Internacional

ASIA INMIGRACIÓN

Miles de asiáticos en barcos de la muerte que nadie quiere ver

Las chocantes imágenes de las balsas repletas de refugiados de Myanmar y Bangladesh hacia el Sudeste asiático se hacen cada vez más dramáticas. El viernes casi 1000 inmigrantes llegaron a Aceh, en la costa norte de la isla indonesia de Sumatra. Amontonados en uno de esos barcos de madera, ya semi naufragado, viajaban más de 700 personas, entre ellas más de 60 niños.

André Augusto

Natal | @AcierAndy

Miércoles 20 de mayo de 2015 | Edición del día

Fotografía: EFE/SASCHA JONACK / HANDOUT

Fotografía: EFE/SASCHA JONACK / HANDOUT

Algunos son procedentes de Bangladesh y huyen de la pobreza en su país. Pero la mayoría está compuesta por refugiados rohingyas, una minoría étnica musulmana que sufre persecuciones en Myanmar (antigua Birmania).

Este verdadero drama humano es un episodio adicional a la trágica situación de los inmigrantes africanos y asiáticos. Hace exactamente un mes naufragaba en el canal de Sicilia una embarcación libia con 700 inmigrantes del Magreb camino a la isla de Lampedusa, en Italia, en la mayor tragedia ya registrada en el Mediterraneo, pocos días después de que se ahoran 400 personas provenientes de Libia, en el mismo trayecto. Solo en los primeros cuatro meses de 2015 ya son más de 1700 inmigrantes muertos, víctimas de las guerras de ocupación de los países europeos y de Estados Unidos, de un lado, y de las mafias de traficantes de personas, por otro. En algunos casos llegan a cobrar 14.000 euros o más para arriesgar miles de vidas en estos “barcos de la muerte”.

Los gobiernos de Malasia e Indonesia, países a los que se dirigen estas embarcaciones, se rehusan a aceptar estos inmigrantes, enviándolos de vuelta al mar, sin cualquier auxilio, proporcionando las más horrendas imágenes de estas “tumbas flotantes” repletas de seres humanos agonizantes de hambre, obligados a tirarse al mar para buscar las “provisiones” que envía la Guardia Costera.

En vista de la ininterrumpida escalada de intentos de entrada no solo en Asia sino en Europa, los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa de la Unión Europea aprobaron esta semana una operación para “identificar, aprehender e inutilizar” las embarcaciones usadas por los traficantes para transferir extranjeros de la costa africana de Libia a Europa.

El “plan”, sin embargo, no detalla lo que se les hará a los inmigrantes que abarrotan estas embarcaciones, lucrativas para las mafias que se beneficaron de la carnicería imperialista en el norte de África durante la primavera árabe. La aplastante mayoría de los inmigrantes vienen de Siria, 123.000 en 2014, seguidos por aquellos provenientes de Afganistán y Kosovo, regiones bombardeadas por Estados Unidos en las décadas de 90 y 2000 durante la operación “Tormenta del Desierto” y la “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush.

Los gobiernos europeos traducen la misma política cruel de los países del sudeste asiático en una pulida diplomacia para militarizar la costa mediterranea. De hecho, Hollande rechazó el sistema de cuotas para refugiados propuesto por la Comisión Europea, para no tener que dividir con Alemania -país con la mayor cantidad de asilos para inmigrantes de Europa- el abrigo de los refugiados que Merkel no quiere mantener.

La verdadera causa de estas embarcaciones del terror está en el estado de desesperación social en el que viven los migrantes en sus tierras, estrangulados por la expoliación ejercida por las principales potencias imperialistas de la Unión Europea y Estados Unidos, que con sus capitales explotan a los trabajadores sometiéndolos a las peores condiciones de vida.

Para notar la explotación occidental en Asia no hace falta ir muy lejos, basta recordar la tragedia del derrumbe del edificio Rana Plaza en Bangladesh, en 2013, que mató a más de 1200 mujeres y niños que trabajaban en la fabricación de camisetas e indumentaria para las principales multinacionales europeas y norteamericanas, en jornadas de trabajo de 14 horas por 40 centavos de euro la hora. Bangladesh tiene leyes internas que impiden la salida de la población del país.

Con un mecanismo perverso, las grandes potencias explotan el continente africano y generan guerras obligando a miles a una vida de miseria y éxodo, mientras fortalecen la defensa europea e impiden la entrada de los que huyen de la muerte, de las persecusiones y del hambre.

Las tumbas flotantes y la vergüenza de Europa

Por lo menos 3419 inmigrantes perdieron la vida intentando cruzar el Mediterraneo el 2014, un récord anunciado por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, que registra 4272 muertes en todo el mundo).

Para los que tienen éxito en cruzar el Mediterráneo para alcanzar las costas europeas, Europa no reserva muchas más alternativas para los que salen de África huyendo de la guerra y de la miseria: los estarán esperando en suelo europeo vallas y muros de alambre de púa, fuertemente militarizados, represión y racismo en las fronteras patrulladas por la policía, o las “cárceles para inmigrantes” de los CIE (Centros de Internamiento para Extranjeros), verdaderos campos de concentración donde inmigrantes africanos aguardan su reenvío hacia los países de origen.

En 1940, Trotsky escribió que, en medio de las vastas extensiones de tierra y las maravillas de la tecnología, en la era de la aviación, del teléfono y del telégrafo (sin mencionar los estupendos medios de comunicación del siglo XXI), la burguesía restringió la comunicación entre los países y logró transformar la tierra en una “sucia prisión”. Esta verdad de la época imperialista está inscrita en los rostros de hombres y mujeres que huyen de la devastación causada por la crisis de los propios capitalistas.

Como señala Pietro Basso, somos parte de una clase trabajadora más internacional que en otras épocas, plurinacional, nativa e inmigrante en su composición interna, más voluminosa en el conjunto del mundo combinada al proceso de éxodo rural que acompaña la restauración de China y sus nuevas configuraciones económicas. Esta nueva realidad es la base para un internacionalismo concreto de cómo soldar la unidad de los trabajadores nativos e inmigrantes.

Con la crisis económica mundial, la responsabilidad por las catástrofes “organizadas ejemplarmente” por la burguesía está siendo tirada sobre las costas de africanos, asiáticos y latinoamericanos residentes en las potencias, incrementando la xenofobia y las variantes de la extrema derecha como el Frente Nacional en Francia y el Pegida en Alemania. El movimiento en defensa del derecho de los inmigrantes, para terminar con las leyes antimigratorias, con la represión costera, los CIE, la xenofobia e islamofobia, es inmediatamente una bandera de la clase trabajadora nativa en los países de Europa y de todo el mundo.







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