni siquiera intentó simular que luchaba más que con algún paro aislado y sin movilización para contener el descontento.

Los analistas económicos ratifican que el “proceso de ajuste va a ser largo”. De acuerdo a Álvarez, “el acuerdo con el FMI compró tiempo pero las dudas de mediano plazo persisten. Se resumen en la capacidad de generar ganancias de competitividad sin apelar a la devaluación y a la solvencia del sector público nacional en el mediano y largo plazo”.

En otras palabras, el gobierno no podrá ahora contar con la carta de la devaluación para transferir rentabilidad a los sectores concentrados de la economía y al conjunto de las patronales que contratan fuerza de trabajo abaratada, ya que necesita un dólar que se deprecie a un ritmo lento y constante como el esquema planteado. Por lo tanto, las “ganancias de competitividad” no son otra cosa que una nueva ofensiva por la reforma laboral, convenios de flexibilización y mayores ataques al pueblo trabajador, en la perspectiva de una deuda que tenderá a aumentar sin solución de continuidad.

Por ello, para tirar abajo este nuevo saqueo en curso, es necesario que una fuerza política independiente de los trabajadores imponga un serie de medidas de ruptura con el imperialismo y sus socios nacionales.







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