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Mary Shelley: romanticismo, literatura y amor libre

Un día como hoy de 1851 fallecía Mary Shelley. En Frankenstein no hay pararrayos pero sí una crítica liberal a la sociedad del siglo XIX. Un repaso por su vida y su gran obra.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Viernes 1ro de febrero | 08:32

Los clásicos no pueden ser leídos por primera vez porque la cultura en la que vivimos ya está imbuida en sus referencias. Y así como quien no leyó los cantos homéricos sabe que Troya fue vencida por un caballo de madera, también sabemos que Victor Frankenstein fue un científico que develó los arcanos de la vida.

Con los clásicos realizamos una operación inflacionaria. Erróneamente pensamos que los perros ladran a Sancho y es señal de que cabalgan o que la criatura creada por Frankenstein fue ensamblada “con partes de criminales” y nacida por el golpe de un rayo.

Todos estos postulados son falsos. Pero al creer en los dos últimos opacamos la finísima sensibilidad con la Mary Shelley concibió una novela que se transformó en un hito de la literatura fantástica.

Hija de profetas

Su madre fue Mary Wollstonecraft, luchadora por los derechos de las mujeres y autora de “Vindicación de los derechos de la mujer”. Fechada en 1792, es una de las primeras obras de la literatura feminista y una respuesta al informe de un diputado de la Asamblea Nacional Constituyente de Francia respecto a la restricción al ámbito doméstico de la educación de las mujeres.

Su padre era William Godwin, un filósofo cuyos escritos, en especial “Justicia Política”, fueron prometeicos. Considerado uno de los primeros anarquistas, Godwin se adelantó a la crítica a los contractualistas al declarar que “las leyes que regulan la propiedad y la moral son inútiles si los hombres no son virtuosos y superfluas si lo son”.

Ambos fueron dos precursores en sus respectivas pasiones, enlazadas en la filosofía liberal del ala izquierda de una ideología burguesa que pujaba por imponerse al orden feudal. Este se derrumbará por los embates de lo que los historiadores hoy llaman “la doble revolución” (la industrial y la francesa).

Aunque nunca se declararon jacobinos, la adhesión sentimental a su programa ultimatista es evidente. Tal vez por eso el brillo de sus personalidades se opacaría a medida que en Europa se consolidaba la reacción a la Revolución Francesa. El genio de los individuos no es ajeno a las corrientes subterráneas de las clases sociales.

Mary, la romántica, los románticos

Mary nació en Londres, en 1797 y su madre murió once días después del parto. Su padre ya no gozaba del prestigio de los años álgidos de la Gran Revolución y estaba recluido de la vida pública. Volvió a casarse con una mujer que tenía otra hija y a administrar mal una librería. A sus hijas Claire y Mary inculcó sus creencias y una educación racionalista.

Con los años sus obras le granjearon la admiración de una nueva generación de escritores. Estos jóvenes fueron los hijos sensibles de una Europa en la que la burguesía ya controlaba las riendas de la Historia.

Como respuesta al clasicismo y al racionalismo de la Ilustración que gestó a ese mundo, ellos se llamaron románticos. La etimología más extendida que explica el nombre argumenta que fue una reivindicación de las lenguas vernáculas (llamadas romances) contra el latín. El nacimiento de los modernos estados nacionales requería, también, una literatura nacional.

En 1814, Mary comenzó su vínculo sentimental con Percy Shelley, escritor romántico y uno de los seguidores políticos de su padre. Percy ya se encontraba casado con otra mujer.

A través de la relación con Percy, Mary conocerá a otros románticos como lord Byron, John Polidori, Thomas Jefferson Hogg (con quien tuvo un romance alentado por Percy) y muchos otros que constituyeron la atmósfera creativa en la que Mary desarrolló su potencial.

Ese mismo año, Percy, Mary y su hermanastra Claire huirían juntos a París pero deberían regresar por falta de dinero. Esta aventura significó la ruptura de Percy con el padre de Mary. Durante los siguientes dos años la pareja debió soportar la hipócrita crítica de la alta sociedad londinense por su vínculo y sus prácticas de amor libre, las deudas y el fallecimiento de su primera hija.

Verano del ‘16: nace Frankenstein

En 1816, Mary y Percy Shelley, acompañados por Claire, Byron y Polidori pasan un verano en Suiza, cerca de Ginebra.

Mary Shelley contará años más tarde que Byron propuso un juego: para pasar el tiempo lluvioso del verano suizo sugirió que cada uno de los presentes escribiera un cuento de terror que por entonces se llamaban góticos por desarrollarse muchas veces en castillos o en iglesias medievales.

Shelley, inspirada en una conversación que habían tenido recientemente sobre el médico Erasmus Darwin (el abuelo de Charles) quien afirmaba haber animado materia muerta, creó la primer versión de Frankenstein. De este mismo juego surgiría de la cabeza de Polidori otra criatura famosa: Lord Ruthven, que sería el arquetipo (odiosa palabra de la crítica literaria) del vampiro en el que se basaron los que vinieron después.

Alentada por Percy Shelley, Mary continuó trabajando el relato hasta convertirlo en una novela que firmó bajo un seudónimo y que su compañero prologó en su primera edición. Por este hecho muchos pensaron que el autor original de la obra se trataba de Percy Shelley. Faltaban todavía algunas décadas para que las mujeres se ganaran un espacio en el mundo literario. Mary fue una de las primeras.

Mucho más que la mujer o la hija de alguien

Leer a Shelley es leer una sutil crítica liberal y romántica a la sociedad del siglo XIX. No por nada los tres libros con los que la Criatura se hace una idea del mundo serán “el paraíso perdido” de Milton, las “Vidas” de Plutarco y “...el joven Werther” de Goethe. La Criatura, también, se vuelve vil al ser rechazada por su creador y por los hombres. La violencia es consecuencia de la marginalidad y no al revés como sostuvieron los contractualistas ingleses de la Ilustración.

Las menciones a la vida republicana de Suiza como más elevada a la de las sociedades monárquicas, y el rol de las mujeres como educadoras de una sensibilidad más empática también han sido señaladas como pruebas de que Shelley continuó la línea de pensamiento radical de sus padres y que incluso la profundizó.

Desafortunadamente su tiempo no supo valorarla. Aunque siguió escribiendo durante toda su vida vivió en relativa austeridad. Se dedicó a criar al último de los hijos que tuvo con Percy.

Vivió con él hasta el día de su muerte, en 1851. Hasta hace cincuenta años era más reivindicada por su trabajo de salvaguarda de la obra de Percy que por su propio textos.

Situada en una época de quiebre histórico, la literatura fantástica se gestó entre el fin de la religión y el comienzo del psicoanálisis. Ya para principios del siglo XX, sus horrores más cercanos a la sensibilidad que a la espectacularidad, no nos movían un pelo. Es un destino común: pensemos, si no, en el hoy descafeinado erotismo de Sade, que en su tiempo le valió la prisión de la Bastilla.

Sin saberlo, al pensar en pararrayos (el nacimiento de la criatura fue un proceso casi alquímico, no eléctrico) y en ayudantes grotescos y jorobados, decimos que el alma romántica de Frankenstein no tiene lugar entre nosotros. Y al hacerlo, estamos subestimando a Mary Shelley todavía más de lo que ya lo hicieron sus ingratos contemporáneos.

Que estas líneas reivindiquen su enorme genio.

Posdata:Una linda película sobre la vida de Shelley, dirigida por la saudí Haifaa Al-Mansour, está disponible en Netflix y acá. Una breve reseña de la misma fue publicada por este diario el año pasado.







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