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GIRA DE LI KEQIANG

La sombra del gigante chino sobre América Latina

El primer ministro Li Keqiang cerró en Santiago de Chile su gira regional. El objetivo fue cerrar acuerdos comerciales que pondrán en marcha un plan de inversiones por 250 mil millones de dólares del gigante chino en América Latina y el Caribe, en los próximos diez años.

André Augusto

Natal | @AcierAndy

Miércoles 27 de mayo de 2015 | Edición del día

Los préstamos chinos a América Latina aumentaron en un 70 % en 2014 llegando a los 22 mil millones de dólares, superando la participación combinada del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial. China intenta comprar su camino al seno de los gobiernos posneoliberales latinoamericanos y sus mercados durante su fin de ciclo.

El viaje de ocho días del mandatario chino por Sudamérica empezó por Brasil, donde Li y Dilma Rousseff firmaron 35 acuerdos por el valor de 53 mil millones de dólares, además de avanzar en el proyecto estrella de una ferrovía transoceánica de capital chino que unirá el océano Pacífico y el Atlántico, pasando por Brasil y Perú. Petrobrás, atravesada por los escándalos de corrupción y que en abril había tomado prestados 3,5 mil millones de dólares del Banco de Desarrollo de China, firmó dos acuerdos más de financiamiento y sociedad en proyectos por el valor de siete mil millones de dólares.

Esta aproximación en nuevos términos con China es promovida por la "tormenta perfecta" que devasta la economía brasileña: caída en los precios de las materias primas, la fuerza del dolar y la desaceleración china. La pérdida de 98 mil puestos de trabajo en abril y la depreciación de 21 % de la moneda nacional, el real, frente al dólar, que aumenta la deuda externa, hace que Dilma y el PT calculen qué parte de la entrega nacional va para Estados Unidos y qué parte va a China.

Pero no es solo en el eje de Mercosur que avanza China. Después de Brasil, Li visitó Colombia, Perú y Chile, todos pertenecientes al eje de la llamada Alianza del Pacífico, bajo la influencia de Estados Unidos. De esta forma el gobierno de Pekin también firmó diversos convenios con Michele Bachelet, presidenta de Chile. Entre los acuerdos están facilidades comerciales y la participación de Chile en el Banco Chino de Construcción, el segundo en importancia en Asia.

Otro ejemplo emblemático es Perú. Desde 2014, China es el mayor inversor en la minería peruana, con 19 mil millones de dólares comprometidos, con más de 100 empresas que dominan los sectores estratégicos de la minería, energía, infraestructura, construcción y servicios bancarios. Las actuales huelgas mineras en Perú contra la explotación del trabajo y la degradación ambiental de las empresas en territorios indígenas se enfrentan justamente contra el capital chino.

Estos cuatro países juntos componene el 57 % del PBI del boom comercial con América Latina.

La creciente influencia de China en una región antes considerada patio trasero de Estados Unidos es vista por muchos analistas como un desafío a la bicentenaria Doctrina Monroe, establecida por Washington en 1823 para desalentar la influencia europea en América Latina.

Aunque no se trate de eso, lo que por ahora no puede poner en jaque el poder económico, militar y diplomático de Estados Unidos –reforzado en la última Cúmbre de las Américas donde los gobiernos "progresistas" posneoliberales, como el PT de Brasil y el kirchnerismo en Argentina, pasaron en el discurso de la autonomía a una entrega más completa de los recursos nacionales a los amos del norte– indica un gran cambio en las relaciones China-América Latina, desarrolladas de 2000-2013.

China: el gigante pisando dominios norteamericanos

La pronunciada desaceleración económica en China, cuya proyección oficial de crecimiento del PBI para 2015 es la menor en 25 años (7 %), enfrió la demanda china por materias primas y reorientó la política de Pekín para convertir una economía basada en la exportación de manufacturas baratas y en la inversión estatal en una economía basada en el consumo interno. Según cálculos de Capital Economics, las exportaciones de América Latina a China cayeron un 10 % entre 2013-2014; las exportaciones de África a China, 7,5 %; y las exportaciones de los países asiáticos y de Europa decrecieron 5 % y 3 %, respectivamente.

La contrapartida de la caída en la absorción de la producción extranjera es la sed exportadora de capitales a prácticamente todas las regiones del mundo. De esta forma impresionante, China pasó, entre 2005 y 2013, del 16° al 3° mayor emisor de inversiones extranjeras directas (111 mil millones de dólares) sobrepasando por primera vez el volumen de inversiones en dólares que entra en China.

El menor crecimiento interno chino implica por un lado menos necesidad de nuevas fuentes de materias primas, y por otro la necesidad de garantizar mercados e infraestructura para dar salida a su exceso productivo. Proyectos faraónicos como la "ruta de la seda", que preve una gigantesca infraestructura de transporte a través de Eurasia, el mar de China Meridional y el oceano Índico, el proyecto de unir el Pacífico al Atlántico mediante una ferrovía atravesando Brasil y Perú. Esa tendencia de exportación de capitales a países dependientes y semicoloniales es un factor constante en la política china.

Incompareblemente más atrasada que Estados Unidos en la potencia de sus fuerzas productivas existentes y en la productividad del trabajo, este gigante en transición pasó, sin embargo, de ser una economía capitalista que podía ser definida exclusivamente por su dependencia frente a las potencias occidentales para transformarse enla segunda economía mundial por volumen de PBI, primer productor y consumidor mundial de acero, tercer emisor de inversion extrajera directa, el mayor poseedor de reservas extranjeras –cuatro billones de dólares– y recientemente fundador de un banco de inversiones al que adhirieron 57 países (incluendo Francia, Gran Bretania y Alemania).

Durante el siglo XX, los pueblos latinoamericanos se embanderaron de la lucha antiimperialista contra la intervención norteamericana en la región, que para frenar los procesos revolucionarios que iban de Bolivia a Chile, pasando por Brasil y Argentina, instaló férreas dictaduras militares bajo el comando de Washington en las décadas del 60 y 70. No se puede comparar China con el peso de Estados Unidos en esa tradición. Sin embargo, la bandera de la lucha por la independencia de los pueblos latinoamericanos frente a cualquier subordinación extranjera tabmién debe ser levantada contra los trazos "imperialistas" de los acuerdos comerciales y de colonización de China, aún cuando no sea un país imperialista como Estados Unidos.

Los gobiernos del ALBA, que representaban el "ala izquierda" del nacionalismo burgués, no pueden cumplir este papel, ya que continuaron en lo esencial los aspectos sociales y económicos heredados del neoliberalismo (como la precarización del trabajo y el endeundamiento externo) y la subordinación extranjera "responsable" que entregaba los recursos naturales y los derechos laborales a los monopolios extranjeros (al ministro de Dilma Rousseff del PT, Joaquim Levy, le encanta ir a Nueva York a ofrecer trabajo tercerizado a empresas estadounidenses).

Estos fenómenos fracasaron en integrar al subcontinente latinoameriano. Son funcionales a un nuevo ciclo de expoliación que quiere conducir la derecha. Está planteada la articulación de la unidad obrera y socialista en torno a un conjunto de medidas consecuentemente antiimperialistas como las demandas obreras y populares para que la crisis la paguen los capitalistas.







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