Política

ENTREVISTA

“No se puede llamar a votar por Scioli si se apuesta a la autoorganización y a la emancipación de las clases subalternas”

Entrevistamos a Massimo Modonesi, sobre la situación de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos y las perspectivas de la izquierda. Modonesi es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, autor de “Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismos y subjetivación política” y otros trabajos.

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Viernes 20 de noviembre de 2015 | Edición del día

  •  En un artículo publicado en la revista Memoria el mes pasado señalabas que los gobiernos "progresistas" latinoamericanos están más en un cierre de una etapa "hegemónica" que ante un "fin de ciclo" ¿por qué?
  •  Por dos razones. La primera es obvia, todavía no tenemos los elementos para poder decretar el fin de ciclo, eventualmente podemos predecirlo y tarde o temprano ocurrirá. La realidad es que los gobiernos progresistas siguen en pie: algunos sólidamente como en Bolivia y Uruguay y, en parte, en Ecuador; otros precariamente ya que en Argentina y Venezuela los pronósticos electorales son inciertos y en Brasil el escenario es delicado, aunque el retorno de Lula pueda reacomodarlo. La segunda es que creo que por medio de la fórmula de fin de la etapa “hegemónica” del progresismo latinoamericano podemos reconocer una tendencia general, más allá de las circunstancias puntuales de cada caso, de cada país, y de eventuales caídas de gobiernos, Esta apreciación, además de que nos permite pensar en clave latinoamericana -transversalmente, con los límites y riesgos propios de las generalizaciones- es de orden más cualitativo, pone de relieve algunas tendencias de fondo: el achicamiento del área de consenso (tanto hacia la derecha como hacia la izquierda), el recurso creciente a la represión o criminalización de la protesta social –el elemento coercitivo como contraparte de la pérdida de consenso-, el giro regresivo perceptible tanto en la orientación de las políticas públicas como en la composición política del bloque de poder y las alianzas socio-políticas que lo articulan.
  •  En ciertos sectores académicos se habla de dos enfoques alternativos para entender los gobiernos "progresistas" latinoamericanos: el de las revoluciones pasivas o restauraciones con discursos y algunas medidas progresistas y el de los "populismos" progresivos. Viendo lo que está pasando en América Latina ¿Qué relación se puede establecer entre restauración o pasivización y populismo?
  •  Como sabes yo sostengo la hipótesis de que se trata de revoluciones pasivas en las cuales operaron fenómenos de cesarismo y transformismo y que los equilibrios entre tendencias progresivas y regresivas oscilaron de una composición tendencialmente progresiva a una regresiva. En este sentido evito el uso de la noción de populismo, para evitar tanto la acepción laclausiana como la neoliberal -que adquirió a partir de los años 80 y que sigue circulando en los medios conservadores y reaccionarios. Dicho esto, creo que hay elementos interesantes de análisis que pueden recuperarse de las aportaciones marxistas latinoamericanas al debate sobre populismo y lo nacional popular, los cuales, junto con la clave de lectura bonapartista, no están lejos de la hipótesis de la revolución pasiva que estoy formulando a partir de una particular lectura de Gramsci, enfatizando la cuestión de la pasividad entendida como subalternización.
  •  En un trabajo publicado en el libro Horizontes Gramscianos en 2014, vos señalabas que los gobiernos "progresistas" latinoamericanos fueron especialmente cuidadosos en regimentar los movimientos sociales que antes eran más o menos independientes del Estado ¿Qué balance se puede hacer de esta política y cómo incide en el actual "giro a la derecha"?
  •  Creo que fue una política bastante eficaz, aunque habría que ver como operó, con sus diferencias, caso por caso. A nivel general creo que es bastante evidente que la conflictualidad social que surgió a la izquierda de los gobiernos progresistas en los últimos años, en particular desde 2013, no vino desde los mismos actores que protagonizaron el ciclo de luchas de mediados de los 90 a mediados de los 2000: piqueteros, trabajadores sin tierra, movimientos indígenas, etc…. De allí que tomaron el relevo actores que no quedaron atrapados, integrados, cooptados, decepcionados, derrotados o desmovilizados en medio del proceso de institucionalización progresista del ciclo de lucha, con el cumplimiento parcial de demandas y el clientelismo en el terreno socio-económico y el estatalismo y caudillismo en el socio-político. Pienso, por ejemplo, en sectores combativos de trabajadores o a movimientos comunitarios de corte socio-ambientales que claramente no fueron los grandes protagonistas del ciclo anterior.

    El balance es dramático. Yo hablo de una década perdida en términos de la acumulación de fuerzas autónomas de las clases subalternas. Esto se paga hoy y se pagará mañana. Y lo pagan también los mismos gobiernos progresistas que no ya no pueden recurrir con eficacia –lo hacen verbalmente- a la movilización como práctica y arma en contra de las derechas, del imperialismo y de los proyectos de restauración neo-liberal.

  •  En Argentina aparece con fuerza el PRO de Mauricio Macri y la coalición Cambiemos como una especie de nueva "derecha moderna" ¿Cómo ves el fenómeno de la recomposición de fuerzas de derecha en América Latina?
  •  Esta es la otra cara de la medalla. A pesar de sus límites, por el empuje de las luchas antineoliberales de los 90-2000, los gobiernos progresistas pudieron desplegar cierta capacidad hegemónica e instalar, desde arriba pero con la fuerza simbólica y concreta de la estatalidad, ciertas ideas de corte nacional popular que las derechas, aunque sea genéticamente neoliberales, no pueden cuestionar abiertamente porque se sedimentaron en un sentido común de época, del cambio de época. Habrá que ver qué tanto se trata de tácticas electorales o de la emergencia de derechas capaces de moverse hábilmente de forma transversal entre las líneas clasistas que se fueron polarizando en los 90-2000, una vez quebrada la ficción neoliberal.
  •  Recientemente realizaste una polémica contra García Linera, respecto de la evolución de los gobiernos progresistas y las posiciones de los intelectuales ¿Cómo ves los posicionamientos de la intelectualidad frente al nuevo escenario político?
  •  Me parece que estamos en un pasaje histórico, en uno de esos momentos en donde se ve quien es quien, como cuando se dio la conversión neoliberal de vastos sectores de intelectuales latinoamericanos de izquierda, de la generación de los ‘60 y ‘70, la más rica junto con la de los ‘20 y ‘30. No es exactamente lo mismo, hoy no pasan al campo de la derecha, pero pierden capacidad crítica, independencia y compromiso con los intereses históricos de las clases subalternas. Insisto en lo histórico, no tanto respecto de la evaluación sobre lo menor peor en términos de políticas públicas que es un debate válido y que tiene varios matices, sino en que el objetivo y la trinchera irrenunciable tiene que ser la defensa de la construcción política autónoma de las clases hoy subalternas. En este sentido no se puede ocultar el papel regresivo de los gobiernos progresistas. Hacerlo es perder la brújula histórico-política y esto es gravísimo a nivel intelectual. No se trata sólo de oportunismo, que lo hay, sino también de muchos intelectuales bien intencionados que caen en el cortoplacismo y una visión reduccionista del proceso histórico. Creo que en parte se puede explicar por la desideologización propia de una larga etapa de reflujo del marxismo, por la falta de una formación política crítica y dialéctica que favorece la proliferación de esquematismos y mecanicismos –que, no hay que negarlo, también son expresión de la plaga del marxismo dogmático que circuló y sigue circulando en América Latina, no pocas veces bajo ropajes progresistas.
  •  Por último, en la Argentina el Frente de Izquierda y otras fuerzas están llamando a votar en blanco en el balotaje del próximo 22 de noviembre ¿Qué te parece este posicionamiento y cómo ves las perspectivas de la izquierda en Argentina y América Latina?
  •  Creo que no se puede llamar a votar por Scioli si se apuesta a la autoorganización y a la emancipación de las clases subalternas por sus propias manos. Entiendo también que los compañeros del FIT llamen a votar en blanco para sostener una postura militante y combativa, que es su proyecto político de fondo.

    Al mismo tiempo no me sorprendería que hubiera votantes del FIT que voten por el FpV para evitar un gobierno de Macri. Hay que contemplarlo y si ocurre, como creo que ocurrirá, entenderlo y no generar un cierre sectario y gritar a la traición. Hay que entenderlo no tanto como una lógica defensiva de votar por el menos peor, discutible pero con aspectos de verdad, sino también porque un gobierno de derecha llevaría al kirchnerismo a la oposición, con posibilidades de que se regenere socialmente al calor de las luchas, y generaría una situación difícil para el propio FIT. Yo siempre prefiero que el equilibrio político general se desplace o se mantenga hacia la izquierda, aunque el centro sea un progresismo limitado y desmovilizador. Lo prefiero por varias razones. Por los saldos, aunque sean mínimos en términos de redistribución de la riqueza y de nacionalización de los medios de producción. Pero sobre todo porque creo que una fuerte oposición de izquierda radical solo puede darse y arraigar en esas condiciones, foguearse eventualmente como minoría combativa en la pendiente de un desplazamiento hacia la izquierda del escenario político y de concientización de las masas. Porque aunque los gobiernos progresistas desmovilizan y despolitizan, los procesos de movilización y politización profundos y duraderos, de corte y alcance anticapitalista, deben poderse dar y sostener en esas condiciones, y no sólo en la confusión interclasista que reina en medio de los grandes movimientos populares antineoliberales o antioligárquicos, que son importantes experiencias políticas, de activación y de subjetivación política pero que tienen que decantarse y poderse llevar más lejos si queremos construir un contrapoder duradero y con perspectiva de futuro, un futuro anticapitalista.







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