Cultura

TELEVISIÓN

Los programas literarios en la TV

Hoy se suma a la grilla televisiva una serie basada en las novelas Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt, adaptadas por Ricardo Piglia. La ocasión nos sirve para trazar algunas líneas sobre el lugar que en la pantalla chica encuentra la literatura en los últimos años.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Martes 21 de abril de 2015 | Edición del día

Con solo mirar las grillas de programación de los canales de TV, tanto abiertos como de cable, puede notarse la escasa presencia de programas dedicados a la literatura en las últimas dos décadas. Los escasos ejemplares emitidos suelen ocupar franjas horarias marginales: pasadas las 12 de la noche o por la mañana, cuando la audiencia es de por sí baja. La literatura no parece ser un buen negocio televisivo, y por el mismo motivo probablemente la gran mayoría de los programas dedicados a esta temática son de canales estatales, nacionales o regionales; los canales comerciales privados que han dedicado minutos de aire a los libros son excepcionales.

Algunos pocos de estos programas se han mantenido largo tiempo en el aire a fuerza de persistencia –soportando cambios de horarios y muchas veces amenazados a su continuidad–: es el caso de Los 7 locos, dirigido por Cristina Mucci, el más longevo de todos ellos, en la pantalla desde 1987, pero también el actual Otra trama (antes El refugio de la cultura) animado por Osvaldo Quiroga desde 1997 o el ya discontinuado El fantasma con Silvia Hopenhayn, emitido entre 1996 y 2001 con un breve retorno en 2008.

Durante la primera década de los años 2000 fueron escasos los programas literarios que se produjeron: se destacaron los ciclos cortos, dedicados a una temática particular, de Canal á, entre otros pocos. En 2007 aparece una rareza, aunque también en un horario marginal: un programa literario en un canal de televisión abierta, Ver para leer, de Sasturain, emitido por Telefé. El formato era también novedoso: más que el comentario y charla con escritores, el programa presentaba una determinada situación ficcional a través de la cual el conductor contextualizaba libros, los insertaba en una determinada serie temática o de género, y se encontraba con escritores para comentar libros propios y ajenos.

Pero ya iniciada la segunda década del siglo, parecen haber aumentado los programas literarios en diversos formatos. Por un lado, el modelo más tradicional de comentario de libros recientemente publicados y entrevistas con escritores –pocas veces con otros actores como editores o críticos–; a los existentes se sumaron Esta noche libros (2011, en realidad un segmento semanal del programa periodístico diario de Gerardo Rozín) y más recientemente, Libroteca (2014), con Eugenia Zicavo. Una segunda variante fueutilizar un disparador ficcional a través de la cual se hilvanan núcleos históricos o genéricos de la literatura argentina –el foco en la producción nacional es ampliamente mayoritaria en todos los formatos–; tal es el caso de Impreso en Argentina (2009), donde el ilustrador Juan Sáenz Valiente y el escritor Pedro Mairal deben investigar libros que supuestamente les encargan reeditar, o de El libro perdido (2010), en que el actor Luis Ziembrowski mientras busca un libro, se topa con clásicos de la literatura argentina, o de Disparos en la biblioteca, de Sasturain (2012), donde el repaso del género policial se realiza a través de casos policiales también, entre otros. También se ha sumado una tercera variante de programas más cercanos al formato de una clase: o bien con recorridos históricos de nuestra literatura –como en Desde el sur (2010) o Claves de lectura (2013)–, o de géneros y autores –como las charlas de Piglia sobre la novela (2012) o Borges (2013).¿A qué se puede deber este relativo aumento? Dos elementos pueden servir para trazar hipótesis.

El primero se relaciona con una ampliación del mercado literario local. Se ha discutido abundantemente en los últimos años el surgimiento o los alcances de una nueva generación de escritores argentinos (hemos consultado en Ideas de Izquierda por este punto a diversos escritores, y en la última edición dedicamos una entrevista especialmente dedicada a ello). Ya sea que se sostenga, se matice o se rechace la existencia de dicho fenómeno, todos parecen reconocersí una reactivación de la industria editorial local postdevaluación que durante los noventa había sido casi desmantelada, y que después de 2001 encontraría nuevas ventajas para lanzarse al ruedo y expandirse. Estas nuevas editoriales habrían hecho circular y dado a conocer una producción local que era muy minoritaria en los catálogos de las editoriales mayormente españolas que habían comprado las editoriales tradicionales del país. Esa mayor difusión, también reflejada en los suplementos y revistas culturales –e incluso aunque minoritariamente, en la Academia–, y la cercanía de nuevos protagonistas del panorama literario local, sin duda han nutrido la posibilidad de dedicar algunos minutos más del espectro televisivo a la literatura.

Por otro lado, la conmemoración del Bicentenario trajo consigo una reevaluación de la historia nacional y dentro de ella, la de sus Letras. Participando de esta discusión más amplia, muchos de estos programas funcionaron como reafirmación, y en algunos casos reacomodamientos, del canon literario más o menos establecido como las piezas fundamentales de la tradición literaria nacional.

Lo significativo allí, si se lo compara con otros terrenos de debates como el historiográfico, donde liberales y revisionistas se cruzaron por aquellas fechas por ejemplo, una relativa armonía pareció primar en las lecturas de la literatura nacional. Es los distintos formatos de programas han compartido ese recuento histórico escritores y críticos políticamente enfrentados en casi todos los otros terrenos: allí, Sarlo y Caparrós son entrevistados y consultados tanto como Horacio González. Los núcleos centrales rescatados de nuestra historia literaria son muy similares en todos los casos, y a lo sumo se percibe un mayor hincapié en una u otra figura identificada con una de las tradiciones políticas en pugna, como por ejemplo la Walsh, pero siempre como parte del mismo recorrido y no cuestionándolo. La visión sobre la literatura nacional parece ser así fuertemente hegemónica; incluso figuras políticamente polémicas, como la de Borges, ha sido reevaluada con un espíritu común al menos en el reconocimiento de sus virtudes literarias, y de hecho, la centralidad dada ahora a Arlt, tradicionalmente considerado como una vertiente opuesta a la borgeana, parece ser una pieza más en un complejo sistema de pesos y contrapesos de conjunto menos problemático que en otras épocas.

Si este aumento relativo será pasajero o perdurará seguramente tenga que ver entonces con el cruce entre mercado y debate ideológico en los próximos años. Lo que se mantiene, sin embargo, es que los programas literarios siguen siendo visitantes exóticos en las grillas televisivas, incluso habiendo aumentado en el último lustro.







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