Cultura

RESEÑA // LIBROS

La crítica literaria como debate público

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 17 de abril de 2016 | Edición del día

Continuando con otra serie de libros de expreso objetivo didáctico, el escritor, crítico y teórico Terry Eagleton aprovecha su larga experiencia como profesor y nos presenta en Cómo leer literatura (Barcelona, Península, 2016), una “guía para principiantes” en las lides de analizar un texto literario, actividad que para el autor, según declara en el prefacio, “está en las últimas”.

Eagleton irá desbrozando algunas de las herramientas principales de la crítica literaria aplicadas a abundantes casos concretos –mayormente del canon de las letras inglesas–: los comienzos de una obra, sus personajes, sus narradores, etc. Para argumentar lo que considera una mala praxis lectora llega incluso a desplegar un análisis que, después de planteado puntillosamente, se dedicará a destrozar.
Matizadas con su habitual ácida ironía, encontraremos también algunas de las características que identificaron a distintas corrientes literarias –el romanticismo, el realismo, el modernismo–, dando cuenta de cómo éstas transformaron los presupuestos que hasta entonces dominaban las formas literarias.

La premisa de estas conceptualizaciones es la propia definición de lo que entendemos por “obra literaria”: aquella donde lo que se dice debe interpretarse en función de cómo se lo dice –aunque esos elementos no siempre encajen armoniosamente: que Orwell haya elegido el género de la fábula infantil para referirse a la Revolución rusa, ejemplifica, es un hecho significativo justamente por esa “discrepancia” de materiales–.

Pero para Eagleton, si la crítica es la aplicación de determinadas técnicas de lectura, ello no significa que dominarlas aseguren el éxito del crítico –así como conocer las reglas del ajedrez no asegura ganar las partidas–: la experiencia será una de sus sostenes –Eagleton se cuestionará incluso por alguna lectura previa que ha hecho–, así como la creatividad del crítico.

A la vez, planteará, ninguna obra ficcional puede ser leída en un vacío interpretativo: como las obras no están atadas a un contexto práctico inmediato, es a medida que se despliegan que vamos atribuyéndoles marcos interpretativos que les den sentido, muchas veces incluso inconscientemente. Tampoco puede atribuirse al autor el “significado último” de la obra o, al menos, hacerlo así supone una determinada concepción que considera a la obra literaria como una expresión personal, algo que postuló el romanticismo y que el modernismo, desconfiado del lenguaje, hace tiempo puso en cuestión.

Pero entonces, ¿puede leerse cualquier cosa en una obra? Eagleton no se refiere a que sobre ella se constituya una interpretación coherente consigo misma o suficientemente anclada en el texto. Cumplir ambos requisitos puede resultar de todas formas en lecturas forzadas o triviales. Eagleton llega así al núcleo de su planteo; cómo es posible entonces atribuir determinado valor a una obra literaria. Y aquí estará una de las fortalezas y debilidades del libro.

Los criterios que pueden determinar que una lectura es una conclusión plausible de una obra literaria no pueden reducirse, dice, a normas dadas; y lo que esto implica es que, entonces, dichos criterios son algo a discutir. Si no siempre podremos fiarnos del sentido común, negarlo de cuajo en muchos casos no sería más que arrogancia intelectual; si es posible que el significado de una obra pueda leerse mejor con cierta distancia temporal, también es cierto que esa distancia nos impida muchas veces comprender como fue leída una obra en su momento.

Para Eagleton las obras no tienen un significado fijo sino que son generadoras de significados posibles. Pero entonces el significado que en ellas leemos no es un asunto privado sino público, tanto como el lenguaje es un asunto colectivo. Es probablemente uno de los síntomas de la crisis que Eagleton percibe en el terreno de la crítica que sea necesario señalar que una producción que es dada para ser leída por otros –aunque puede haber quien escriba solo para sí, la cuestión literaria existe porque los libros se publican y eso implica que habrá disputa por sus interpretaciones– es pública.

Pero si bien Eagleton no busca dar su propia receta para determinar qué es un buen o mal análisis de una obra, y de hecho la argumentación que despliega desnudaría todo intento fijo como parcial, el último capítulo dedicado a la valoración de las obras literarias es el que nos dejará con gusto a poco. El autor apenas refiere las condiciones en que las críticas circulan y se producen –mecanismos de mercado e institucionales mediante–, es decir, el escenario y los intereses que juegan en ese debate público. Las referencias históricas que se expresaron en cambios de cosmovisiones o condiciones sociales apenas se mencionan alrededor de algunas de las corrientes con las que ejemplifica, pero no parecen encontrar eco en cómo modificaron las formas de la crítica. Finalmente, los ejemplos concretos que elige dan cuenta de lo que serían lecturas unilaterales, pero no terminan de ser convincentes los criterios utilizados cuando es Eagleton el que compara y evalúa obras concretas. La “cuestión pública” que supone la crítica es así correctamente señalada, pero escasamente analizada ella misma –algo que Eagleton sin embargo ha hecho en numerosos libros previamente–. Así, quedan al margen las causas de la crisis de la crítica que enuncia al comienzo del libro, y cabría preguntarse por qué entonces, tal como se ha desarrollado, la crítica literaria sería una actividad valiosa a conservar, o requeriría ser modificada radicalmente.







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