Cultura

ARTES PLÁSTICAS

La condición del pintor, una muestra de Carlos Alonso que recorre tres décadas de su obra

Los rincones oscuros de los grandes maestros, la vejez, la muerte y, sobre todo, el pulso ingobernable de un artista enorme.

Sergio Cena

La Caja Roja

Lunes 17 de septiembre de 2018 | Edición del día

Olga Cossettini 141, en ese pedazo de city ganado al río, se levanta, en siniestra comunión con sus aguas memoriosas, la Colección Amalia Lacroze de Fortabat. El apellido llama al espanto, pero su vidriera anuncia Vida de Pintor, Carlos Alonso. La obra del maestro bien vale el susto.

La apuesta se paga de inmediato (al igual que la entrada, $100), en un solo lugar reunidas, por obra y gracia del capital, más de 40 telas de gran formato y una colección de 50 dibujos del mítico pintor de Unquillo. Alonso se autorretrata y retrata a artistas consagrados de la pintura occidental y nacional: Van Gogh, Renoir, Schielle, Monet, Courbet y Spilimbergo, entre otros tantos.

En una dedicada reverencia a la obra de Courbet "El taller del pintor..." (1855), el primer piso de la Colección Fortabat se viste de atelier. La muestra replica al infinito y con encendido ingenio la fórmula del pintor de Ornans (1819-1879), aquel que pusiera el cuerpo al servicio de la Comuna de París (1871). Al mismo tiempo, uno de los homenajeados por Alonso.

El paño comienza a fines de la década del 60 con algunas obras de la muestra Todo Lino (1967) y se extiende por tres décadas, saltando de un artista a otro, sin perder la intensidad ni la frescura. Salen a la luz los rincones oscuros del oficio del pintor, la vejez y la muerte de los grandes maestros.

Ya en 1967, en el marco de la muestra dedicada a su maestro, Alonso adelantaba "Vi a Spilimbergo en Unquillo y lo vi azotado por la enfermedad, con vendas en las manos y las piernas. Lo vi vendado, sufriente, casi olvidado. Me impresionó mucho. Sentí que alguien tenía que decir eso: que no estaba el gran maestro adorado por sus discípulos, consagrado por la crítica y comprado por los coleccionistas. No. Había una ruina. Algo que va a ser, finalmente, el propio destino de cada uno de nosotros."

Con la coordinación y curaduría de Pablo Alonso y Luis Cuello, Vida de Pintor... trae al frente el detrás de escena. Dentro de la selección realizada por el propio artista, conviven, en un diálogo triste pero virtuoso, las nudosas manos de Renoir junto a los cuencos vacíos de un Monet catarático. Schielle duerme como un chico en su lecho de muerte mientras Van Gogh tuerce la cabeza entre vendajes para mirarnos, cómplice, en una fría escena de espanto.

La propuesta no es solo un homenaje a sus referentes, sino una posición sobre la condición del pintor y su oficio. Al respecto el autor ha reflexionado “Yo mismo me he preguntado por qué esta tendencia a revivir a partir de obras de otros autores; por qué esta necesidad de apoyarse en obras del pasado, ya consagradas y respetadas. Puedo decir que es la necesidad indudable de ese respaldo para poder pegar un salto, sin que la aventura sea un salto al vacío; sentir que uno es parte de una cadena, un eslabón de una cadena, que viene de atrás y que uno aspira que siga para adelante; una forma de tomar aliento, de tomar fuerza, bebiendo en fuentes que uno considera legítimas y aún llenas de savia, de vitalidad y de potencia.”

Paloma y la Dama de cemento

Carlos Alonso (Tunuyán, 1929) es, sin lugar a dudas, uno de los artistas plásticos más importantes de estos tiempos. Dueño de una línea excepcional, ha abordado cada una de sus temáticas con inagotable energía y hasta sus últimas consecuencias. Sus trabajos irrumpen con potencia en el panorama artístico de los años 60 para ubicarse en la vertiente que luego se conoció como Nuevo Realismo. Alonso reúne la imagen del pintor de oficio y la del artista con conciencia social. Son varias las páginas de su producción dedicadas a representar con crudeza lo que los marxistas llamamos la dinámica de la lucha de clases. Series como El matadero (1965), Lección de anatomía (1970) y El ganado y lo perdido (1976) dan cuenta de su fuerte compromiso. Pero su capítulo más oscuro se escribe, en un principio, fuera de los límites de la tela. El 30 de julio de 1977, un año después de haberse exiliado junto a su hijo y su mujer en Roma, su hija Paloma es secuestrada por un grupo de tareas en el barrio de San Telmo, a la edad de 21 años.

Varios años después, el 18 de febrero de 2012, los diarios anunciaban la muerte por causas naturales de la ex dueña de la empresa Loma Negra. Amalia Lacroze de Fortabat fallece a los 90 años y deja como legado el museo que hoy recibe a Vida de Pintor. Este 2018, la Colección de Amalita cumple diez años iluminando la escena artística de Buenos Aires, pero sus orígenes son bastante más oscuros.

También en el año 2012, pero con algunos meses de diferencia, se condenaba a tres militares y dos civiles por la privación de la libertad, tormentos agravados y homicidio del abogado laboralista Carlos Moreno, defensor de los trabajadores de Loma Negra. En el mismo año de la desaparición de Paloma, era asesinado el abogado que estorbaba el plan de ajuste de la cementera más importante del país. La empresa que garantizó los ribetes filántropos de la Dama del cemento es la misma que vio triplicar sus ganancias durante la última dictadura militar. Un hecho terrible que se suma a la lista de documentos que exponen los intereses de una burguesía despiadada detrás del terrorismo de Estado aplicado por el golpe genocida del 76.

"Sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable, no sentimental pero que es capaz de fijar las heridas que la realidad imprime en nosotros..." dijo.

Vida de Pintor nos deja, de este modo, al borde del horroroso abismo de nuestra historia reciente y, al mismo tiempo, de cara con la obra de un enorme artista. ¿Un giro macabro del azar o una consecuencia probable en una ciudad que es propiedad de los verdugos? ¿Se ríe, astuto, el viejo Alonso desde Unquillo? Al mercado del arte y la industria cultural parece no importarles. Que no se confíen.







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