Géneros y Sexualidades

PANDEMIA

Mujeres y crisis alimentaria: la solidaridad que se construye desde abajo

Maestras, vecinas, trabajadoras de comedores populares y escolares se organizan para dar respuesta a la crisis alimentaria. Quiénes son y en qué situación se encuentran las mujeres de los barrios populares que hoy, frente a la pandemia, comienzan a tejer lazos de solidaridad.

Sol Bajar

Editora de Géneros y sexualidades | @Sol_Bajar

Jueves 23 de abril | Edición del día

Más de 15 millones de personas son pobres en Argentina: el 35,5% de la población según datos del INDEC.

Esta situación, la imposibilidad de garantizarse un ingreso sin salir de la casa, el hacinamiento, la sobrecarga de las tareas de cuidado y del hogar, que llevan cada vez más horas, golpean particularmente a las mujeres, que se estiman que están a cargo del 63% de los hogares que hay en los casi 4500 barrios populares que se contabilizaron en el Relevamiento Nacional de Barrios Populares (Re.Na.Ba.P), que se publicó hace unos días.

Maestras, vecinas, trabajadoras de comedores populares y escolares, están haciendo un esfuerzo enorme ante la falta de alimento, que no comenzó con la pandemia pero que se agudiza con ella.

Esta semana, junto a nuestras corresponsales de La Izquierda Diario estuvimos en la zona sur de la provincia de Buenos Aires y hablamos con varias de esas mujeres. Ellas no aparecen en los diarios, de ellas no hablan los gobiernos, ni las conducciones sindicales, ni los grandes medios de comunicación, pero son parte del conurbano silencioso, profundo, que empieza a ponerse de pie ante la emergencia alimentaria.

Sus testimonios, que hablan en detalle del desprecio estatal, esconden cifras alarmantes. Desde el Comedor de Las Lilas, en Almirante Brown, ellas cuentan que comenzaron a juntarse para alimentar a los más pobres, a los que no tienen trabajo, a los que se quedaron sin empleo desde que comenzó la cuarentena.

En un mes, relatan, pasaron de cocinar para 60 personas a cocinar para más de 200 o 300 personas al día, sin que cambie siquiera la cantidad de “comida” que les envía el Estado,. Es lo que pasa también en las escuelas, y ha sido necesario que hasta se presenten amparon, como lo hicieron los diputados del PTS/Frente de Izquierda, Myriam Bregman, Alejandrina Barry y Claudio Dellecarbonara, entre otres, para que la justicia intervenga y garantice este derecho tan elemental.

Pero a esas preocupantes muestras de desprecio, se suman otras. Idalina, otra de las vecinas que colabora en el comedor de Las Lilas, lo cuenta con crudeza: tiene diez personas a cargo, vive en una casilla, no tiene ingresos, pero es una de las más de 4 millones de personas que no pudieron acceder siquiera a ese Ingreso Familiar de Emergencia, que -por otra parte- se estima que alcanza solamente para sobrevivir 8 días.

“Ya no hay más”, cuenta Idalina, es una de las frases que más usa en esto tiempos. La usa en el comedor, cada vez que se acerca un vecino o una mamá para buscar un plato de comida, y la usa en su casa, porque ahí tampoco alcanza.

Tejiendo lazos de solidaridad

Mientras se refuerza el aparato represivo del Estado y hay cada vez más denuncias de abuso policial, los empresarios cuentan con impunidad para despedir, ajustar, precarizar. Nadie está siendo duro con ellos. La preocupación de los gobiernos es contener esta bronca, justamente para proteger a los capitalistas amigos.

Lo denunciaron este miércoles, nuevamente, trabajadores y familias del frigorífico Penta, que después de la represión del gobierno de Axel Kicillof💚, Sergio Berni y la intendenta Mayra Mendoza, exigen el pago del salario y la reapertura de la planta, con la solidaridad de diversos sectores.

Alejandra Vercellino, despedida y reincorporada de Siam, es una de esas mujeres que tejen solidaridad desde abajo, y con ella también hablamos ayer, durante la jornada de lucha.

“Hoy, en medio de esta crisis, el Estado no garantiza ni un salario de cuarentena”, dice, y afirma que, como proponen los diputados y diputadas de la izquierda, ese salario debería ser mínimo de $30.000.

Una cifra que está al alcance de la mano, porque si se cobrara un impuesto progresivo del 3% a las grandes fortunas, se podría garantizar no sólo un salario de cuarentena para 7 millones de personas, sino también un plan de obras públicas para prevenir la extensión de la pandemia.

Alberto Fernández dijo que iba a ser duro con los empresarios, pero nadie está siendo duro con los que despiden, ni con los que ponen sobreprecios, ni con los que le sacan de la boca el plato de comida a los abuelos, niños y familias más pobres, mientras siguen resonsabilizando individualmente a las mujeres de las tareas de crianza y del hogar, sin que el Estado y los capitalistas muevan un dedo. Total, es trabajo “invisible”, no se ve…”no vale”.

Ellas, sin embargo, saben que no es así. Por eso por abajo sucede algo poderoso: se van tejiendo alianzas, lazos de solidaridad que desafían los límites de la cuarentena, redes de ayuda entre maestras, desocupadas, trabajadoras precarizadas, mujeres que como en Madygraf o en la textil neuquina Traful Nehuén, ponen sus gestiones obreras al servicio de las grandes necesidades, de la producción de barbijos, de elementos sanitizantes, de dar una salida a la crisis.

Es cierto que las consecuencias de la pandemia impactan de manera particular sobre la vida de las mujeres, pero a un mes de su desarrollo, ya no alcanza con esa afirmación. Ante la irracionalidad de este sistema; ante la brutalidad de la crisis sanitaria, provocada entre otras cosas por décadas de vaciamiento del sistema de salud; es necesaria un salida de fondo, que se prepare con la unidad de quienes no tienen para perder nada más que sus cadenas.







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