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Los laberintos de Olinda (preguntas a una vejez sin sol)

Una afiliada de Pami del conurbano bonaerense. La visita de una trabajadora social. Precariedad y dolor, dos palabras que disparan mil preguntas.

Domingo 15 de octubre de 2017 | 22:25

“Olinda G., Villa España. Berazategui”.

La planilla entra en la cartera de la trabajadora social de Pami, en una de las tantas oficinas que el Instituto tiene en el sur del Conurbano. Último mate y a arrancar la rutina de visitas a afiliadas y afiliados que necesitan que el Estado les reparta una de las miserables migajas que tiene presupuestadas.

Al llegar a la casa la precariedad asoma y se impregna fuerte en todos los sentidos. Una precariedad no sólo visible; se toca y se huele.

La profesional salta las pocas baldosas que sirven de camino entre el barro y la puerta de ingreso a ese mundo descascarado (también en todos los sentidos). Una casa a medio construir, con el paso del tiempo encima de sus vigas añejas, intactas que resisten el duro vivir.

Es un día soleado, pero al entrar, la oscuridad cubre por completo los pocos muebles que llenan la casa. Pocas lamparitas iluminan las nítidas grietas que dibujan mapas de colores en la pared.

Casi como un laberinto, la empleada de Pami llega a una diminuta habitación, donde el sol no calienta ni aflora. La habitación también tiene poquitas cosas: una mesa, una silla, un placar antiguo y la diminuta cama. Y allí está Olinda, esperando.

Olinda también es diminuta. Sus huesitos parecieran resquebrajarse con sólo mirarlos. Su piel casi transparente emana un sufrimiento que le impide moverse.

Mientras su nuera hace un intenso monólogo sobre lo que necesita para cuidarla, Olinda reclina sus grandes ojos negros, toma la mano de la trabajadora social, que se encuentra a su lado y dice “me duele”. “Me duele”, únicas palabras que dirá.

  •  ¿Qué te duele?
  •  Me duele…

    Mientras el monólogo continúa su viaje, sin paradas ni peajes de tiempo, la visitante no suelta la mano de Olinda y ambas se sostienen en una contemplación profunda.

    Lo único que sabe de Olinda es su viudez sin un techo propio; su hijo que apenas puede cuidarla porque trabaja para sobrevivir; un tiempo pasado con una sobrina que la descuidó; enfermedades que la absorbieron… y nada más. Sin embargo esas dos palabras “me duele” estallan en miles de pedazos y preguntas que no encuentran lugar.

    ¿Qué marcas anclan en su historia?

    ¿Qué mujer habita en ella?

    ¿Qué dolor atraviesa su cuerpo hoy?

    La trabajadora social, aunque quiera, hoy no lo puede saber. No puede saber de su pasado y sólo sabe poco de su presente. Sólo sabe del padecer que la acompaña en su sentido mirar, el que se apacigua con la caricia en su mano.

    Termina la entrevista que no fue, con un trámite que seguro será. El laberinto la lleva nuevamente a la luz del sol. Un sol que sigue sin entrar a la casa.

    Signos de pregunta afloran en la vereda y se van reproduciendo sin cesar hasta llegar al nuevo escenario.
    Otro nombre, otra dirección, otra casa y otros laberintos (ojalá más iluminados)

    Precariedad. En quien no cuidaron y en quienes tienen la obligación de cuidar. Nuevamente en la oficina, completando las planillas para esos trámites de precariedad, precarias palabras no pueden salir y duelen en el interior.

    Dolor y precariedad. Resonancia de vivencias que se estrellan en el muro de lo real y lo concreto. Siglo XXI, cambalache de casas de cartón y una pobre vejez.

    Habrá que construir sobre estos cimientos añejos nuevas vigas donde se apoyen los techos que cubran los dolores de las futuras Olindas, dejando que de una vez por todas entrar el sol.







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