Economía

TRIBUNA ABIERTA

La crisis como expresión de los límites de la clase dominante argentina

El día de hoy, Andrés Wainer suma su opinión al debate sobre las perspectivas de la economía argentina abierto por La Izquierda Diario.

Andrés Wainer

Investigador CONICET y del Área de Economía y Tecnología de la FLACSO

Jueves 9 de octubre de 2014 | Edición del día

Sin duda los principales problemas de la economía argentina en la actual coyuntura pasan por las dificultades en el frente externo. Sin embargo, no se trata de una situación excepcional ni fortuita sino el resultado de un tipo de estructura productiva dependiente en la cual se da una particulación articulación de intereses entre la burugesía local y el capital extranjero.

La conjunción de altos niveles de crecimiento, incremento de la tasa de ganancia y mejora en el empleo y los ingresos asalariados que tuvo lugar fundamentalmente durante el primer lustro kirchnerista, no se debió únicamente a un modelo que “subsumió la economía a la política” sino que esto fue posible por las condiciones socio-económicas que imperaron tras la crisis y la salida de la convertibilidad. La existencia de recursos ociosos y el alto desempleo tras cuatro años de caída del producto, a lo que se sumó un contexto internacional favorable, viabilizaron la aplicación de algunas políticas expansivas que permitieron una recomposición conjunta del empleo, los salarios y las ganancias capitalistas.

Ahora bien, los intereses “complementarios” entre trabajadores y capitalistas terminan cuando la situación económica se recupera de tal manera que se acerca al pleno empleo de los recursos. Es allí cuando recrudece el conflicto entre capital y trabajo, dado que se agotan las condiciones que hicieron posible esa “situación de todos ganan”, dando paso a diversas modalidades de ajuste.

El kirchnerismo incialmente trató de evitar el ajuste tomando algunas medidas “heterodoxas” como los controles a las importaciones y a la compra de divisas, pero las mismas sólo lograron postergar el desenlace mientras se acumularon tensiones cada vez mayores. El gran dilema del gobierno ha sido que la política de ajuste atenta contra su discurso y, sobre todo, contra su base social. Pero los tiempos “económicos” no parecen adecuarse a los tiempos “políticos”, o, en otros términos, el gobierno kirchnerista duró más que la fase “populista” del ciclo económico.

Frente al escenario abierto de restricción externa se han planteado distintas alternativas de superación dentro de una perspectiva capitalista, las cuales incluyen, entre otros, un nuevo proceso de endeudamiento (camino transitoriamente cerrado a raíz de la confirmación del fallo de Griesa a favor de los fondos buitre), un mayor ingreso de inversión extranjera directa (IED), el aumento de la tasa de interés y la devaluación de la moneda. Esta última fue la principal medida que logró detener transitoriamente la sangría de reservas a comienzos de este año. Dicha medida implica una modificación de los precios relativos y, fundamentalmente, una traslación de ingresos desde los asalariados hacia los productores de bienes transables (especialmente los exportadores) y los grupos financieros con importantes tenencias en divisas. Pero la devaluación, lejos de impulsar por sí misma la sustitución de importaciones o un incremento sustantivo de las exportaciones, tiende a restablecer el equilibrio externo por la retracción del nivel de actividad que surge a raíz de la caída del ingreso. Sin embargo, dado el alto grado de apertura de la economía argentina, la misma ha acelerado las tendencias inflacionarias reduciéndose rápidamente las mejoras logradas en el tipo de cambio real.

Las medidas mencionadas no sólo implican un ajuste (inmediato o futuro en el caso del endeudamiento o IED) sino que son “soluciones” transitorias ya que no alcanzan para resolver los problemas estructurales que presenta la economía argentina. Todas ellas atacan los efectos y no las causas que generan la crisis.

La resolución de la contradicción que presenta una economía dependiente como la argentina entre la aceleración del proceso de acumulación de capital y los límites que impone una estructura productiva heterogénea y desequilibrada, y que se manifiesta finalmente como restricción externa, no es sólo un problema de política económica sino que encuentra profundas raíces en la trama de intereses sociales que atraviesa al Estado argentino y su escasa autonomía relativa.

Las empresas trasnacionales y los grandes exportadores en general no están interesados en modificar el rol de la economía argentina en la división internacional del trabajo, mucho menos cuando la misma casi no ofrece ventajas comparativas más allá de su dotación de recursos naturales. Por otra parte, el hecho de ser actores centrales en la provisión y demanda de divisas (ya sea por la vía exportadora, a través de la IED y/o la remisión de utilidades) les otorga un importante capacidad de coacción sobre la orientación de la política económica.

Pero tampoco parece existir una “burguesía nacional” dispuesta a llevar adelante un proyecto tal que permita situar a la economía argentina en un lugar distinto en la economía mundial. En primer lugar, los grupos económicos han sido actores centrales en la fuga de capitales. En segundo lugar, las empresas nacionales que han quedado en pie tras el intenso proceso de extranjerización que tuvo lugar en los años noventa -y que se consolidó en la década pasada-, en general no han logrado competir en igualdad de condiciones con las transnacionales salvo en aquellos casos que explotan ventajas comparativas naturales. El resto del capital doméstico realiza tareas complementarias al extranjero, con tecnologías obsoletas y sustentado en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, mientras que otra parte se refugia en actividades menos dinámicas, donde el capital transnacional no ha desarrollado aún una tecnología nueva y en las cuales las diferencias de productividad son menores, o bien en sectores que se encuentran al margen de la competencia intercapitalista como aquellos regulados por el Estado. El correlato de esta situación es la subordinación general, no exenta de conflictos puntuales, del capital nacional a la lógica del capital extranjero.

De modo que en este esquema no parece haber ninguna fracción de la gran burguesía que tenga interés en romper la su situación de dependencia en la que se encuentra la economía argentina, tarea que en estas condiciones solo puede ser encarada por la clase trabajadora y otros sectores aliados a ella.







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