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Los Wachowskis reload

Netflix acaba de lanzar una nueva serie, Sense8, escrita y producida por los hermanos Wachowski junto con Michael Straczynski −quien realizara en los noventa la entonces novedosa serie de ciencia ficción Babylon 5−, que ya tiene los doce capítulos de su primera temporada cargados en la plataforma digital.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Martes 23 de junio de 2015 | Edición del día

La serie hace su aporte al género de la ciencia ficción en que sus productores se han destacado en trabajos previos. La línea que sigue el argumento es la de ocho personajes, con distintas historias y desperdigados en cuatro de los cinco continentes, unidos entre sí por una conexión más poderosa que las que hoy permiten las redes sociales: algo que no conocen, y que inicialmente los hace sospechar de su propia estabilidad psíquica, les permite no solo interactuar sino también experimentar las sensaciones y sentimientos de los otros, e incluso hacer uso de sus respectivas habilidades, como si estuvieran allí.

La explicación, que se irá develando como una especie de inversión del fundamento de los X Men, será lo que los personajes deberán encontrar a la par que aceptan esas sorpresivas intromisiones en sus vidas e inesperadas vivencias en culturas y lugares en los que nunca estuvieron; pronto descubrirán que una extraña organización amenaza al grupo, cuya supervivencia depende del trabajo en equipo, y ello será vehículo de una reflexión sobre la condición humana que el género suele solventar con sus extrapolaciones.

No faltarán ni elaborados efectos especiales, que los Wachowski han sabido explotar bien en sus películas −algunos de ellos explicitados, ya que se muestran los sets de filmación de uno de los personajes que actor de películas de acción de clase B pero con efectos propios de las innovaciones de Matrix−, ni las apelaciones a fenómenos cotidianos que parecerían encontrar su explicación en los fundamentos que sostienen el mundo construido por las premisas de la serie, como por ejemplo, qué hace que nos encontremos tarareando una canción que no necesariamente hemos escuhcado mucho o sea de nuestro agrado, así como en Matrix se explicaban los deja vú. Tampoco se escamotearán los amores, odios, pasiones y desgracias propias de una telenovela, pero suscitadas por un contexto de tensiones multicultirales, que caracterizaron a la compleja trama de Babylon 5.

La producción de la serie es sin duda uno de los aspectos más destacables. Rodada en las ocho países de donde son oriundos los personajes, sin duda no se escatimó en recursos para que los personajes recorran abundante y panorámicamente las ciudades donde habitan: persecusiones en Nairobi y San Francisco, charlas caminando por el centro de Seúl, Londres o Berlín, o recorridos por la capital y las afueras de Islandia. Muchas de ellas se rodaron además en grandes manifestaciones callejeras que son parte de la cultura de esas metrópolis, desde la marcha de Orgullo en San Francisco o una fiesta religiosa en Bombay.

Esa voluntad de que las ciudades sean protagonistas, sin embargo, muestra también una de las debilidades de la serie: los desembozados estereotipos que la componen.

Muchas de estas imágenes citadinas son más de postal que de la posible vida cotidiana o el vertiginoso escape que atraviesan los personajes. Ellos mismos están construidos todos como marcados estereotipos culturales: la ejecutiva corporativa coreana que se sacrifica por el honor familiar y en sus tiempos libres practica artes marciales; el keniata honesto y optimista que debe buscar la forma de tratar a su madre con sida; el actor latino que triunfa como sex symbol en Hollywood ocultando que es gay; la transexual que en su búsqueda de liberarse de la opresión familiar se hace también hacker antiglobalización; el policía bueno que Chicago que trata de enmendar los errores del padre; la DJ que escapa de una serie de desgracias personales a un Londres posmoderno desde su pueblerina Islandia natal; la hindú que se siente atrapada en los arreglos maritales que unirán su familia creyente y respetuosa de las tradiciones nacionales con una familia modernizadora pro-occidental; y el talentoso ladrón de cuello blanco berlinés que enfrentará a una mafia familiar con una violencia que no lo enorgullece pero justifica en los maltratos de su padre alcohólico. Su característica común parece ser, como han señalado varias críticas, la de ser chicos y chicas jóvenes, atractivos y sin demasiados problemas materiales que resolver en sus vidas (salvo el africano, cuya pobreza es parte del estereotipo).

La serie busca no solo dar cuenta de la historia común que reúne a los ocho protagonistas, sino a través de relatos y flashbacks profundizar en las historias, relaciones personales y traumas de infancia que los constituyen −también allí prevalecerán las simplificaciones: los personajes secundarios que los acompañan serán figuras perfectamente monstruosas o empalagosamente bondadosas−. Ese intento produce un ritmo dispar que no parece del todo bien articulado a lo largo de la serie: la introducción de la historia de los personajes y su interacción ocupa la mayoría de los 12 capítulos, que por momentos se vuelve reiterativa y desencaminada, para acelerarse hacia un final a pura acción tanto en la mayoría de las historias particulares como en la aventura común que se va conformando, que despliega hacia los últimos episodios de la serie sus mejores momentos.







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