Juventud

NUESTRAS VIDAS VALEN MÁS QUE SUS GANANCIAS

Juventud precarizada: cuando el tiempo y el sueldo no alcanzan para estudiar

Desde los 16 Tatiana trabajó en Mcdonald's, un call center, Farmacity y otros lugares que la dejaron “rota”. No se resigna y pelea por una vida que merezca ser vivida. Hoy dice que "nuestras vidas valen más que sus ganancias".

Juana Galarraga

@Juana_Galarraga

Luigi Morris

@LuigiWMorris

Domingo 21 de mayo de 2017 | 11:33

“Lo que pasó fue que no se entendieron muchos procesos que llevamos a cabo. No pudimos hacerle ver al conjunto de la sociedad que su mejor posición económica era parte de ese proceso. Y esos jóvenes de veintipico que entraron a trabajar a las fábricas creyeron que era un mérito propio".

Con esas palabras Cristina Fernández de Kirchner, responsabilizó del triunfo de Cambiemos a los jóvenes de "veintipico". Pero ¿Qué proceso habrá vivido la juventud que según ella "no entendió"? Tatiana es parte de esa generación. Nació en el conurbano, en San Martín, donde pasó la mayor parte de su vida. Desde su primer empleo en 2010 entró en un “proceso” de acumulación de trabajos precarios.

“Para mi estos últimos 7 años fueron sinónimo de tener los peores trabajos por dos mangos”, denuncia Tati. Al igual que millones, es explotada en trabajos donde le roban horas que podría destinar a estudiar, a disfrutar la vida.

Mérito propio

En 2010, cuando Tati tenía 16 años, las escuelas públicas de la Ciudad de Buenos Aires fueron tomadas por los estudiantes porque se caían a pedazos. Su escuela, el Normal 10, no estaba tan mal, pero decidieron tomarla igual en solidaridad. Ella llegaba a la tardecita y se quedaba a dormir en la toma con el uniforme de trabajo puesto.

Camino a la toma se topaba con escuelas privadas de cuotas impagables, con nombres en inglés. Los estudiantes de los colegios de la zona, iban a su trabajo a la hora del almuerzo. Ella los recibía desde el otro lado del mostrador en un Mc Donald’s, en El Solar Shopping del barrio Las Cañitas. Todos los días atendía a pibes que tenían la tarde libre para pasar el tiempo con sus amigos y divertirse, pero su realidad era otra.

Su vieja, a pesar de ser jubilada, seguía trabajando. Cuidaba a una mujer con Alzheimer y no podía bancar la casa. La situación económica familiar la empujó a buscar trabajo, incluso antes de terminar el secundario. La primera puerta que cruzó para entregar un CV, fue la del Mc Donald’s.

Hoy tiene 23 años. Lee a Cortázar, escribe poesía, ama la fotografía y espera algún día poder comprarse una buena cámara. Escucha Divididos, La Vela y Cielo Razzo entre otras bandas. Extraña ir al cine ya que sus horarios no se lo permiten. Intenta no aflojar con sus estudios en la UBA mientras trabaja ocho horas como administrativa en una universidad privada.

Su experiencia en tomas y organización en el movimiento estudiantil, la llevó a conocer al PTS, partido en el cual lleva seis años de militancia. A su edad ya cuenta con experiencia en muchos empleos precarios que le dejaron consecuencias físicas irreversibles: cuatro discos de la columna deshidratados y escoliosis.

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Entre malabares para llegar a fin de mes y con pocas horas de sueño, no se resigna y se entusiasma con la campaña que impulsa su partido, encabezado por Nicolás del Caño y Myriam Bregman, “nuestras vidas valen más que sus ganancias”.

La caja infeliz

En 2016 Macri anunció con bombos y platillos el “Plan de Primer Empleo”, con el que subsidia a la multinacional McDonald’s. La empresa emblema del imperialismo yanqui, podría contratar así pibes y pibas a partir de los 16 años, por una remuneración de $ 4.500 al mes.

La mayoría son jóvenes que buscan meterse en el mercado laboral. A diferencia de muchos lugares, la multinacional no exige experiencia previa, por lo que muchos la consideran como una buena primera punta para empezar.

Entrar a McDonald’s es fácil, lo difícil es aguantar. Tatiana conoce muy bien lo que pasa allí, un panorama que pese al paso de los años no se modificó en lo más mínimo. Los días de semana iba al colegio y trabajaba cuatro horas y los fines de semana tenía que hacer seis, el máximo permitido por ser menor de edad. "El ritmo era frenético, si tenías faltante de plata en la caja te suspendían y ganabas menos esa semana. Hacía de todo, desde cobrar hasta limpiar el salón y el baño. Te re negrean”, grafica.

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McDonald’s es una empresa conocida entre otras cosas, por la elección del empleado del mes. La incitación a la competencia entre compañeros de trabajo es constante. El que atiende más rápido a los clientes o limpia mejor el salón, recibe premios: una hamburguesa más completa de lo normal o con suerte, un helado. Tati recuerda que ellos, que mantenían ese lugar en orden y presentable, no podían sentarse en las mesas del lobby a comer. A diferencia del personal jerárquico, los demás empleados de McDonald’s tenían que comer escondidos, abajo.

Los subsidios de Macri llegaron el año pasado, pero Tati es testigo de que incluso en la llamada “década ganada” del kirchnerismo, McDonald’s siempre hizo lo que quiso a costa de la vida de los jóvenes. “Me jodía trabajar los fines de semana, los feriados y las fiestas. Tener horarios rotativos, francos rotativos, cambiaba todo cada 15 días" cuenta.

Tati aguantó once meses. Soportó todo lo que pudo para aportar un ingreso más a su casa. Hasta que el cansancio se transformó en angustia. Salía del colegio a las 13 y la sola idea de entrar a trabajar a la sucursal de las sorpresas y la cajita feliz le provocaba el llanto. "Un día mi vieja me vio así y me pidió que renuncie”, recuerda.

Llamadas perdidas

Apenas terminado el secundario, salió a patear a la calle y mandar CV. Por la zona de Cabildo y Juramento se encontró con un típico trabajo informal y precario: vendedora de ropa. A cambio de un sueldo básico muy pobre, comisiones bajas y fines de semana adentro, pasaba nueve horas parada tratando de vender a toda costa. Ella, al igual que el resto de las vendedoras, apenas encontraban algo mejor se fueron yendo.

Había iniciado el CBC para la carrera de Sociología en la UBA. Lo iba haciendo de a poco, mientras le daban los tiempos. En la búsqueda de algo en blanco y de menos horas que le diera más aire para estudiar, terminó en un call center. Se trataba de una consultora que hacía encuestas de “satisfacción e investigación de mercado”.
“Al menos no es ventas", pensó. Todos los que pasan por el mundo de los call, saben que zafar de ventas, reclamos y cobro de moratorias es clave.

“Ahí trabajé dos años. Era a destajo, cobrábamos por encuesta. Si no había campaña te ‘freezaban’ durante semanas”, cuenta. Estar "freezado" implica que durante cierto período un empleado no trabaja ni cobra salario. Tati nunca sabía con exactitud cuánta plata recibiría a fin de mes. Según cuenta, la patronal usaba la amenaza del freezado para exigir más productividad. "Los pibes nuevos teníamos miedo de organizarnos, sabías que te podían congelar en cualquier momento”, reflexiona.

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En un call center se trabaja sentado ante una computadora, con la vincha permanentemente colgada en los oídos. Frente al micrófono, las voces agotadas de los laburantes que se quieren ir, hablan sin descanso. Cuerdas vocales inflamadas, nódulos vocales, disfonía, son las consecuencias inevitables.

Seis horas en un trabajo así es mucho. A veces sacrificaba la hora de descanso para poder seguir llamando. Como el trabajo era a destajo, largar la compu un rato, salir a fumar un pucho, demorar en el baño o respetar la hora de descanso, significaba perder plata.

“Los dos años de trabajo en el call me arruinaron la audición, la garganta, me empeoraron la vista. Usábamos computadoras re viejas. Vivía con jaquecas, tenía ataques de nervios y ansiedad. No era algo que me pasaba a mi nada más, nos afectaba a varios. Después de un año ya no querés saber nada, te rompe. También era común la tendinitis porque tenías que llenar los campos de los formularios mientras hablabas con la gente”, recuerda.

“Está bien, fumate un pucho afuera, quedate un rato y volvé”, era la respuesta del personal jerárquico ante un ataque de pánico. “Me fui. No me daba más la cabeza", relata.

Atender una universidad y no poder estudiar

Después de los dos años en el call consiguió otro trabajo de encuestadora en la calle. El trabajo a la intemperie y también a destajo le duró poco. Una de sus compañeras le comentó que estaban tomando gente en Farmacity. Decidió llenar el currículum de la página web de la empresa de Mario Quintana, el actual secretario coordinador de Políticas Públicas del Gobierno de Macri.

Al igual que en el Call, pensó que conseguir otro trabajo en blanco significaba “pegarla”. Luego del período de entrenamiento en un local del centro, enviaron a Tati y sus compañeros a uno nuevo en Vicente López, que tuvieron que armar desde cero. Mientras lo armaban, Farmacity intentaba inculcarles cierto sentimiento de pertenencia: "Este local es suyo, es su casa" les decían.

Mientras tanto, en la "casa" no les garantizaban las más mínimas condiciones para que la estadía fuera confortable. A pesar de que los trabajadores de Farmacity habían conseguido con su lucha, tener delegados, fajas para la cintura o cobrar sentados, la empresa aprovechó los nuevos locales para borrar todas estas conquistas.

A través de conocidos, se enteró de otra posibilidad laboral. Así empezó hace dos años en su trabajo actual como administrativa en la oficina de informes de una universidad privada, de lunes a viernes y sábado de por medio, por un sueldo de $ 12.000.

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“Soy la primera persona que ves cuando entrás en la universidad. Hago de todo, atención al público, contesto el teléfono, respondo mails de estudiantes y docentes. Me ocupo del detrás de escena que es administrativo y educativo. Notas de finales, informes para el Ministerio de Educación, eventos, llevar cartas al Ministerio, mesa de entrada. Ocho horas sin descanso, salgo bastante quemada. No tener descanso pesa. Entro a las tres de la tarde y recién a las siete cuando baja el laburo, puedo fumarme un pucho durante cinco minutos y volver”, relata Tati.

Otra vez le toca recibir en un mostrador a pibes de su edad que acceden a algo que a ella le es negado. Las ocho horas diarias en la recepción de la universidad, más las extras o las coberturas de otros turnos, la obligaron a dejar de lado el plan de seguir con sus estudios, aunque fuera de a pocas materias.

El tiempo que Tatiana tiene para estudiar es ínfimo. Antes de dejar la carrera se la rebuscaba aprovechando los tiempos muertos o comía con las fotocopias al lado. Actualmente sale del laburo a las 23. A las ocho horas de trabajo hay que sumarle la espera del bondi, el viaje, la cena. Levantarse a las 7 para estudiar es difícil.

Las estadísticas de la deserción en la UBA son fuertes. Tres de cuatro estudiantes no terminan la carrera, ya sea por las jornadas extenuantes de trabajo o porque no tienen recursos para bancarse la cursada. Tatiana, mientras espera que los jefes le cumplan la promesa de pasarla al turno mañana, se dice a sí misma que no quiere abandonar el estudio y tiene pensado retomar el cuatrimestre que viene aunque ya hace cálculos para ver si se lo va a poder bancar económicamente.

Actualmente vive con una compañera de su partido en Capital por estudio, trabajo y militancia. El costo del alquiler es elevado. Los tarifazos no ayudan y mientras todo aumenta, a mitad de mes ya no tienen más plata. Ella sabe que si quiere salir o ir a un recital, tiene que tarjetear y ajustarse al mes siguiente. Pero pensar en salidas, es pensar en lujos. “Para recortar gastos hay días que no almorzás”, detalla.

Su situación, con el Gobierno de Cambiemos empeoró. Pero no es muy diferente a lo que le tocó vivir a lo largo de todo el "proceso" previo. “La década ganada para los jóvenes mucho no existió, por lo que me tocó a mí pero también a mis amigos, nos cuesta muchísimo conseguir laburo. Te metés en esas páginas tipo Computrabajo pero por más que mandes 100 currículum no te llaman, piden cosas difíciles de cumplir y encima es por dos mangos”, afirma.

El sueño de las pibas

Camino al laburo, Tatiana pasa por avenida Corrientes. Prefiere no mirar los teatros, las librerías y pizzerías. Pocas de estas cosas están a su alcance. No tiene suficiente tiempo ni plata. Con un paso veloz, aprovecha los últimos minutos antes de llegar al trabajo para charlar por WhatsApp, antes de que la huella de su dedo índice se estampe contra el inicio de la jornada laboral en la universidad.

Para ella, el tiempo es el bien más preciado. Le jode no poder utilizarlo para compartir con amigas, dormir un poco más, alimentarse mejor, estudiar sin tener la cabeza quemada o tirarse un rato en un parque a relajar.

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Resignarse no está entre sus opciones. Desde los 16, cuando le tocó tomar su escuela por una mejor educación, sabe que hay cosas que solo se consiguen si se pelea. Tatiana hace malabares para que el tiempo le alcance, pero se las arregla para pelear por sus derechos y los del resto de los trabajadores. Una vez le tocó trabajar con un esguince en el pie. La madrugada previa se había accidentado cuando bancaba a los despedidos de Lear en un piquete sobre Panamericana.

Hoy piensa en todos los laburos que tuvo, en el dolor de espalda y cuello, en los viajes como ganado en el transporte público. ¿Qué sentido tiene resignarse a vivir así? No quiere esta vida para ella ni para nadie.

Piensa que la campaña de trabajar seis horas, cinco días a la semana, sirve para cuestionar la vida que un puñado de capitalistas y sus socios políticos (del color que sean) le imponen a la juventud bajo este sistema. “Para mí no es una mera consigna, es algo que me llega y lo vivo, es la diferencia entre tener la espalda rota y no, entre tener tiempo para estudiar, para el arte, para disfrutar de la vida y no. Tener más tiempo, una mejor calidad de vida, es el sueño de las pibas”.







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