Cultura

A 45 AÑOS

Irlanda del Norte: el fatídico “Domingo Sangriento”

El 30 de septiembre de 1972 el Reino Unido asesinó a 14 manifestantes católicos desarmados en Irlanda del Norte que se movilizaron para protestar por los derechos civiles.

Sábado 4 de febrero de 2017 | Edición del día

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Una colonia inglesa

Durante ochocientos años. Irlanda fue una colonia en el más estricto sentido de la palabra: la isla fue repoblada a partir del siglo XVI por colonos escoceses e ingleses (los protestantes, que se adueñaron de las mejores tierras, mientras que los indígenas (los católicos), eran sometidos a un sistema de “apartheid”. No faltó ni la aniquilación de la cultura autóctona (solo 70.000 personas conservan hoy el uso de la lengua irlandesa, el gaélico). ni el genocidio: gracias a las represiones y a la miseria en que se mantenía a los indígenas, la población irlandesa es la única de Europa que ha disminuido desde la Edad Media; hoy día Irlanda tiene la mitad de habitantes que en 1800.

El relato comienza en la Edad Media, cuando a a partir de una serie de invasiones a la región Irlanda comienza a tener una identidad inglesa. Durante el reinado de Isabel, este país ya era un “problema”, los británicos se sostenían a espadazos en la costa, negociaban y reprimían, hacían la guerra y comerciaban con “bandas” irlandesas.

La historia de los ingleses en Irlanda nunca llegó a ser una de “absorción” ni de “integración”, como lograron hacerlo en la isla mayor, donde los escoceses y galeses se transformaron más o menos en británicos (con vueltas y autonomías, pero en serio). Los irlandeses siempre fueron de lealtad dudosa a la corona y esto lo percibió los próximos reyes como Enrique VIII que comenzó una política de reemplazo de población en este país y con una política de cero de tolerancia a las rebeliones. La misma fue continuada por el republicano Cromwell y por los Carlos, gobernantes con pocas luces pero dispuestos a derramar sangre. Este proceso de ocupación terminó con un curioso nombre, “Plantación”, y fue aún más cruel.

Las tierras se ocupaban con ingleses y escoceses de diferente condición social, pero protestantes, y los antiguos dueños morían, emigraban o pasaban a ser peonada. Así nació el exilio irlandés, que solo cesó en 1998. En algunos condados del Norte, los británicos llegaron a ser mayoría y con el tiempo se radicaron allíbvg la mayoría de las industrias. El resto del país vivió de crisis en crisis, de rebelión en rebelión, y acabó gobernado directamente desde Londres, como una colonia, al perder su Parlamento propio. La inmovilidad política hizo que tomara siglos algo tan simple como darles el voto a los católicos, la inmensa mayoría del país.

A mediados del siglo XIX, Irlanda estaba superpoblada (cinco millones de habitantes en una isla del tamaño de Entre Ríos) en un equilibrio inestable, quebrada políticamente y siempre al borde de la catástrofe social. Fue entonces que un hongo destruyó casi completamente la cosecha de papas del país. Fue el comienzo de la”Gran Hambruna”. A un siglo y medio de distancia, resulta difícil entender por qué un país entero sufrió una catástrofe indecible por perder una cosecha de un producto. La respuesta es que la papa era, literalmente, lo único que comían los campesinos que vivían en una economía donde lograban alquilar un terreno de veinte por veinte metros para cultivar sus papas y donde el único dinero que se veía era por la venta anual de un chancho. De hecho, del único chancho de la familia. Perder las papas fue perder todo. Por ese hecho murieron un millón y medio de personas. Otro millón y medio se fue del país, principalmente a Estado Unidos, pero también a Inglaterra, Australia, Argentina y reinos lejanos del Imperio Británico. Irlanda volvió a tener cinco millones de habitantes recién a fines del siglo XX.

Años de lucha contra la opresión inglesa

Dos años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, los nacionalistas irlandeses se alzaron en armas en Dublín. Duraron una semana, pero estrenaron la bandera tricolor, se inmolaron en una batalla perdida de antemano y proclamaron la República, “en nombre de Dios y de las generaciones muertas”.

Eran una mezcla rara de poetas, estudiosos del idioma irlandés, sindicalistas, nobles y proletarios, casi todos pero no todos católicos. El ejército británico los capturó, los juzgó como traidores a la patria en tiempos de guerra y comenzó a fusilar a los líderes. Grave error: Irlanda ama a sus mártires y aunque la abrumadora mayoría del pueblo estaba verde de bronca con los rebeldes, a todo el mundo le cayó torcido que los ingleses los fusilaran. Fue entonces que nació una belleza terrible.

En 1919, ya ganada la guerra, hubo elecciones y los rebeldes, bajo la bandera del partido “Sinn Fein”, ganaron barriendo a todos los partidos tradicionales, más “políticos”. En lugar de tomar sus bancas en Londres, se reunieron en Dublín, se proclamaron como el gobierno legítimo de la República de Irlanda y ordenaron a su brazo armado, el IRA (Ejército Revolucionario de Irlanda) que comenzara el combate contra el ocupante. Como contaban con un inesperado genio militar en el ministro Collins y como lograron unificar de una vez la fragmentada opinión pública, ganaron la batalla.

El gobierno británico cedió, negoció que Irlanda fuera un Estado Libre (ni República, ni Provincia, ni Dominio), los condados del Norte con mayoría protestantes seguirían siendo ingleses: los irlandeses votaron en un plebiscito tragarse la imposición y así nació esa entidad tan rara, Ulster, o más exactamente, Irlanda del Norte. Al Sur, en el flamante Estado, hubo una feroz y breve guerra civil. Al Norte, en la nueva colonia, se instauró un fuerte apartheid con una inestable paz..

La Fuerza Voluntaria del Ulster, UVF, un pequeño grupo de clase obrera protestante que quería luchar contra la “subversión católica”. El grupo emitió un comunicado detallando que los primeros blancos serían “cuadros conocidos del IRA”, pero el festival de matanzas siguió con un homeless alcohólico y católico, y con un chico de 18 años que volvía tarde de trabajar.

Durante la década del 60 múltiples marchas se dieron en ciudades como Claudy, Derry que fueron reprimidas por la Real Policía del Ulster (RUC). En 1971 dos hombres católicos fueron asesinados por el ejército británico. Los disturbios se intensificaron tras sus muertes. El ejército británico detuvo 342. Luego del primer soldado del Ulster Defense Regiment (UDR) fusilado por el IRA hubo más arrestos en los días y meses siguientes.

El verano es la época más cruel en el Ulster, ya que los protestantes festejan sus viejos triunfos del siglo XVII contra la nobleza católica con marchas provocativas, que por alguna razón siempre pasan por los barrios católicos. Ese año, comenzaron a llover ladrillos y molotovs sobre los estandartes naranjas de las marchas. Los unionistas (protestantes) se encontraron desbordados y la conducción del IRA se encontró con que los militantes jóvenes de Belfast ya no obedecían las moderadas órdenes de Dublín (capital de la Irlanda católica). La batalla estalló con muertos en Derry y Belfast, donde los extremistas protestantes atacaron abiertamente los barrios católicos, protegidos por la policía. Los jóvenes militantes del IRA salieron a la calle a defenderlos con lo que tenían a mano. En agosto, el gobierno capituló y pidió a Londres que enviara al ejército. Los protestantes comenzaron a armarse. Y el IRA comenzó un debate interno que resonaría en Irlanda por décadas.

A partir de las bajas militares, las decenas de bombas, los muchos asesinatos selectivos, el constante desorden, las batallas callejeras y las huelgas, tanto católicas como protestantes, el 7 agosto de 1971 el ejército inglés desembarcó en la zona con múltiples efectivos. Ese día en la madrugada se realizaron las primeras razzias en los barrios católicos, con tropas armadas hasta los dientes y con listas de sospechosos a detener sin cargos ni jueces. La operación resultó un una batalla campal y en pocas horas había 15 muertos y 342 detenidos, doce de los cuales fueron torturados por una semana en una base de la fuerza Aérea en Ballykelly.

La operación fue un fracaso. Hubo un escándalo en Gran Bretaña por las torturas. El Consejo Militar del IRA dio una conferencia de prensa para mostrar que seguía libre y operando, y la venganza terminó con el saldo de 32 militares ingleses muertos. La espiral de violencia empeoró, con ambos bandos poniendo bombas en bares y locales comerciales, con una alarmante cantidad de niños y hasta bebés muertos. El año 1971 terminaba con un baño de sangre.

El Domingo Sangriento

Derry, la segunda ciudad de Ulster llamada Londonberry por los protestantes, se había salvado de lo peor. Los moderados todavía marcaban el tono. Por eso no llamó la atención que los militantes por los derechos civiles llamaran a una marcha protestando por las “internaciones” para el 30 de enero de 1972. Las concentraciones estaban prohibidas, pero el jefe de policía Frank Logan aconsejó autorizar el acto. Por razones que nunca se revelaron Robert Ford, supremo comandante militar británico, ordenó que el ejército frenara la marcha. La decisión había sido tomada al más alto nivel político.

Ese domingo, varios cientos de jóvenes se reunieron en el barrio católico de Bogside para escuchar a los oradores en la “Esquina Libre” de Derry, en el corazón de la zona nacionalista. Todo iba en paz hasta que poco antes de las cuatro de la tarde llegaron diez autos blindados, los notorios “sarracenos”, con “paracaidistas” provocadores. Las tropas bajaron de sus coches, se desplegaron en orden cerrado e inmediatamente balearon a un señor que pasaba por ahí casualmente, que moriría meses después de sus graves heridas. Uno de los “sarracenos” provocadores atropelló a otro hombre y sus conductores se bajaron de un salto, le pusieron los pies encima y lo fusilaron a quemarropa, tirado en el piso.

Esto fue como una señal: las tropas empezaron a disparar con sus armas automáticas para todos lados, desatando un pánico general y ametrallando las casas. La gente comenzó a correr, pero otro regimiento –con el peculiar nombre de Royal Anglicans- había tomado posición atrás y también abrió fuego. Hubo muertos por los francotiradores, hubo muertos por la ráfagas tiradas al voleo y hubo fusilados de rodillas, con las manos en la nuca y frente a testigos. El milagro fue que hubiera solo trece muertos (catorce con el que murió unos meses después).

La masacre rompió toda posibilidad de que el conflicto del Ulster pudiera ser mediado por Londres, que pasó a ser un actor desorientado, descontrolado y torpe por los siguientes 25 años. Después del Domingo Sangriento (Bloody Sunday), el ejército británico se encontró como en un Vietnam interminable y de entrecasa, atacado por los provisionales (católicos) y despreciado por “blando” por los protestantes. Lo que era un problema político terminó en una mezcla de guerra de liberación imposible de ganar, conflicto étnico y simple batalla territorial entre bandas. Irlanda del Norte pasó a ser sinónimo de bombas, huelgas de hambre, crueldades y arbitrariedades, famosa por invenciones como el “auto-bomba”, que debutó en las calles de Belfast en la década del setenta.

En 1995 la situación mundial era otra y pese a las furiosas protestas de Londres, Gerry Adams, notorio líder del frente político del IRA Provisional y del resucitado partido “Sinn Fein” fue invitado a la Casa Blanca por Bill Clinton en el día de San Patricio. El mismo Adams, que doce años después, es un factor de poder en Belfast y el que piloteó una de las negociaciones de paz más ricas en sabotajes, escisiones y agachadas de la historia humana.

En 1997, a veinticinco años de la inexplicable masacre del Domingo Sangriento, el proceso de paz estaba ganando fuerza y el entonces gobierno de Tony Blair admitía en una nueva investigación que si bien era cierto que algunos manifestantes estaban armados, el ejército había abierto fuego sin provocación. Una comisión llena de lores publicará las conclusiones de cientos de testimonios, y con la promesa de nombrar a los responsables.







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