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José Saramago: El mundo dislocado

Este 16 de noviembre el escritor y premio Nobel portugués José Saramago hubiera cumplido 92 años. Hace unos días la editorial Alfaguara acaba de publicar “Alabardas”, la novela que dejara inconclusa tras su muerte en 2010. Aprovechamos estos dos acontecimientos para hacer un breve repaso por su obra y su vida, atravesada, de un modo particular, por el compromiso con los momentos históricos que le tocaron vivir.

Luis Bel

@tumbacarnero

Viernes 21 de noviembre de 2014 | Edición del día

Un hombre queda ciego y luego otro, y otro hasta que una epidemia de ceguera comienza a atacar a toda la población, salvo a una mujer. Una porción de continente se quiebra y la Península Ibérica se desprende del Viejo Continente comenzando a navegar como una gran balsa con rumbo sur. Un gigantesco Centro Comercial se devora lentamente a la ciudad que lo rodea y junto con ella, a sus habitantes y a sus modos de producción. Por casualidad, un hombre descubre que sólo somos una mala copia de nosotros mismos. La muerte se declara en huelga general y no acata la conciliación obligatoria.

Con cada libro, con cada mundo, Saramago parece intentar que el lector se dé cuenta de que el sitio adonde está sentado (como en su magistral cuento “La silla” adonde metaforiza la caída de la dictadura de Salazar), no es tan firme como parece. Hay un gusano carcomiendo una de las patas y el mundo “seguro” en el que parece despertar un tercio de la población mundial, no es tal, es tan sólo una ilusión. Así, el autor portugués sacude la alfombra de lo que el sistema y sus ideólogos naturalizan y comienza a aparecer lo que estaba escondido debajo de ésta, allí nomás, bajo nuestros pies.

Como todo premio Nobel, los pormenores de su biografía son bastante conocidos, pero he aquí un obligado repaso. Nacido en 1922 en Azinagha, un pequeño pueblito al norte de Lisboa, hijo de una pareja de campesinos de humilde condición económica, estudió en su adolescencia en una escuela técnica, trabajó en un taller metalúrgico, se desempeñó en la administración pública, como editor, traductor y en algunos otros empleos relacionados con lo que finalmente ocuparía la mayor parte de las horas de su vida: la literatura.

Saramago no fue el típico escritor perteneciente a una elite ilustrada, ni un intelectual académico. Su primera relación con los libros se dio durante su estadía en la escuela técnica, adonde se estudiaba la lengua francesa y a los clásicos, y continuaría con nocturnas visitas del autor a la biblioteca pública de Lisboa.

A los 22 años comienza a escribir su primera novela, Tierra de Pecado, que sin pena ni gloria se publicara en 1947. En esos años también escribió Claraboya (novela que se editaría recién en 2012 después del “boom” editorial tras su muerte) y parte de su obra poética la cual no ha tenido tanta relevancia como la novelística.

Con su célebre declaración: “… cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar”, Saramago sella un período de 20 años de “silencio literario”. En 1966 publica “Los poemas posibles” que marca de cierto modo su regreso, pero es recién en 1980 con su novela “Levantado del suelo”, donde se narran las penurias de los campesinos portugueses mientras se suceden los hechos de la denominada “Revolución de los claveles” (de la cual formó parte), que culminaría con la caída de Salazar, que Saramago comienza a ganar reconocimiento a nivel mundial. Es por esto, que muchos clasifican al portugués como un escritor tardío (lo cual deja cierta esperanza a aquellos que alguna vez intentamos esbozar algunos borradores).

A partir de ese momento, será un autor prolífero que no dejará de publicar y escribir hasta el momento de su muerte dejando una vasta obra que abarcará casi todos los géneros.

El universo literario saramaguiano toca temas universales y los actualiza desde la particular visión de un hombre que ha crecido en la campiña y en la escasez. Las parábolas que utiliza para indagar sobre los diferentes tópicos que aborda están teñidas, por un lado, por lo que fue su compromiso con ciertas problemáticas sociales y políticas, y por otro, por una simpleza que puede ser sólo comparable con la belleza con que son tratadas y que le valió el premio Nobel en 1998.

Ya sea cuestionando (a su modo) la democracia burguesa en “Ensayo sobre la ceguera” (1995) y “Ensayo sobre la lucidez” (2004), ésta última sin dudas atravesada por las masivas movilizaciones y manifestaciones realizadas en todo el mundo contra el comienzo de la guerra de Irak. Poniendo sobre el tapete la visión sobre sí mismos de los ibéricos, de ellos sobre “el sur” y de Europa sobre ellos en “La balsa de piedra” o utilizando a Platón para confeccionar una metáfora del consumismo en que estamos sumergidos en “La caverna”.

Ateo confeso, su novela “El evangelio según Jesucristo” (1991), adonde se muestra a un “hijo de Dios” más humano y más propenso a quedarse en la cama con María Magdalena que a cumplir su divino destino de lavar a la humanidad de sus pecados, le costó que Portugal vetara la presentación de ésta al Premio Literario Europeo. El libro despertó tal polémica que el autor decidió mudarse a Lanzarote, una pequeña isla que forma parte del archipiélago de Las Canarias donde residiría el resto de su vida con su compañera Pilar del Río. No sería la última vez que se metería con la iglesia, su última novela publicada en vida, “Caín” (2010), cuestiona la visión del bien y el mal que se impone desde las instituciones religiosas.

Como en un intempestivo guión cinematográfico, los “puntos de giro” en las novelas de Saramago ponen el mundo patas para arriba, y así como lleva a los personajes a sacudirse la modorra y a olvidarse del rutinario papel en que se encontraban inmersos, lo mismo realiza con el lector:es imposible no sentir cierta incomodidad al atravesar su lectura o, al menos, acomodarse varias veces en el sillón antes de cerrar sus tapas.

Con la reciente publicación de “Alabardas” (de la cual Saramago alcanzó a escribir tan sólo tres capítulos), en una edición de lujo con ilustraciones de Günter Grass (Premio Nobel de Literatura 1999), se cierra el círculo literario que empezara en 1947 con aquella lejana y olvidada primera novela.“Alabardas” conlleva una visión crítica a la industria armamentista y al tráfico de armas. Junto a esta obra inconclusa se agregan notas que dejó el autor en sus últimos días donde nos revela, en parte, los procesos de producción artísticos y de escritura de lo que fue el trabajo de casi toda una vida.

Más allá de su compromiso, el “comunista hormonal” (como se autodefinió en una extensa entrevista que le realizara Le Monde Diplomatique en 2003) dejó como legado una prosa con un estilo único, plena de una musicalidad que la hermana con la poesía.







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