Cultura

LITERARIAS

Memorias de una Europa neoliberal

Ya puede conseguirse en las librerías El desayuno del vagabundo, título que dio a sus memorias el escritor galés Richard Gwyn y que editó recientemente la editorial argentina Bajo La Luna y LOM, de Chile.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Viernes 26 de junio de 2015 | Edición del día

Traducido por Jorge Fondebrider, el libro, que fuera premiado en su país como mejor obra de no-ficción en 2012, son las memorias del narrador y poeta –además de ensayista, lingüista, antropólogo y traductor de narrativa latinoamericana contemporánea– apenas recuperado de una enfermedad, la hepatitis C, que casi termina con su vida. Buena parte del libro girará entonces en torno a ella, con descripciones que no se regodean pero tampoco escatiman las descripciones escatológicas involucradas, ni el humor, la angustia o la reflexión sobre las relaciones personales y sociales de quienes de pronto se encuentran con su vida definida por la enfermedad.

Como la suya en particular termina por afectar al cerebro, una de sus consecuencias son episodios de locura que luego no podrá recordar; esos baches en muchos casos están completados con los relatos que su esposa e hijas le hicieran de ellos. También le afectarán el habla, y así se encontrará por ejemplo en intentando hacerse entender para comprar un atado de cigarrillos con la ayuda de dos jóvenes somalíes a los que en principio no reconoce e incluso baraja iniciar una riña callejera, pero que terminarán "traduciendo" sus deseos con el inglés que él mismo les había enseñado cuando no eran más que otros de los tantos recién llegados a Gran Bretaña huyendo de la matanza que se desarrollaba en su país.

Pero la enfermedad ocupa sólo una parte de sus memorias; el libro se ocupará también de recapitular sus nueve años de vagabundeo por Europa como parte de una generación que llegó a joven a fines de la década de 1970, distanciados de sus padres por la experiencia de la guerra que todavía marcaba actitudes y valores en sus padres pero no en ellos, y que no encontrará su lugar en la reaccionaria Gran Bretaña tatcherista. Ejerciendo los trabajos precarios y temporales que se presenten, lanzándose a viajes sin rumbo fijo y conviviendo con una adicción al alcohol –elementos que por momentos recuerdan a la generación beat, y de hecho, Burroughs aparecerá como referencia en estos episodios–, Gwyn nos traslada por los ambientes contestatarios punk de su juventud, los desolados ambientes rurales de distintos países de Europa donde la explotación y discriminación de los inmigrantes árabes o de la Europa empobrecida (Grecia, España) es moneda corriente, o las grandes ciudades donde los vagabundos intentan refugiarse del frío, las enfermedades y el desprecio de sus habitantes. Él mismo se convertirá en uno de esos vagabundos, aunque cada tanto auxiliado por alguna amistad pasada, que entre la miseria y la suciedad encontrará tiempo tanto para leer abundantemente como para emborracharse.

En una entrevista el autor agrega elementos a ese panorama del surgimiento y consolidación del período neoliberal que estaba asentándose a nivel global: si en los setenta había estado ligado a grupos como Rock Against Racism y la Liga Antinazi, e influenciado por el trotskismo, hacia 1981 Londres se había convertido para él en un lugar miserable donde el casamiento de Diana con Carlos, o la Guerra de Malvinas, constituían una regresión política y social de la que necesitaba distanciarse.

Será tras una dura batalla para controlar su alcoholismo, después de un ataque que casi lo destroza, que Gwyn se dedicará a terminar sus estudios, dar clases y escribir, se casará y tendrá hijos, pero también es justamente en ese período de recuperación donde le diagnosticarán una hepatitis terminal de la que no podrá sobrevivir si no es con un trasplante. Si el alcoholismo había tomado el control de su vida en esos años de vagabundeo, será la enfermedad la que lo haga ahora, poniendo en jaque una aparente redención que dificultosamente había alcanzado. Tampoco el panorama social y político parecía poder librarse de las consecuencias de esos años: así como en su cruce con los somalíes Gwyn percibe una discriminación y una violencia que persiste en distintos puntos del globo, un viaje a Argentina en 2005 que terminará en un intento de secuestro de su sobrina lo hará reflexionar sobre la precariedad de sus servicios públicos de salud de un país que sufre las consecuencias aplicadas por países como "del que él lleva pasaporte", y la relación que podría trazarse entre la historia argentina de desaparecidos en décadas pasadas con la actual desaparición y violencia que se extiende en Latinoamérica y en el mundo con la trata, el tráfico de armas o las drogas.

El género autobiográfico nos ubica siempre en una particular tensión entre lo que se relata y lo realmente ocurrido; no sólo porque quienes lo cultivan pueden ser más o menos honestos, abarcadores o reflexivos en lo que rememoran, sino porque cualquiera de las formas autobiográficas supone un radical desfasaje: el relato escrito tendrá un final que la vida del memorista, que lo está escribiendo, no puede más que dejar siempre rezagado, porque el mero hecho de escribir supone que su vida no ha terminado. Por otro lado, cualquier narración supone una selección de momentos considerados significativos, una impresión de un determinado ritmo en la sucesión de eventos, y la utilización de una serie de recursos estilísticos que el autor de memorias comparte con el autor de cualquier relato de ficción, es decir, es siempre también una construcción.
Las memorias de Richard Gwyn reúnen buena parte de los amplios intereses y ocupaciones del autor: el análisis de los comportamientos de los distintos grupos sociales donde se nota el antropólogo, las especificidades del lenguaje médico (área en la que se ha especializado como lingüista), la abundante cita y reflexión sobre filósofos, sociólogos, semiólogos y escritores que denotan al ensayista y docente –acompañan su relato desde contemporáneos como Sontag a clásicos como Wittengstein, del ya mencionado Burroughs a escritores europeos y latinoamericano como Bolaño y especialmente Borges–.

Pero también sabe, como el narrador que es, hilvanar ese relato, no exento de pasajes poéticos, y dar forma a una "frágil y tenue arquitectura, superpuesta sobre las estructuras de un mundo indiferente", con una destreza que bien podría permitir tomar estas memorias como una lograda novela. Si el final, abrupto y probablemente poco verosímil para una novela, no cierra concluyentemente el relato, es porque en efecto, después del trasplante del que se recupera con éxito, su personaje encuentra la posibilidad de escaparse hacia un futuro que casi se diluye entre sus entrañas.







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