Cultura

HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO ARGENTINO // TRIBUNA ABIERTA

La Semana Trágica de 1919: huelga, lucha y represión (Parte II)

La huelga de los metalúrgicos de los Talleres Vasena que comenzó en diciembre, la posterior represión y resistencia, que pasó a la historia como la “Semana Trágica”, fue uno de esos heroicos hitos de la clase obrera que nos ha dejado muchas enseñanzas. No sólo se reclamó y se luchó por los derechos de los trabajadores, sino que no se dudó en enfrentar a las fuerzas policiales, al Ejército y a la Liga Patriótica, en una clara muestra de autodefensa de clase. Mañana la III y última parte.

Jueves 17 de diciembre de 2015 | Edición del día

Represión y resistencia

El 7 de enero de 1919, por la tarde, 6 chatas que salían de los depósitos eran seguidas por gran número de huelguistas, quienes acompañados de sus mujeres y de sus hijos reclamaban a los carreros que abandonaron su papel de rompehuelgas. “La caravana pasó frente a la escuela situada en la esquina de Alcorta y Pepirí, donde desde algunos días antes habían quedado acantonados veinte bomberos armados y diez ‘cosacos’ de la guardia de seguridad. Se inició entonces un violento tiroteo, de origen incierto –ya que huelguistas y uniformados se achacaron mutuamente la agresión–, que duró más de una hora. La llegada de tropas de refuerzo que establecieron una línea de tiradores de seis cuadras y patrullaron intensamente toda la zona puso fin al incidente. Un obrero apareció muerto a sablazos en medio de la calle y otros cuatro fueron víctimas de los disparos –algunos en el interior de su propia casa–; entre veinte y cuarenta heridos escaparon con vida y no hubo detenciones. Las fuerzas armadas no registraron más que un herido leve”[1] .

Estos hechos provocaron en los medios obreros una enorme indignación, que la prensa anarquista de La Protesta se encargó de divulgar haciendo un llamado a los trabajadores “Sin falta, trabajadores, vengad este crimen. Dinamita hace falta ahora más que nunca. Esto no puede quedar en silencio. ¡No! Y mil veces ¡No! El pueblo no se ha de dejar matar como mansa bestia. Incendiad, destruid sin miramientos obreros; ¡Vengaos, hermanos! El crimen de las fuerzas policiales embriagadas por el gobierno y por Vasena clama el estallido revolucionario. Espantemos las gallinas, camaradas, y manos a la obra…”[2].

Alfredo Vasena “se dignó a reunirse con los delegados gremiales en el Departamento de Policía y les ofreció la reducción de la jornada laboral a 9 horas, un 12 % de aumento de jornales y admisión de cuantos quisieran trabajar. Como la reunión se hizo larga, se decidió continuarla al día siguiente en la propia fábrica. Los obreros llegaron puntualmente a las diez, pero don Vasena se negó a reunirse argumentando que entre los delegados había activistas que no pertenecían a su plantel”[3].

Los obreros armados de cierta paciencia conformaron otra delegación que presentó el pliego de condiciones de los huelguistas. Vasena prometió contestar al día siguiente y, a pedido de los obreros, ordenó que dejaran de circular las chatas de transportes. Pero los hechos se iban a precipitar.

Parte de la jornada del 9 de enero quedó reflejada en La Prensa, en una crónica que planteaba que “todas las organizaciones obreras manifestaron su protesta. La Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos fue más lejos, proclamando la huelga general, y lo mismo hicieron al otro día la FORA (Vº Congreso) y muchas federaciones de oficio. Los piquetes que recorrieron las calles en la mañana del 9 terminaron por imponerla a toda la ciudad. Los comercios y las fábricas cerraron sus puertas, el tráfico fue suspendido totalmente, y en medio de la curiosidad y la sorpresa del vecindario recorrieron las calles, enarbolando banderas rojas y negras, las comisiones de huelguistas”[4].

Según las crónicas periodísticas, “las delegaciones gremiales y una enorme multitud, en la que abundaban las mujeres y los niños, se iba reuniendo alrededor de los locales donde eran veladas las víctimas: el de los metalúrgicos, en Av. Alcorta, y el centro socialista de la calle Loria. Hacia la una de la tarde, el enorme cortejo –estimado por fuentes obreras en 200.000 personas– se puso lentamente en movimiento tras los ataúdes, conducidos a pulso y cubiertos por banderas rojas. Una vanguardia de 150 hombres, formaban la ‘autodefensa obrera’, iban armados con revólveres y carabinas.

“Al acercarse a los talleres de Vasena los disparos que desde allí se realizaban provocaron corridas y escenas de pánico entre los manifestantes, exacerbando la excitación general. Mientras algunos grupos se desprendían, otros se sumaban a los que desde la mañana sitiaban los talleres y se tiroteaban con sus ocupantes. El resto siguió la marcha, uniéndose con los que esperaban el paso de la columna de la calle Loria. La creciente agitación de los manifestantes se iba transmitiendo a los barrios que atravesaban en su largo trayecto hacia la Chacarita. Numerosos incidentes, tiros, alarmas y corridas, mantenían la tensión y fragmentaban la marcha. Los grupos más exaltados se armaban saqueando las armerías, otros prendían fuego a los tranvías abandonados en las calles.

“Al pasar por Corrientes y Yatay estalló un nuevo tiroteo: algunos señalaron que los disparos provenían del colegio anexo a la iglesia ubicada en esa cuadra. Entonces la muchedumbre, dando muestras en sus exteriorizaciones de gritos y ademanes de gran irritación, prendía fuego a un colegio y parte de la capilla. Otros que habían conseguido penetrar en el interior, arrojaban al aire las imágenes hechas pedazos y cuantos objetos de uso religioso o privado encontraban a su paso. Los sacerdotes que ocupaban el establecimiento se defendían entretanto del asalto y, parapetados adonde aún no habían llegado los asaltantes, hacían fuego contra estos y contra los que pretendían continuar perpetrando en el local”[5].

La llegada de una dotación de bomberos, que desde las ventanas del edificio hicieron cerradas descargas sobre la multitud, terminó por dispersarla produciendo numerosas víctimas. El resto de la columna –que ocupaba aún tres cuadras– continuaba su accidentado recorrido desbordante de furia, incendiando coches y tranvías, un camión de bomberos y los vagones de un tren que intentó cortar su paso.

Aproximadamente a las 17 horas, la interminable columna obrera llegó a la Chacarita, la gente se fue acomodando como pudo entre las tumbas. Y se encontraron con un destacamento del Ejército y gran cantidad de policías. Comenzaron los discursos. En primera fila estaban los familiares de los asesinados. Madres, padres, hijos, hermanos desconsolados. Mientras hablaba el dirigente Luis Bernard, surgieron abruptamente detrás de los muros del cementerio miembros de la policía y del ejército que comenzaron a disparar sobre la multitud. Era una emboscada. La gente buscó refugio donde pudo, pero fueron muchos los muertos y los heridos. Los sobrevivientes fueron empujados a sablazos y culatazos hacia la salida del cementerio. Según los diarios, hubo 12 muertos y casi doscientos heridos. La prensa obrera habló de cientos de muertos y más de cuatrocientos heridos. Ambas versiones coinciden en que entre las fuerzas militares y policiales no hubo bajas. La impunidad iba en aumento. No había antecedentes de semejante matanza de obreros[6].

Otro foco de graves disturbios se dio alrededor de los talleres Vasena. Desde la mañana habían sido rodeados por nutridos grupos de obreros, y sus pedradas –contestadas por armas de fuego– iniciaron un combate que duró todo el día, los sitiadores trataron de voltear los portones de la fábrica y al no lograrlo comenzaron a prenderles fuego. En el interior del edificio se encontraba el director-gerente Alfredo Vasena con otros miembros del directorio y una delegación de la Asociación Nacional del Trabajo, encabezada por el presidente de la Bolsa de Comercio. Los empresarios encerrados pidieron protección al ministro del Interior y al de Guerra, y uno de ellos, súbdito británico, solicitó la intervención del embajador de su país.
Hacia las tres de la tarde llegó el recién designado jefe de policía, Elpidio González, figura prominente del radicalismo. Este intentó arengar a los huelguistas, que reaccionaron violentamente, incendiando incluso el coche en que viajaba. La llegada de más de 100 bomberos armados, reforzados por policías y “cosacos” y de un piquete de soldados de infantería con una ametralladora, desencadenó finalmente una batalla campal que se prolongó hasta la noche, dejando –según fuentes policiales– un saldo de 24 muertos y 60 heridos. Como episodios semejantes se multiplicaban por todas partes, ante la imposibilidad de controlar la situación y temiendo que los hechos respondieran a un complot revolucionario, el gobierno dispuso el acuartelamiento de todas las fuerzas represivas, dejando prácticamente las calles en poder de los obreros. Un diario de esa tarde llegaba “al triste convencimiento de que no tenemos gobierno” y de que “el poder, pues, está en la huelga, no en el gobierno”[7].

Tras haber recibido la noticia de que la huelga se había extendido a Rosario, Santa Fe, Mar del Plata, Bahía Blanca, hacia el noroeste de la provincia de Buenos Aires y de que la Capital Federal estaba aislada del resto del país a causa del paro de los ferroviarios y de la Asociación Obrera Marítima, el presidente, Hipólito Yrigoyen, citó al día siguiente en su despacho a don Pedro Vasena (su correligionario Leopoldo Melo era abogado de la empresa) y lo instó a aceptar los reclamos sindicales. El conflicto se resolvió por la rendición incondicional del empresario. Así lo entiende la FORA del IX Congreso, que da por terminado el movimiento. La FORA V, en cambio, cree que ha sonado la hora de la revolución social y deciden continuar la huelga.

El general Luis J. Dellepiane, comandante de la división con asiento en Campo de Mayo, se había constituido en la ciudad, y procedió a ocupar con sus tropas distintos puntos estratégicos. Los enemigos a combatir eran los trabajadores en huelga y aquellos que se solidarizaban. Convoca a la prensa. “Es seco y categórico. Amenaza ‘emplazar la artillería en la plaza del Congreso y atronar con los cañones toda la ciudad’”. La Nación de esa fecha subraya en su crónica otra advertencia del jefe militar: “Hacer un escarmiento que se recordará durante 50 años”.

Finalmente el 11 de enero el gobierno radical llegó a un acuerdo con la FORA IX basado en la libertad de los presos que sumaban más de 2.000, un aumento salarial de entre un 20 y un 40%, según las categorías, el establecimiento de una jornada laboral de nueve horas y la reincorporación de todos los huelguistas despedidos. Poco después las autoridades de la FORA y del Partido Socialista resolvieron la vuelta al trabajo.

El vespertino La Razón titulaba: “Se terminó la huelga, ahora los poderes públicos deben buscar los promotores de la rebelión, de esa rebelión cuya responsabilidad rechazan la FORA y el PS”. Pero el dolor y la conmoción popular continúan. Los trabajadores se muestran renuentes a volver a sus trabajos. En las asambleas sindicales las mociones por continuar la huelga general se suceden. Por su parte, la FORA V se opone terminantemente a levantar la medida de fuerza y decide “continuar el movimiento como forma de protesta contra los crímenes de Estado”.

Finalmente, el general Luis Dellepiane, recibió el martes 14 de enero por separado a las conducciones de las dos FORA y aceptó sus coincidentes condiciones para volver al trabajo que incluían “la supresión de la ostentación de fuerza por las autoridades” y el “respeto del derecho de reunión”. Pero pasando por encima del general, la policía y miembros de la Liga Patriótica se dieron un gusto que venían postergando: saquearon y destruyeron la sede de La Protesta.

El gral Luis Dellepiane

La rebelión social duró exactamente una semana, del 7 al 14 de enero de 1919. Las demandas de la huelga había se lograron.

Dellepiane, el jefe de la represión, dictó la siguiente orden: “Quiero llevar al digno y valiente personal que ha cooperado con las fuerzas del ejército y armada en la sofocación del brutal e inicuo estallido, mi palabra más sentida de agradecimiento, al mismo tiempo que el deseo de que los componentes de toda jerarquía de tan nobles instituciones, encargadas de salvaguardar los más sagrados intereses de esta gran metrópoli, sientan palpitar sus pechos únicamente por el impulso de nobles ideales, presentándolos como coraza invulnerable a la incitación malsana con que se quiere disfrazar propósitos inconfesables y cobardes apetitos”.

El embajador de Yrigoyen en Gran Bretaña, Álvarez de Toledo, tranquilizaba a los inversores extranjeros en un reportaje concedido al Times de Londres y reproducido por La Nación: “Los recientes conflictos obreros en la República Argentina no fueron más que simple reflejo de una situación común a todos los países y que la aplicación enérgica de la ley de residencia y la deportación de más de doscientos cabecillas bastaron para detener el avance del movimiento, que actualmente está dominado. [Agregó que] la República Argentina reconoce plenamente la deuda de gratitud hacia los capitales extranjeros, y muy especialmente hacia los británicos por la participación que han tenido en el desarrollo del país, y que está dispuesto a ofrecer toda clase de facilidades para otro desarrollo de su actividad”[8].

¿Cuántas fueron las víctimas de la represión? El escritor Diego Abad de Santillán computa 1.500 muertos y 5 mil heridos. Hubo, además, 55.000 prontuariados, con la accesoria, para muchos, de una quincena de confinamiento en la isla Martín García.

En su libro La Semana Trágica, el comisario A. Romariz (oficial de la seccional 34ª de La Boca, durante los sucesos), agrega detalles escalofriantes: los cadáveres eran rápidamente incinerados conforme a indicaciones del general Dellepiane. El mismo pudo comprobarlo en la Morgue, cuando acudió a reclamar el cuerpo de un suboficial. “Entretenga a la viuda hasta que se olvide”, le dijo el funcionario que lo atendió, escudándose en esa orden.

La Liga Patriótica

Las huelgas del año 1918 dieron a los miembros “más destacados de la sociedad” un fuerte ataque de desesperación. La Revolución Bolchevique se había producido hacía menos de dos años y el simple recuerdo de los soviets de obreros y campesinos decidiendo el destino de un país hacía temblar a los dueños de todo en la Argentina. Había que frenar el torrente revolucionario. Comenzaron a reunirse para presionar al gobierno radical, al que veían como incapaz de llevar adelante una represión como la que ellos deseaban y necesitaban.

La liga patriótica

Según el empresariado, se hacía necesario terminar con la ola de huelgas, recuperar el “orden” y la “paz social”. Había que emplear “mano dura” y disciplinar a los huelguistas. Un grupo de jóvenes de las familias “patricias” se reunieron en la Confitería París y decidieron “patrióticamente” armarse en “defensa propia”. Las reuniones continuaron en los salones del “Centro Naval” de Florida y Córdoba, donde fueron recibidos por los contralmirantes Manuel Domecq García y Eduardo O’Connor, quienes se comprometieron a darles armas e instrucción militar. O’Connor dijo aquel 10 de enero de 1919 “que Buenos Aires no sería otro Petrogrado e invitaba a la “valiente muchachada” a atacar a los “rusos y catalanes en sus propios barrios si no se atreven a venir al centro”. Partieron del centro naval con armas y dispuestos a “romper cabezas de agitadores anarquistas”.

Ese grupo se conformó como Liga Patriótica Argentina el 16 de enero de 1919. Domecq García ocupó la presidencia en forma provisional hasta abril de 1919, cuando las brigadas eligieron como presidente al abogado rosarino Manuel Carlés [9].

El almirante Domecq García, presidente de la Liga Patriótica

Eran jóvenes, impregnados por una combinación de nacionalismo y catolicismo, que habían formaron dos organismos civiles terroristas: “Orden Social” y “Guardia Blanca”, transformados posteriormente en “Liga Patriótica Argentina” y “Comité Pro Argentinidad”, que crearon brigadas armadas con el visto bueno de la policía y el Ejército y el apoyo financiero de la “Asociación Nacional del Trabajo”, entidad patronal presidida por Joaquín S. Anchorena. Los integrantes provenían de la Asociación de la Juventud, Asociación del Trabajo, Jockey Club, Círculo de Armas, Asociación Damas Patricias y la Iglesia.

Durante la “Semana Trágica” sembraron el terror en las calles. Atacaron sedes sindicales, locales anarquistas, incendiando bibliotecas, imprentas, apaleando militantes.

La “Liga Patriótica” se “cubrió de gloria”, según La Prensa, en numerosos ataques a centros y reuniones obreras. Una de esas “proezas” fue el asalto a un local de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), cerca de Plaza Once, donde resultaron dos muertos, uno de ellos el chofer Bruno Canovi. Con el tiempo, también atacó una pacífica manifestación obrera en Gualeguaychú (Entre Ríos), con diversos muertos y heridos como saldo. Por otra parte, en 1928, asesinó en Rosario a la obrera anarquista Luisa Lallana, y en el puerto de Buenos Aires mató de manera similar el trabajador Ángeles Améndola.

La burguesía luego de esas jornadas, hasta nuestros días siguió creando grupos parapoliciales para reprimir a los trabajadores. En la década del ‘30, los nacionalistas se organizaron en cuerpos armados, como la “Legión Cívica Argentina”, inspirados en el ejemplo de la Italia Fascista de Mussolini, a la cual se le concedió por decreto carácter oficial. Ese cuerpo paramilitar, tuvo corta vida, pero entre otras manifestaciones, desfilaron en la celebración del 25 de mayo de 1931. Vendrían luego los “Comandos Civiles” tras el golpe del ‘55, asaltando sindicatos y apaleando gremialistas. En los años ‘70, parieron la “Triple A”, que sembró de muerte y terror las calles del país. Y en estos tiempos se terceriza la represión, y es así como asesinaron a Mariano Ferreyra, al maestro Fuentealba, desaparecieron a Julio López, y a una larga lista de víctimas del gatillo fácil.

Notas

[1] Godio, Julio, La Semana Trágica de Enero de 1919.
[2] La Protesta, 8/1/1919, 9/1/1919.
[3] Godio, Julio, ob. cit.
[4] La Prensa, 10/1/1919.
[5] La Prensa. 10/01/1919.
[6] Babini, Nicolás, La Semana Trágica.
[7] El Diario. 9/1/1919. Historia Integral Argentina Tomo 6, La clase media en el poder, pp. 72 a 76, Centro Editor de América Latina S.A., Buenos Aires, 1971.
[8] Babini, Nicolás, ob. cit.
[9] Revista Primera Plana, 29 de abril de 1969. Tomado de Mágicas Ruinas.







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