Política

ANÁLISIS POLÍTICO

Pichetto, la xenofobia y la impunidad de una casta política millonaria

El Frente de Izquierda y el rechazo al dietazo. Un peronismo en el que lo que sobran son los Pichettos.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 6 de noviembre de 2016 | 00:05

Las afirmaciones completamente repudiables de Miguel Ángel Pichetto, jefe en el Senado del bloque del Frente para la Victoria, sirvieron como disparador de un debate que alcanza múltiples aristas.

Desde las políticas inmigratorias y el giro a la derecha que supone la gestión del Gobierno de Macri, pasando por los parámetros culturales que imperan en el mundo de los sentidos comunes, hasta llegar a la conformación de los espacios políticos y sus alianzas.

En el mundo de los sentidos comunes -y sobre ellos- operan los grandes medios de comunicación, acordes a una política destinada a estigmatizar antes que buscar causas profundas. La construcción del discurso que señala al extranjero de “tez morena” como “la amenaza” emerge constantemente. Este viernes, para no ir más lejos, Canal 13 condenóa la mujer que había encontrado a la joven Mailén, como “una peruana indocumentada pidiendo dinero por la nena”.

Racismo y xenofobia solo se mueven en un sentido social y cromático: pobres y de tez oscura. Ricos y de tez clara son aquellos que, desde el discurso oficialista, vienen a “brindar ayuda” al país, trayendo aquellas inversiones que, irónicamente, siguen sin hacerse presentes.

Las raíces del discurso xenófobo no son un producto originario de lo que podría ser definido como cultura popular, sino una construcción política y social de carácter histórico, impulsado por los elencos de clase dominantes.

Cada período de crisis social tiene su correspondiente brote reaccionario, cuando las consecuencias del ajuste hacen necesario encontrar chivos expiatorios de la crisis; sectores que permitan desviar la mirada de quienes son sus verdaderos responsables: el gran empresariado y los Gobiernos.

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Derechos en falta

Este discurso de tinte xenófobo tiene, hasta cierto punto, sus raíces en la política y el discurso del Gobierno nacional. El periodista Alejandro Bercovich reseña que recientemente Macri, en una exposición ante jóvenes empresarios, afirmó “tenemos las condiciones. Somos muy pocos, nos vendría bien otra corriente de inmigración de Europa, de Asia, de todas partes, para poblar un poco más nuestro país con gente que tenga ganas de trabajar, que tenga ganas de ayudarnos a empujar el carro”.

Las marcas de la xenofobia existente -sobre la que pivotean Macri y Pichetto- está también digitada por los límites reales a la integración de los inmigrantes en tierras argentinas. Hay que decir que en este terreno, como ocurrió en muchos otros bajo el kirchnerismo, la retórica y el relato abundaron en relación a la realidad material. La “década ganada”, a pesar de su promesa de integración latinoamericana, dejó mucho en sala de espera.

Una cuestión -no menor- fue el derecho al voto para todos los inmigrantes residentes. A pesar de que el kirchnerismo alentó esa idea, la misma nunca cuajó. Se trató de un simple fuego de artificio para campañas electorales. Y esto tuvo lugar (o precisamente, no lo tuvo) a pesar de haber contado con mayoría parlamentaria en ambas cámaras por años.

Las últimas semanas le dieron otra oportunidad al kirchnerismo para avanzar en ese sentido, cuando se puso en discusión el proyecto de reforma política impulsado por macrismo. Sin embargo, el centro de sus preocupaciones estuvo puesto en debatir la boleta electrónica, no los derechos de quienes constituyen cerca del 5% de la población nacional.

Este viernes la politóloga Ana Penchaszadeh -especialista en migración y derechos humanos del Conicet- señaló a Página12 que los inmigrantes representan “más del 13 por ciento del padrón electoral de la ciudad, por poner un ejemplo”. La “ciudad” es Buenos Aires. Reseñemos entonces que ni siquiera el mezquino interés electoral de intentar vencer a Macri en su distrito, fue suficiente para impulsar al kirchnerismo a sancionar una norma así.

En el reciente debate sobre la reforma electoral fue el Frente de Izquierda, el que volvió a proponer la modificación de la Ley de Migraciones (25.871) para que el artículo 15 bis, en pos de que lograr que el mismo señalara que “las personas extranjeras gozarán de plenos derechos políticos desde el momento en que sea admitida su condición de residentes permanentes del territorio nacional cuya tramitación será de carácter gratuito”.

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El “pichettismo” es un (otro) peronismo

En el día de ayer, en la columna que habitualmente tiene los sábados en Página12, el periodista Luis Bruschtein habló del “pichettismo”, recodando otra de las frases que soltó en la semana el jefe de bancada del FpV en senadores.

“El problema de la Argentina es la cultura igualitaria” –cita Bruschtein y concluye afirmando que se trata de “una genialidad de síntesis, la expresión más refinada del olfato ultrapragmático y ubicuo de una clase de político”.

Otro que describe a Pichetto es Mario Wainfeld en el recientemente publicado Kirchner, el tipo que supo. Allí se refiere al rionegrino como “un peronista clásico, de tonalidad conservadora. Como casi nadie es un arquetipo, es también agnóstico y anticlerical, resabio de un pasado de izquierda” (224).

El “resabio” queda ya demasiado atrás en el tiempo. Pichetto es presidente del bloque Justicialista en el Senado desde el 30 de diciembre de 2002. Es decir, se trata de una suerte de “herencia” -apelando al término de moda- del duhaldismo que el “presidente que supo”-valga la redundancia- supo aprovechar.

Las frases xenófobas no son nuevas en Pichetto. Allá por mayo de 2014 se preguntó “¿Y dónde están los senegaleses? Yo no los veo en ninguna obra en construcción. Están todos vendiendo con una valijita cosas truchas”. Pareciera que para el senador, el destino “natural” de los inmigrantes está ligado al gremio que regentea burocráticamente desde hace décadas –el también ex kirchnerista- Gerardo Martínez.

Recordemos que, por aquel entonces, CFK era la presidenta de la nación y la “jefa” indiscutida de esa fuerza política. Los pedidos atronadores que se escuchan ahora para que “se haga algo” con Pichetto, no sonaron tan fuerte en aquel tiempo.

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Pero la demonización del senador esconde el bosque, como reza el refrán. Pichetto no fue la excepción sino la norma en la construcción de ese espacio que, formalmente, aún se llama Frente para la Victoria. Allí están, para evidenciarlo, el protector de la minería a cielo abierto José Luis Gioja; el responsable político de las muertes qom, Gildo Insfrán; el defensor de los privilegios de la reaccionaria Iglesia Católica, Juan Manuel Urtubey; el ex carapintada y represor –que también atacó a los inmigrantes-, Sergio Berni; el “traidor” Hugo Moyano que, después de 8 años de “enamoramiento” con el kirchnerismo, pasó a engrosar las filas opositoras para, posteriormente, ser uno de los impulsores tácitos de la candidatura presidencial de Macri.

En todo caso, se puede decir que el “pichettismo”, como el kirchnerismo, no es nada más –ni nada menos- que una de las formas o variantes de peronismo. Peronismo que, durante algunos años de bonanza, encontró su lugar en el mundo dentro del amplio abanico del FpV.

Precisamente ese armado es el que se propone remendar el kirchnerismo con el llamado a la construcción de una “nueva mayoría”. Que Cristina Fernández haya dicho -hace ya tiempo- que la palabra “traidor” es muy fuerte, es una carta blanca para negociar con todos, incluso con los Pichetto.

Una casta millonaria y reaccionaria

Pichetto fue solo el rostro ocasional de una casta política que se considera claramente impune. Casta que esta semana volvió a estar en el centro de la escena por su intento de otorgarse una suma sideral de aumento, que llevaba sus dietas, de conjunto, a casi $ 150 mil.

La obscenidad de la cifra y lo descarado de la maniobra fue puesto en evidencia por el Frente de Izquierda. A esta altura sobra decir que si el FIT no tuviera presencia legislativa en el Congreso Nacional, ese nuevo aumento -que alcanzaba el 47 %- hubiera pasado en el más absoluto de los silencios. La parte del Frente para la Victoria que todavía sostiene un relato opositor, en este caso, se sumó a quienes sostuvieron lo necesario del aumento en aras de “desarrollar la actividad política” (Héctor Recalde dixit).

Pero lo que quedó en el centro de la escena es el carácter parasitario de la casta política que asume su rol de gestor de los intereses del gran capital a costa de las onerosas sumas que percibe. Ayer, el ex duhaldista y hoy legislador del PRO, Eduardo Amadeo afirmó que “si a un diputado le pago como a un jubilado, en el Congreso sólo vamos a tener ricos o chorros”.

La paradoja estriba en que, salvando contadas excepciones, esa es la composición predominante en las dos cámaras legislativas de la nación, las provincias y el conjunto de los llamados “poderes públicos”. El mismo Amodeo, según un informe publicado hace pocos meses, aumentó su patrimonio en un 85 % entre 2014 y 2015. Ignoramos los medios para tan exitoso “progreso”.

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Los legisladores se ampararon, para justificar la sideral suba, en los enormes ingresos del Poder Judicial. La norma que rige entonces es, como se señaló aquí, “a privilegio de casta, privilegio de casta mayor”.

El argumento de los legisladores tampoco falta a la verdad. Jueces y fiscales no son alcanzados por el impuesto a las Ganancias y tienen cargos vitalicios. Son, desde ese punto de vista, la envidia de todo funcionario.

A modo de ilustración, esta semana quedó a la luz la situación de Eduardo Freiler, quien integra la I de la Cámara Federal y es el magistrado más potentado de Comodoro Py. El juez dijo que su nivel de vida “es digno, pero está lejos de los lujos”. Consignemos que, según se informa, posee una enorme residencia en Olivos; un departamento en Pinamar; un departamento y un lote de 4.000 metros cuadrados en Necochea; una cupé Mercedes-Benz C250; una camioneta Ecosport; dos autos antiguos de colección; un yate; una moto de agua; 13 caballos y 36 vacas, entre otros bienes. En ese marco, resulta difícil cuantificar a que llama “lujo” el juez.

De la denuncia a Atlanta

Desde aquí, desde ese marco de privilegios materiales, es posible entender el encono que despertó la denuncia del Frente de Izquierda, así como el proyecto de que todo legislador y funcionario cobre como lo hace un docente. Esa propuesta ataca la raíz de los enormes prebendas de una casta que tiene por función esencial perpetuar la estructura política y jurídica que sostiene el orden social capitalista.

Esta pelea, encarada en soledad por el Frente de Izquierda, tendrá expresión, dentro de dos semanas, en el histórico acto convocado en el estadio de Atlanta.







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