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MEDIO AMBIENTE

Lluvia ácida, el veneno que corroe las pirámides de Egipto, reliquias italianas y el Taj Mahal

Potenciado por la actividad industrial sin control ni planificación, este fenómeno natural amenaza el medio ambiente y hasta el patrimonio cultural de la humanidad.

Domingo 5 de junio de 2016 | 00:00

Gárgola italiana devastada por efectos de la lluvia ácida.

La lluvia ácida es un proceso natural asociado a emisiones volcánicas o a la descomposición de la vegetación. Pero es la actividad humana la que lo ha agravado con la combinación de la humedad del aire con óxidos de nitrógeno y azufre emitidos por fábricas, centrales eléctricas, calderas y vehículos que queman carbón o productos derivados del petróleo que contienen azufre. Sin lugar a dudas, la lluvia ácida provoca el efecto más devastador sobre bosques, lagos, ríos, arroyos, pantanos y otros medios acuáticos, lo cual representa una amenaza para la supervivencia de los ecosistemas. Sin embargo, en la actualidad hasta las estatuas, monumentos, edificios históricos y obras de arte que han maravillado por siglos a la humanidad corren serio peligro a causa de la liberación de químicos que corroen sus mármoles, piedras, bronces y demás materiales de los que están compuestos. También por consecuencia del cambio climático, días atrás informábamos que obras de los grandes museos franceses están en peligro a causa de las inundaciones.

Las icónicas estatuas de la Isla de Pascua, perteneciente a Chile, se deterioran con gran rapidez.

La histórica catedral de Milán, los moáis de la Isla de Pascua, las pirámides de Egipto, la Estatua de la Libertad, los palacios de Venecia, la acrópolis de Atenas y hasta el Taj Mahal están expuestos al persistente efecto corrosivo de la lluvia ácida, razón por la cual vienen sufriendo, a distintos ritmos, cambios en su color y composición. A más acidez, más riesgo de disolución de materiales como el mármol y la piedra caliza, y hasta el cobre, el bronce y el acero son vulnerables.

La Estatua de la Libertad, recubierta de cobre, también es víctima de la corrosión.

Italia, país que no casualmente concentra una riqueza cultural y arquitectónica incomparable, es también el que mayor riesgo sísmico, volcánico e hidrogeológico posee en todo el Viejo Continente. Junto con Alemania y México es uno de los tres países que más investigan sobre el impacto de este fenómeno. Según un informe del organismo público Ispra (Instituto Superior italiano para la Protección y la Investigación Ambiental), casi dos de cada diez bienes culturales italianos (unos veintinueve mil en total) están en peligro de hacerse añicos a causa de corrimientos de tierra y avalanchas.

"En veinte años, muchos edificios, esculturas y fuentes que adornan plazas y ciudades podrían quedar enormemente deteriorados", advierte Elisabetta Erba, investigadora del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Estudios de Milán, según recogen en El Mundo de España.
El Taj Mahal, una de las siete maravillas del mundo moderno y marca registrada para el turismo en India, se vio muy deteriorado en su estructura debido a la polución por agua y aire a causa de las industrias aledañas, muchas de las cuales son ilegales. En el transcurso de los últimos años, con el crecimiento poblacional en Agra, ha ido perdiendo el blanco brillante de su exterior. Esto motivó que el Gobierno se vea obligado a tomar medidas como prohibir el tráfico de vehículos o “persuadir” a las industrias para que consuman formas más limpias de energía.

El edificio del siglo XVII está recubierto en mármol.

¿Se puede detener la lluvia ácida?

Para National Geographic, “la única forma de luchar contra la lluvia ácida es reducir las emisiones de los contaminantes que la originan. Esto significa disminuir el consumo de combustibles fósiles”.

En el mismo informe indican que aun “si pudiéramos detener la lluvia ácida hoy mismo, tendrían que transcurrir muchos años para que los terribles efectos que esta genera desaparecieran”.

Recomiendan prevenir su generación a partir del ahorro de energía, consumiendo menos electricidad en hogares, lo que redundará en una menor emisión de químicos por parte de las centrales eléctricas. Otra de las vías posibles es evitar usar automóviles, que también consumen grandes cantidades de combustible fósil, y optar por el transporte público, vehículos compartidos, bicicletas e incluso caminar.

Más allá de estas medidas paliativas, es innegable que la mayor responsabilidad a la hora de impedir que se generen condiciones para la emisión descontrolada de químicos que dañen el medio ambiente y el patrimonio cultural de la humanidad debe adjudicársele, no al consumo doméstico de energía, sino a la irracionalidad capitalista en el uso de recursos y a la falta de control y complicidad de los Gobiernos a nivel mundial.







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