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TUCUMÁN

Manzur y Jaldo, entre el aislamiento social y la distancia política

El binomio que gobierna Tucumán no se habla. Mientras tanto, la crisis sanitaria por el dengue se agrava y los empresarios presionan con un plan contra los trabajadores.

Maximiliano Olivera

@maxiolivera77

Lunes 20 de abril | 18:15

De no ser por el aislamiento social, por estas horas las miradas de la política tucumana se concentrarían nuevamente en un cumpleaños. Ya en 2018, los cumpleaños de José Alperovich y Osvaldo Jaldo, separados por unos días, fueron el recuento globular de fuerzas en la incipiente división del triunvirato peronista que se completaba con Juan Manzur. Esta vez, la cuarentena no obligará a hablar de la foto que no fue entre Manzur y Jaldo.

El gobernador y el vice no ocultan las tensiones en la relación, donde subyace implícitamente la pelea por la sucesión aunque para el 2023 falta bastante. Pero aún con una crisis abierta por la pandemia del coronavirus, las reconfiguraciones del aparato peronista no paran.

Hasta ahora, Manzur ha elegido responder con silencio a los mensajes que salen desde la Legislatura, mucha veces de la boca del propio Jaldo. Ante la última sesión, el vicegobernador adelantaba que iba a cargar contra el Banco Macro, luego de la exposición a cientos de jubilados en multitudinarias filas. Todo mientras con el gobernador negociaba con el agente financiero de la Provincia un auxilio financiero para pagar sueldos. Finalmente, hubo fuegos de artificio contra el Macro, ya que lo sancionado no altera sus ganancias siderales, pero sin embargo el mensaje había sido enviado.

De todas maneras, Jaldo tuvo que lidiar con el escándalo de las máscaras que habían sido donadas para un sanatorio pero terminaron en el fastuoso edificio legislativo. Con el escándalo nacional aplacado, el tranqueño afirmó que le armaron una operación política, con periodistas porteños incluídos, y redobló la apuesta. “A mí no me cuestionaron por valijas que se perdieron, ni por nada”, disparó. El único destinatario posible de ese dardo es Manzur, quien presidía la Legislatura cuando de allí salieron valijas que portaban 600 millones de pesos. Quiénes eran los beneficiarios de esos movimientos es un secreto guardado bajo siete llaves del régimen. Más que una amenaza, un recordatorio.

El desenlace de la interna entre Manzur y Jaldo todavía es incierto pero ahora cada movimiento es analizado por el prisma de la rosca. Los acercamientos y las salidas —como el portazo del legislador Eduardo Bourlé de La Bancaria— y las fotografías, con propios y ajenos. Allí se manifiestan las lealtades heredas o las que están en construcción, todas bajo el rigor de la billetera.

La administración de Manzur no deja margen de error para interpretar que quienes están con él corren con el caballo del comisario y se aseguran cierta estabilidad en las arcas, algo necesario para intendentes y demás. Desde la Legislatura, Jaldo tiene a su disposición otro presupuesto millonario y los mecanismos discrecionales le permiten dar y quitar a su parecer. Para el primero, pasa más por contener lealtades bajo amenaza de cortar recursos; mientras que para el segundo, pasa más por seducir lealtades con dádivas. En la ruptura con Alperovich, detentar el poder y los recursos fue fundamental para evitar que pocas ovejas salgan del rebaño oficialista.

La crisis por el coronavrius, dicen en la Legislatura, hace que sea mucho más impensable la reforma constitucional para habilitar una nueva reelección para Manzur. Mientra tanto, desde la Casa de Gobierno quieren recomponer la imagen del gobernador, que venía golpeada por el conflicto con los estatales. Ahora Manzur es un sanitarista. Una sanitarista de una cepa extraña, ya que no puede hacerle frente al peor brote de dengue en la última década. Con tres muertes dentro de los 888 casos confirmados, al cierre de esta columna, los especialistas alertan hasta de la veracidad de las cifras, ya que hay un subregistro y estiman que por cada caso confirmado hay entre diez o veinte que no lo son.

Detrás de la crisis del dengue se encuentra la crisis del sistema de salud público —donde si en los CAPS antes no había alcohol en gel, tampoco hay repelente de mosquitos— y de la precariedad de las condiciones de vida. Una informalidad laboral que afecta a casi 1 de cada 2 trabajadores (en los jóvenes abarca a 3 de cada 4) y una pobreza que alcanza al 37,3 %, para nombrar solo dos indicadores.

Mientras tanto, a un mes de la cuarentena, las entidades empresarias presionan para que “el día después” esté cada vez más cerca. Bajo la idea de que no es “economía versus salud”, en realidad sólo están pensando en “su” economía, es decir, sus ganancias. En el citrus ya hay denuncias obreras, con paro incluido, de que su salud se expone en pos de las ganancias. Ahora los industriales azucareros, que también manejan el alcohol, presionan para que la zafra comience cuantos antes.

Además, el hilo de “la economía” se corta por lo más precario. En la gastronomía, los call centers y en multinacionales como McDonald’s, centenares de jóvenes sobreviven entre los despidos, el recorte de salarios y el “día no trabajado, día no pagado”. De conjunto, las patronales agitan el fantasma de los despidos y las suspensiones para atacar el salario. En varios de estos lugares, también se comienzan a ver ejemplos de organización y exigencias a los sindicatos que vienen mirando para otro lado.

En esta coyuntura crítica, la distancia entre Manzur y Jaldo probablemente sea cubierta con un paño frío. Mientras, el plan empresario contra los trabajadores sigue en pie. Cómo esto se defina depende también de las respuestas obreras a los ataques.







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