EDITORIAL DE EDITORIALES

Macri y la larga sombra del peronismo

¿Un nuevo régimen en construcción? El papel de Cristina Fernández y el kirchnerismo. Cambios, continuidades, duplicidades y represiones. La lucha de Cresta Roja y la mala memoria progresista.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 27 de diciembre de 2015 | Edición del día

El peronismo en la oposición es uno de los temas centrales de los editoriales de hoy. Joaquín Morales Solá, bajando un poco el tono gorila al que nos venía acostumbrando, afirma que "la derrota nunca fue una opción para el partido de Perón: o Daniel Scioli ganaba en primera vuelta o arrasaba en el ballottage. La derrota dejó pasmado al peronismo (…) a partir del fracaso electoral, éste tropezó con una alternativa imprevista: no tiene un liderazgo claro para manejarse en la oposición. Cristina aprovechó esa vacancia en la conducción del justicialismo y se encaramó como líder. Ella es la que gobierna desde El Calafate al bloque de diputados peronistas”.

Agrega el columnista de La Nación que “la falta de conducción del peronismo es un problema para ese partido, pero lo es también para Macri. Sus interlocutores son los gobernadores peronistas, algunos senadores y muy pocos diputados independientes de Cristina”.

En el amplio universo del peronismo Solá incluye a Massa y fustiga a Daniel Scioli por seguir “subordinado” a Cristina. Habrá que convenir que es una subordinación extraña porque al ex candidato presidencial del FpV se lo vio esta semana en la TV llamando a la “unidad nacional”.

Hace una semana Morales Solá irradiaba gorilismo por todos los poros. Siete días después, la realidad política lo obliga a bajar a la realidad y afirma que “depende del Presidente qué peronismo triunfará. Si el incendiario de Cristina o el consensual de los renovadores. Y no depende de la persona de Macri, sino de su suerte como gobernante. Tiene que conservar lo que logró para fortalecer al nuevo peronismo”.

Por su parte, en Clarín. Julio Blanck señala que "“trabar el Senado es una pieza clave en el rompecabezas de la guerra de guerrillas que Cristina lanzó contra el nuevo Presidente desde el momento mismo en que decidió ensuciarle la transición. Pero no es la única (…) en Diputados el cristinismo tiene menos capacidad de obstrucción (…) pero los diputados cristinistas, algo más de una treintena en un bloque de cien, son el ariete institucional para jugadas que se montan por fuera del escenario parlamentario”.

Evidenciando los límites que tiene esta resistencia –cuestión a la que nos hemos referido en otro artículo- afirma Blanck que, luego de las concentraciones en el Congreso y en Parque Centenario, “la defensa del capital simbólico del ciclo kirchnerista fue el motor de esas masivas convocatorias. Eso hizo pensar que la decisión de Macri de intervenir la AFSCA y remover a Martín Sabbatella podía disparar la más robusta de esas manifestaciones de fe cristinista. Estuvieron Recalde, un puñado de diputados camporistas y otros cercanos a Daniel Scioli, que persiste en cierto cristinismo tardío (…) el abrazo al organismo creado para controlar a los medios resultó un tanto raquítico”.

Pero si la resistencia que ejerce el sector que lidera el kirchnerismo más duro es limitada, el gobierno tiene a su favor la enorme tregua que le da, en los hechos, la conducción burocrática de los sindicatos. El mismo periodista lo ilustra diciendo que “en la Casa Rosada quieren ver como señal alentadora que las distintas centrales sindicales, luego de coincidir en el reclamo de un bono de fin de año para compensar el salto de precios en artículos de primera necesidad, hayan dejado diluir esa petición sin mayores beligerancias tras la negativa del Gobierno. Las compensaciones se encuentran cuando quieren encontrarse: un hombre de los gremios fue puesto al frente de la Subsecretaría de Salud y ya liberó pagos por 320 millones de pesos para las obras sociales sindicales”. Más claro, imposible.

Los contornos de un nuevo régimen

Eduardo Van der Kooy escribe en Clarín que “la lógica de las decisiones presidenciales no parecieron compadecerse con un simple y sencillo –que no es– cambio de Gobierno en democracia. Tendría que ver con la necesidad de barrer en el menor tiempo posible, para exprimir su tiempo de gracia, ciertos cimientos de un régimen caído”.

Así, como aparentando describir un territorio arrasado, el periodista narra su “retorno” a la Casa Rosada. “Hay gigantescos manchones en paredes de varios despachos que denuncian la desaparición de cuadros. También clavos abandonados. Aún no fueron cubiertos. La burocracia administrativa intenta establecer adónde fueron a parar un par de buenas pinturas de artistas argentinos. Los demás resultaron retirados por voluntad de las autoridades macristas. Eran grandes fotografías enmarcadas de Néstor Kirchner. Casi gigantografías. El busto del ex presidente, que Cristina inauguró en el acto final, permanece intacto en el hall central”.

Agrega además que “el ministro de Ciencia y Técnica, Lino Barañao, no la pasa bien con su continuidad. Camporistas de su área de trabajo, fanatizados, han instalado un rumor intenso que califica de “traidor” al funcionario”. En todo caso el ministro podría contestarles “Cristina estuvo de acuerdo”. Lo que se dicen “traición” no hubo.

En pos de defender la lógica del decreto permanente, Van der Kooy ilustra que Néstor Kirchner “fue el mandatario que más DNU dictó, en promedio, en los 32 años de democracia. La estadística resulta reveladora. En cuatro años y medio firmó 270, a una media de 60 por año. Uno cada seis días. Carlos Menem redondeó 545 pero en diez años y medio de poder. Uno cada siete días. Cristina no necesitó tanto de aquellos DNU porque, sobre todo a partir del 2011, dispuso de la comodidad de la escribanía del Congreso”.

La enumeración, en todo caso, solo pone de manifiesto las fuerte tendencias bonapartistas o cesaristas que anidan en los regímenes políticos de los países latinoamericanos. Por las dudas, para que nadie se "confunda", el periodista aclara que “de todos modos la excepcionalidad de los DNU en ningún caso deberá convertirse en un hábito”. Tarde piaste.

En un sentido similar, escribe Horacio Vertbitsky, intentando analizar el nuevo gobierno y los contornos de un nuevo régimen. Señala que “la simultaneidad entre la eliminación o rebaja de las retenciones a las exportaciones agropecuarias y la devaluación de la moneda, con la designación de Alberto Manguel como director de la Biblioteca Nacional describe los términos de una contradicción que no admite simplismos interpretativos (...) el colmo de esta duplicidad se expresó entre la argumentación en defensa de los opositores al presidente Nicolás Maduro en la República Bolivariana de Venezuela y los disparos con postas de goma, apuntados por encima de la cintura, sin excluir el rostro, de los trabajadores de la fallida empresa Cresta Roja. Sólo el gobierno de la Alianza comenzó peor, con los asesinatos en el puente General Belgrano de Corrientes, presagio de su espantoso final con decenas de muertos en todo el país”.

Ilustrando esta contradicción afirma que “la fusilada contra los trabajadores de Cresta Roja coexiste con la negociación encaminada por el ministro de Trabajo Jorge Triaca (h) para preservar el empleo y brindar un alivio de fin de año a los trabajadores y con la designación como secretario de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires de Santiago Cantón, ex secretario general de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”.

Lo que explica la duplicidad del gobierno de Macri es, precisamente, la relación de fuerzas entre las clases sociales. El poder social de la clase trabajadora y las aspiraciones que se conquistaron en la década pasada son los límites que tiene todo ajuste. Eso implica que cada medida antipopular tiene que ser acompañada por todos los gestos posibles que la compensen.

Pero los gestos siempre tienen el problema de las trabas que impone la economía misma. El ajuste en curso, progresivamente, desnudará los límites de la política de “diálogo”.

Cresta roja y la mala memoria

Mario Wainfeld en Página12, como lo viene haciendo hace semanas, editorializa “olvidando” gran parte de lo que ocurrió los últimos 12 años.

Hablando de Cresta Roja, escribe hoy que “ese conflicto laboral social se analiza en nota aparte. Para el desarrollo de esta columna que enhebra ciertas continuidades corresponde agregar que la tutela laboral se combinó malamente con uno de los signos iniciales del presidente Mauricio Macri. Una obsesión para demostrar autoridad que repara poco en medios, transita con frecuencia la ilegalidad. Y que en la semana que pasó, añadió el pesado ingrediente de la violencia estatal. El Estado, claro, ejerce el monopolio de la violencia legítima. Pero la legitimidad está supeditada a un conjunto de recaudos democráticos: la proporcionalidad, la profesionalidad del ejercicio y el apego a las normas legales. En ese aspecto, vaya si hay cambios (…) las fuerzas de seguridad nacionales y provinciales, casi siempre, tienen reflejos brutales y caen en “excesos” con la naturalidad de quien toma un vaso de agua. Comandarlas es una desafiante responsabilidad política. Los protocolos para contenerlas son tan imprescindibles como frágiles”.

Los cambios en realidad no son tantos ni tan marcados. No ocurrió en los años 90’ ni en el 2001, sino hace poco más de 6 meses. Los trabajadores de la Línea 60 fueron brutalmente reprimidos en la Panamericana. Meses antes, la lucha de Lear sufrió los mismos embates. Balas de gomas, gases lacrimógenos y carros hidrantes sobraron en aquellas jornadas.

Por estos días se conoció la noticia del procesamiento del llamado “gendarme carancho”. El humor y los analistas políticos no pudieron evitar asociarlo a la represión en Cresta Roja. Excepto el progresismo biempensante de Página12, que prefirió no tener memoria.

Foto: EAMEO







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