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Las chicas solo quieren informar

Basada en una historia real, una nueva serie de Amazon, Good Girls Revolt –que puede ya bajarse de varios servidores–, aborda la discriminación laboral hacia las mujeres en el Estados Unidos de los años setenta.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 11 de diciembre de 2016 | Edición del día

El servicio de streamming con el que Amazon busca competir con Netflix propone, una vez al año, una “temporada de pilotos” –el primer capítulo de una futura serie– que los usuarios registrados pueden ver y votar, para elegir cuál de las propuestas serán desarrolladas por el gigante nacido como repartidor de libros encargados online y hoy devenido en industria audiovisual con producciones propias.

En la temporada 2015 una de las seleccionadas fue Good Girls Revolt –La revuelta de las chicas buenas–, cuya temporada completa, de 10 capítulos, finalmente pudo verse a fines de 2016. Creada por la periodista Dana Calvo, la serie continúa la tendencia de historias enmarcadas en el vértigo de las redacciones de noticias que se destacaron en los últimos años (como The Newsroom o The hour) a la vez que apunta a cosechar parte del éxito que tuvo una serie como Mad Men reconstruyendo las décadas del sesenta y setenta en Estados Unidos.

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Está basada en el libro del mismo título de Lynn Povich, una de las 60 periodistas de Neewsweek que en 1970 demandaron a la publicación por discriminación de género: es que en la popular revista de actualidad norteamericana solo los hombres podían entonces ser reporteros y firmar sus notas; las mujeres, bajo el eufemismo de “chequeadoras de datos”, hacían el mismo trabajo, pero como “colaboradoras” de los periodistas varones. De hecho, la demanda fue presentada el mismo día que la revista ponía en tapa el crecimiento del movimiento de mujeres en lucha por sus derechos con una nota firmada por una periodista freelance, porque en toda la redacción de la revista ninguna mujer había alcanzado ese rango (y con una tapa que incluía una mujer). La demanda, que tuvo que ser presentada varias veces, tuvo una resolución positiva varios años después, y obligó a cambiar en parte la política de los medios estadounidenses hacia sus empleadas.

En la redacción de News of the Week –el nombre ficcional de la revista que la serie elige como escenario–, a pesar de ser ellas las que primero entran y más tarde dejan la oficina, de ser siempre las mejor informadas sobre los eventos políticos y sociales en curso, de ser las que consiguen las declaraciones, las fuentes difíciles y las primicias, las chicas deberán escuchar cómo sus compañeros varones definen tomar una nueva colaboradora según el tamaño de sus tetas, o sesudas “argumentaciones” según las cuales, si dejaran a las mujeres elegir o investigar las historias, todo lo que publicarían serían notas de moda.

Con no pocas libertades respecto a la historia original, la serie relata las primeras charlas entre las “revoltosas” en grupos de “concientización” donde las mujeres que se reunían a discutir sobre su sexualidad, sobre métodos anticonceptivos o sobre aborto, y también sobre sus condiciones laborales; atraviesa la decisión de dos de ellas de buscar asesoramiento legal y sus intentos de sumar aliadas para la demanda, y culminará con la conferencia de prensa realizada tras la presentación oficial de la misma. Este proceso de organización será paralelo a las vicisitudes amorosas, laborales y familiares de tres protagonistas cuyas vidas se irán entrelazando.

Patti (Genevive Anderson) es una hippie tan confiada en su talento como periodista como desconfiada de los matromonios, conectada con todos los movimientos sociales y contraculturales de entonces; Cindy (Erin Darke) es una tímida y diligente esposa que trabaja por necesidad y, probablemente, para salir de una casa donde se siente atrapada; Jane (Anna Camp) es una chica bien, de familia acomodada, que trabaja para conocer algo de mundo hasta casarse con su prometido. Como proyecto más permanente o transitorio, las tres son a su manera parte de un por entonces creciente grupo de “chicas de carrera” –las que estudiaban y trabajaban fuera del hogar– tratando de compaginar sus aspiraciones profesionales con el mandato de casarse y tener hijos.

La revuelta femenina que retrata la serie es parte de un conjunto de movimientos sociales y políticos que por esos años desafían algunos de los presupuestos más conservadores del “american way of life”. Como parte de las coberturas periodísticas, tendrán un lugar destacado la lucha de la comunidad negra por sus derechos, las acciones de los Black Panters –la persecución estatal que recae sobre ellos tanto como su trabajo social–, la creciente oposición de la sociedad norteamericana a la guerra de Vietnam, las huelgas y manifestaciones que cruzaron esas décadas y el conjunto de manifestaciones contraculturales que forjó la juventud norteamericana entonces, entre conciertos de rock, liberación sexual o experimentación con las drogas.

La reconstrucción del período, donde los creadores de la serie sin duda pusieron buena parte de sus esfuerzos en locaciones callejeras, vestuarios, banda de sonido y marcas de la época, ha sido criticada por pecar de excesiva: su protagonismo parece transformarse, en muchos casos, en una acumulación de estereotipos que para el público norteamericano constituyen un cliché, además de no corresponderse del todo con las fechas reales. Una de las “marcas de época” más criticadas ha sido la aparición, en el piloto, de una joven periodista que en protesta porque no la dejan estampar su nombre en una nota que escribió, renuncia bajo la admonición, que pretende ser irónica, de su jefe: “En el periodismo tu nombre es todo lo que tienes. Así que adiós, Nora Ephron”; un presagio que, sabemos, no se cumplió con creces: la Ephron real fue una famosa periodista, escritora y directora de cine que vio su nombre el letras de molde o marquesinas largamente. Pero el problema no es tanto que el recurso sea un poco pomposo, o que en realidad Ephron haya trabajado en esa revista años antes de la demanda sino que, aunque el personaje hace breves apariciones, ese protagonismo que el piloto parecía prometer no se cumple en los restantes 9 capítulos; parece más un “gancho” destinado al público que parte orgánica de la historia que la serie va a contar.

Sin embargo, la serie no se agota en mostrar el clima de época sino que busca sus inflexiones en las vivencias, discusiones y transformaciones de sus personajes, que se nos ofrecen con sus contradicciones y flaquezas. Maridos críticos del “sueño americano” que en casa perforan los diafragmas de sus esposas, mujeres negras que se niegan a apoyar la demanda porque consideran que es un privilegio de mujeres blancas que no han tenido que luchar como ellas para conseguir incluso ese trabajo subordinado; periodistas varones que respetan o incluso apoyan a sus “colaboradoras” pero que a la vez se reservan el crédito por el trabajo hecho en común o aconsejan paternalmente no realizar ciertas coberturas porque no estarían “seguras”. Las heroínas de la serie no están exentas de paradojas similares: alguna de las que más revoltosas estarán al borde de conceder a la patronal por amor; otra, que parece encaminada a liberarse de un matrimonio en que se siente encerrada, pronto buscará entablar una relación similar con su amante; y otra, que confía en poder ganarse su lugar a fuerza de trabajo y respeto a la patronal, será la que finalmente haga la diferencia en momentos de duda o achique, que los hay.

Los posicionamientos políticos explícitos que los distintos personajes toman a lo largo de la serie también tendrán sus grises, por derecha y por izquierda, sin que ninguno de los personajes pueda alinearse completamente de un lado o del otro. Las críticas al gobierno por la guerra de Vietnam irán acompañadas del “sentimiento patriótico” que inspiran los jóvenes veteranos que, de vuelta en su país, no encuentran trabajo o sufren los traumas de lo vivido. La sospecha de que el FBI arma causas contra los Black Panters y los ataques racistas a los periodistas que intentan descubrir la verdad irán de la mano con la impugnación de su “violencia”. La lucha de la comunidad negra, en la que las revoltosas encontrarán aliados, no les evitará encontrase a ellas mismas con sus propios prejuicios. Uno de los mejores giros de la serie no es tanto la forma en que las protagonistas, todas ellas blancas, buscan convencer a sus colegas negras de apoyar su causa, sino que en esas nuevas relaciones encontraraán el espejo donde mirar sus propios claroscuros, como cuando se les reproche que en la investigación sobre los Black Panthers no fue consultado ni invitado a formar parte de la misma ninguno de los negros que trabajan en la redacción.

Así, la serie busca evitar la construcción de bandos de buenos y malos, o una representación de “las mujeres” en abstracto, por fuera de sus determinaciones sociales, políticas, generacionales. Resalta en cambio los posibles cruces y contradicciones que toda lucha implica en su búsqueda de puntos de apoyo, tanto en sus potenciales aliados como en la definición de sus enemigos. Porque si entre las empleadas y empleados de la revista habrá mujeres y varones solidarios y competitivos, respetuosos o condescendientes, rebeldes o conservadores, entre los representantes de la patronal habrá… una mujer como principal accionista, que al ser informada de la demanda no se sumará, como era de esperar, al reclamo, sino que llamará a sus abogados para enfrentarlas.

Objetivos, aliados y enemigos: sobre esto mismo pueden estar preguntándose hoy los usuarios de Amazon, que acaban de enterarse que la productora no continuará la serie por motivos que no parecen poder atribuirse a una mala performance entre la audiencia o la crítica. Justo cuando la elección presidencial de EE.UU. se definió entre una falsa alternativa: la de una mujer representante de las grandes corporaciones y el guerrerismo norteamericano, y un outsider como Trump, declarado misógino y racista.

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