Cultura

HISTORIA POLÍTICA

Perón y la Policía Federal, un largo romance criminal

La fuerza azul fue el brazo ejecutor directo de las políticas represivas y macartistas del General. Un derrotero que va desde las torturas a Cipriano Reyes a los masivos crímenes de la Triple A.

Daniel Satur

@saturnetroc

Domingo 15 de mayo de 2016 | 09:51

Juan Domingo Perón, Isabel y José López Rega (1973)

(PARTE I)

“Perón dijo... Cada día me siento más orgulloso de la Policía Federal” (pasacalle colgado en la Avenida del Libertador en un desfile de la fuerza, 1953)

Cuando en los debates sobre la historia política argentina se habla de “la derecha peronista” se suele referenciar, por excelencia, a personajes de la burocracia sindical o del aparato duro del PJ. Y también a José López Rega, el secretario privado de Perón y organizador de la Triple A, quien sin embargo no actuó ni solo ni “mal acompañado”.

Exceptuando estudios académicos o periodísticos puntuales, la referencia a los “cuadros” uniformados que entre las décadas del 40 y del 70 del siglo pasado trabajaron al servicio de Perón es poco conocida. Entre ellos los de la Policía Federal.

Perón, tras aparecer en la escena política en 1943 como uno de los militares que derrocaron al gobierno conservador de Ramón Castillo, se abocó a estrechar lazos con los sindicatos reformistas de aquellos años de origen socialista y sindicalista. Luego del 17 de octubre de 1945, donde una masiva movilización obligó al gobierno del General Farrell a liberarlo, se convirtió en el líder de un movimiento nacionalista burgués que logró la adhesión de la clase obrera vía la concesión de muchas conquistas sociales y políticas, además de ser ubicada por el General en el papel de “columna vertebral” de su movimiento.

Pero esos aspectos de su trayectoria como líder popular más de una vez opacaron y hasta ocultaron los aspectos reaccionarios y criminales que él mismo, como buen estratega burgués, diseñó y puso en práctica con el objetivo de impedir que levantaran cabeza los díscolos y rebeldes, tanto de su propio movimiento como de otras corrientes políticas.

Algunos videos y un libro

Un hecho en apariencia trivial viene sucediendo en los últimos meses. El archivo audiovisual Prisma, que maneja el Estado y publica registros históricos de Canal 7 y Radio Nacional, está subiendo a Youtube varios videos sobre la derecha peronista, que presentan bajo el título de “peronismo” a secas. Si bien el portal de archivos fue creado por el gobierno de Cristina Fernández, esta impronta derechista huele a línea editorial macrista. Parte de ese material muestra la estrecha relación entre el gobierno peronista y las bandas armadas de la Federal, algo que cae muy bien al paladar PRO.

Pero para quien haya leído el libro Sangre Azul. Historia criminal de la Policía Federal Argentina, del periodista Rolando Barbano (Planeta 2015), mirar esos videos puede resultar una experiencia escalofriante. El libro de Barbano bucea con minuciosidad el aspecto menos difundido de la mayor fuerza policial del Estado, desde mucho antes de 1810 hasta los años recientes, pasando obviamente por los gobiernos peronistas.

La escuela de Falcón

En su libro, Barbano reseña la vida de Ramón Lorenzo Falcón, el jefe de la Policía de la Capital (antecesora de la Federal) entre 1906 y 1909, cuando dejó el cargo de forma violenta. El 15 de noviembre de ese año moriría, sin piernas, tras explotar una bomba en el coche en el que viajaba, arrojada por el obrero anarquista Simón Radowitzky.

Que Simón Radowitzky sea considerado hasta nuestros días como un héroe popular y que Ramón L. Falcón se haya convertido en patriarca de la Escuela de Cadetes de la Policía Federal, que llevó su nombre entre 1928 y 2011, habla de la profundidad de aquellos acontecimientos de principios del Siglo XX.

Falcón había convertido a la Policía en un verdadero ejército de ocupación, dotándola de instrucción militar y un cambio de concepción orientado a desarrollar el mayor control social y la mayor represión al “populacho” para resguardar los intereses de las clases dominantes. Con él, esa esa fuerza se transformó en un arma represiva letal, con su Escuadrón de Seguridad como tropa de élite. Eran verdaderos cosacos al servicio de castigar a obreros en huelga y reprimir manifestaciones.

Falcón fue, claro, de los más entusiastas ejecutores de la xenófoba Ley de Residencia contra los extranjeros rebeldes. También organizó la feroz represión que dejó un saldo de entre diez y catorce personas muertas en la “semana roja” de 1909. Y con ínfulas de “estratega” creó las secciones de Seguridad Pública, Seguridad Personal, Identificación, Informaciones, Vigilancia General y Orden Social de la Policía de la Capital. Esta última sección era una verdadera “policía política”. Con ese arsenal el hombre se transformó en el represor más experimentado contra la clase trabajadora. La misma clase que por entonces luchaba por mejorar sus penosas condiciones de vida.

Tan clara era la misión inculcada por Falcón a su Policía que al otro día de su asesinato la fuerza reventó decenas de locales anarquistas y socialistas, destruyó la imprenta del periódico La Protestae incendió otras, quemó bibliotecas y clausuró gremios y hasta la propia FORA. Y, claro, encarceló a cientos de líderes obreros, deportando a varios de ellos.

En 1951, cuatro décadas después de su muerte, el gobierno de Juan Domingo Perón le rindió a Falcón un sentido homenaje. Como lo refleja el Sucesos Argentinos en su edición 678 de diciembre de ese año, “al cumplirse 42 años de la muerte del exjefe de Policía coronel Ramón L. Falcón, la Policía Federal rinde homenaje a su memoria”.

Editorializando para despejar toda duda el locutor decía que “la benemérita institución recuerda al abnegado servidor que ofrendó su vida en aras del deber. Claro ejemplo de patriotismo que los actuales guardianes del orden recogen con verdadera unción y llevan como consigna en su diaria lucha contra el mal”.

Lombilla, alumno ejemplar

La Policía Federal se creó el 24 de diciembre de 1943, por decisión del gobierno militar de Pedro Ramírez quien decretó la ampliación nacional de la Policía de la Capital dándole una nueva estructura. A la que había que llenar de contenido, de funciones y de personal.

En 1946, ya con Perón como presidente, la Policía retomaría los más hondos principios y valores de Ramón Falcón. De hecho, la sección Orden Social creada en 1906 para perseguir obreros anarquistas y socialistas recobró fuerza y acaparó más poder, transformándose en la nefasta Sección Especial, con sede propia en el barrio de Balvanera y con personajes temibles a su frente. Como Cipriano Lombilla, que cumpliría al pie de la letra todas las órdenes del director de Informaciones Políticas de la Policía, Guillermo Solveyra Casares, quien tenía su despacho al lado del de Perón en la Casa Rosada.

Entre 1946 y 1955 la Policía Federal adquiriría un nivel de especialización represiva y sofisticación técnica como nunca antes. Se ve claramente en las políticas represivas (legales e ilegales), en las políticas de Inteligencia y en las políticas de legitimación simbólica desplegadas desde el Estado.

El caso emblemático fue el rol de esa fuerza para consumar la venganza contra Cipriano Reyes, uno de los protagonistas del 17 de Octubre que, al rechazar la subordinación total a Perón, fue poco menos que desterrado dentro del propio país. Reyes sufrió atentados personales de sicarios, los locales de su Partido Laborista fueron atacados e incluso terminaron armándole una causa penal en septiembre de 1948 que justificó su detención (y la de varios familiares y colaboradores) y el envío a las cuevas de tortura de la Federal.

Después de haber ayudado de forma inestimable al triunfo electoral de Perón, Cipriano Reyes fue picaneado hasta casi morir, en sesiones constantes de las que participaba Lombilla y otros jerarcas del fuerza "mimada" por el General. Con supuestas confesiones como pruebas, arrancadas con “la maquinita” y “la raviolera”, Reyes fue condenado a prisión y estaría varios años tras las rejas.

Además de perseguir a las corrientes del movimiento obrero el gobierno de Perón tenía de punto al movimiento estudiantil, y no solo al gorila de la clase media alta. Muchos estudiantes ligados al Partido Socialista y al Comunista fueron perseguidos, encarcelados y torturados en esos años. Para no hablar de la persecución a artistas y literatos que producían obras que cuestionaban, de una u otra manera, al poder de Perón. Entre otros, pasó por los calabozos de la Federal el propio Atahualpa Yupanki.

El caso del estudiante universitario Ernesto Mario Bravo, secuestrado y desaparecido durante un mes a mediados de 1951, fue también paradigmático. Militante comunista, Bravo fue sacado de su casa una noche por un grupo de tareas a las órdenes de Lombilla. Torturado hasta agonizar, si se salvó fue por el escándalo público que generó su desaparición. A él también le armaron una causa, por “atentado a la autoridad”, intentando instalar públicamente que el mismo día que apareció se había tiroteado con la Federal en un descampado de la Capital. La organización del secuestro y su posterior aparición (con causa penal incluida) fue obra de la Federal, descubierta poco después por la confesión del médico que asistía a las sesiones de tortura para resguardar que el joven estudiante no “se les fuera”.

En la segunda parte de este artículo se verá cómo las políticas represivas de Perón iban atadas a un intento de legitimación discursiva y simbólica. Vía los noticiarios que se transmitían diariamente en todos los cines del país y de otros recursos de propaganda el peronismo quiso hacer pasar a esa banda de criminales por servidores del pueblo.

Y se hablará, obviamente, del accionar de esos criminales 20 años después, cuando en una nueva presidencia de Perón los métodos de tormento, tortura y asesinato de oponentes políticos y sociales, sobre todo de izquierda, debían desplegarse mucho más que en el pasado.

Festejo peronista del Día de la Policía Federal, año 1953 -al principio hay una falla de audio de origen-.

Segunda parte: Perón y la Federal, de la doctrina a los crímenes parapoliciales







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