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Jamás imaginaron

Facundo Aguirre nos habla de Stalingrado, el año 42, las mujeres y los hombres que un buen día se encontraron en el centro mismo de una de las batallas más importantes del siglo XX.

Facundo Aguirre

IG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Sábado 28 de septiembre | 00:00

El violinista Mijail Goldstein

jamás imagino tocar

entre hierros retorcidos,

escombro,

tanques destruidos,

huesos de caballos descarnados,

cadáveres congelados,

partes humanas aquí y allá,

la tierra hundida por los obuses,

nieve blanca rojiza

siempre la sangre en algún lado

tiñéndola.

La Navidad de 1942

en Stalingrado.

Goldstein

tocaría su violín

para los combatientes

del 62ª Ejercito.

Ese día,

solo ese día,

los disparos cesaron.

Los soldados alemanes,

que poco antes habían colgado

al zapatero remendón

del VI Ejercito alemán

Sacha Filipov,

de 15 años,

por espía ruso

(su madre inmóvil frente

a los pies del pequeño

Sacha colgado de un farol.

Jamás imagino

Ese final para su niño),

pidieron desde sus trincheras

“tocá a Bach,

por favor”

y Goldstein interpreto Gavette,

y ese día,

solo ese día,

era la paz un recreo.

No lejos de allí

el teniente alemán Hans Oettl

comía un gulash

con abundante carne de perro

celebrando el Año nuevo.

Jamás imagino que aquello

seria un manjar.

La rubia Tania Chernova

educada en Moscú,

jamás imagino,

que se desnudaría

frente al pastor Vasili Zaitsev

(que jamás se imagino

tocar una rubia como Tania)

un francotirador

por el cual los alemanes

sacrificaron al aristocrático

Mayor König

(que jamás imagino

su final

con una bala entre los ojos

de manos de un

campesino de las estepas).

Y en ese instante,

solo en ese instante,

Tania y Vasili,

tenían paz.

Y el general Chuicov,

defensor de Stalingrado,

(que jamás se imaginó,

estar cerca de la victoria)

bebía vodka con sus camaradas

para celebrar el fin del sitio y la

pronta derrota alemana,

mientras el general Yeremenko

lloraba amargamente

porque le birlaban

descaradamente la victoria de sus manos

al haber sido desplazado

del mando del 62º Ejercito.

Jamás se hubiera imaginado

terrible golpe por parte de Stalin

(¡que ingenuo!).

Y el general Von Paulus

(quien imaginaba la victoria en navidad

y ahora presentía la derrota),

esperaba el socorro

del Vº Ejercito Panzer

del “papá” Hoth,

mientras se quejaba

porque Hitler

había condenado a su Ejercito

a la destrucción

por un capricho.

Los Panzers se quedaban

atascados en la nieve

entre el vuelo de los cuervos

y el fuego de los T 34

porque las ratas

comían los cables internos

de la tenebrosa maquina

orgullo

de la blitzkrieg

(ratas de la estepa

jamás imaginaron

el sabor

de la técnica

alemana).







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