Política

OPINIÓN

Policías en (re)acción

La historia de desaparición y aparición de Luciano Arruga vuelve a mostrar que la policía no es la solución a la inseguridad es la inseguridad. Saturar los barrios populares de policía es aumentar esa inseguridad, en particular para los jóvenes.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Miércoles 22 de octubre de 2014 | Edición del día

La primavera ya puja por nacer en los primeros días de septiembre, poco a poco el paisaje del Conurbano recupera su verdor. Los primeros vientos calidos animan a los colores de la gente y de las cosas. Pero no acá, en este rincón de la localidad de Ezeiza. Acá los colores están reglamentados por estrictas normas protocolares heredadas por generaciones que imponen vestimenta, peinado, posturas y hasta las formas de mirar. Si existiese algo parecido a la naturaleza humana, si existiese una esencia que nos distingue verdaderamente de otras especies animales sería nuestra multifacética pluralidad, nuestra capacidad de ser tan parecidos y tan distintos a la vez. Pero aquí esa singularidad es dejada de lado. Aquí los individuos se funden en una fuerza uniforme y colectiva, una sola voluntad sometida a un único objetivo. Los cadetes ingresantes de la Escuela de Policía de Ezeiza forman filas, firmes. Árboles negros y engominados que miran hacia delante mientras el orador se acerca a la tribuna. Alejandro Granados, de ojos pequeños y filosos, cuerpo robusto, bigote de morsa, entraría por poco dentro de los cánones necesarios para ingresar a la policía debido a su altura escasa. En lo demás, su presencia toda es la esencia misma de la Ley, así, con mayúsculas. Sus ojos eléctricos se posan fijamente sobre las nuevas generaciones y con su voz de sheriff las llama a limpiar el nombre maldito de la Bonaerense. Le ha prometido a la sociedad argentina que para el año que viene tendría en las calles a 10 mil policías más. En un año electoral, no es una promesa que pueda romperse así como así.

Como el delito no descansa, lo más natural del mundo para Granados es que las escuelas de policías tampoco lo hagan y no paren ni un momento de dar a luz a los brazos ejecutores de la ley.

Eso que nos dicen que se llama inseguridad

El oficialismo le llamaba, en boca de Aníbal Fernández, “una sensación”. Los grandes medios de comunicación hacen de la repetición infinita de cada hecho que suceda un ejemplo más del paisaje del todos contra todos. En las calles céntricas, acechan las salideras, los motochorros, los secuestros express; en los transportes, los punguistas, los arrebatos de bolsos, mochilas y celulares; en la periferia la brutalidad de la entradera, la pareja de jubilados golpeada y torturada, la familia retenida como rehén en el chalet. En los bordes de la civilización, en las barriadas de cartón y de lata, mora el enemigo: el ladronzuelo se confunde con el opulento narco y con sus cocinas de paco en una pintura del hampa a la que se destina millonarios recursos literarios para describirla en todo su aterrador esplendor ¿Qué argentino no se deleita en toda su morbosidad leyendo el catalogo de horrores que cada día nos ofrecen, en toda la amplitud de su menú, los bisturís de tinta de los medios de comunicación?¿qué progresista confeso no se ha sumergido, preso de un interés pornográfico, en los mas escabrosos detalles del crimen de turno? Una doctrina del interés por la muerte, que sirve de sustento al miedo que desayunamos, almorzamos y cenamos, al ritmo de cada edición de su noticiero favorito. El miedo, fantástico mecanismo psicológico que nuestro desarrollo evolutivo inventó para amucharnos, es usado por las clases dominantes para crear consensos de hierro que, nos dicen, son inquebrantables.

“Todos” quieren mas seguridad, “la gente” pide mas policías. Pero en esa argamasa unificadora se mezclan los asustados dentro del juego (y los intereses) de los asustadores.

Fast food, Fast shoot

Para acallar las voces que claman más seguridad el Ministerio de Seguridad ha puesto en marcha un verdadero dispositivo de formación industrial de cuadros policiales. Las escuelas de policías descentralizadas se encuentran en todos los municipios del Conurbano. Para entrar en ellas basta con tener el secundario completo. La formación que allí se dicta cuenta de apenas 18 materias, con las que ya bastaría para iniciar las “prácticas” en las comisarías locales. Cada camada de estas escuelas arroja a la lucha contra el crimen a 300 salvadores que ocuparan patrulleros de la Bonaerense o de las nuevas policías comunales. En los tiempos de las comunicaciones instantáneas, donde todo lo que queremos podemos tenerlo ya, bastan menos de tres meses para que un novato ya porte un arma, placa, patrullero y todas las prebendas que ellas acarrean. Desde los mangazos a los comerciantes de los barrios a cambio de protección a los cánones de las zonas liberadas que la propia policía garantiza para que delincuentes empleados por ellos hagan su trabajo.

Los conocimientos elementales del universo del hampa que la policía regentea no se dictan en las escuelas descentralizadas, son aprendizajes que los propios policías hacen cotidianamente de la mano de sus colegas de mayor grado y antigüedad. La corrupción endémica del sistema sella un pacto de silencio que garantiza la impunidad. Es imposible determinar la honestidad del policía individual pues es apenas un engranaje de uniforme de una maquina a la que se ensambla y se asimila, que lo excede, lo pre existe y lo sobrevivirá. La única posibilidad de supervivencia está íntimamente ligada a la adopción más o menos activa, mas o menos dirigente, de las prácticas criminales que el cadete de negro juró delante de Alejandro Granados erradicar.

El monopolio de la fuerza

Un informe de las Naciones Unidas señala que en Argentina hay un policía cada 180 habitantes. El cálculo ubica al país a la cabeza del continente. Las imágenes que nos llegan de países como México, donde los carteles del narcotráfico detentan poder en calidad de Estados feudales dentro del Estado deberían, por sí mismas, abrirnos una reflexión de cómo es que llegamos a tener mas policías que aquel país.

La debilidad estructural de las Fuerzas Armadas luego del genocidio que encabezaron durante la última dictadura militar se plantea en los términos de su incapacidad para intervenir en la sociedad como un actor de peso. Este elemento, relativamente novedoso para nuestro país, sentó las bases para el crecimiento exponencial de las fuerzas policiales provinciales y de las fuerzas intermedias, como la Prefectura o la Gendarmería. Los Operativos Centinela y Cinturón Sur, digitados por el Ministerio de Seguridad, han desparramado por las barriadas populares a miles de efectivos policiales a niveles nunca antes conocidos. Vivimos en una sociedad en la que el discurso hegemónico clama por mas seguridad mientras se avanza, sin pausa y cada vez mas rápido, hacia una militarización del territorio.

Cuando los políticos de la derecha buscan meter miedo anunciando que el espejo del futuro de la Argentina es México o Colombia, o cuando los progresistas de todo tinte claman que la seguridad también es un derecho humano hacen un gordo favor a la perspectiva de la naturalización espantosa de la presencia permanente de fuerzas de choque en nuestra vida cotidiana. La “presencia del Estado” se pervierte con saña en el deseo de tener un policía en cada esquina. No mas escuelas, no mas hospitales, mas policías, mas armas, mas muertes. Las policías hacen del territorio el campo de batalla de sus propias guerras floridas. Los pobres urbanos son ofrendados, a razón de un pibe por día, en los altares de la seguridad que salvaguarda, en orden de importancia, la propiedad privada, el orden y la vida.

“Matar o morir”

En 1999, cuando Alejandro Granados era Intendente de Ezeiza, se enfrentó en un tiroteo con unos hombres que intentaron entrar a su casa. Herido de bala, se lamentaba en los medios de no haberlos matado. "Estaba en una guerra con ellos (los delincuentes) y la guerra hay que librarla: a matar o morir". El discurso de derecha celebra a los héroes de la mano propia, a los energúmenos como Baby Etchecopar que pudo cumplir su sueño de balearse con un ladrón y ser catapultado como el monumento al macho protector, que defiende a los suyos con la misma ferocidad con la que defiende a sus cosas. Un caldo espeso de odio clasista se destila en el anecdotario de estos héroes de la ingeniería mediática. Porque las fronteras que separan a los que más matan y a los que más mueren están marcadas por la geografía social del mapa urbano y no por la cruzada de los buenos contra los malos. Los jóvenes pobres y morochos nacen con una diana en la espalda. El “tiro al negro” es el deporte nacional de nuestras fuerzas de seguridad y cada acierto es celebrado como si fuera un gol por el coro de sádicos que monopolizan los medios de comunicación.

Buscan que vivamos con miedo a nuestros vecinos, al extraño que camina por la calle. El cronista recuerda a una trabajadora despedida de una gran empresa multinacional que no quería hacer una campaña por su reincorporación porque “se van a enterar que me pagaron una indemnización y me van a venir a reventar la casa”.

El miedo nos paraliza

Mientras los muertos se apilan y se pudren en las morgues judiciales y en los calabozos infames de la maldita policía nos dicen que estamos ganando la lucha contra la inseguridad. Y los que están ganando son ellos. Nos están ganando a nosotros.

No todo es desolador, la aparición del cuerpo de Luciano ha suscitado una ola de indignación que tiene que ser canalizada. La pelea por una sociedad más justa y más humana está abrazada al derecho elemental de desterrar el racismo de los sentidos comunes más retrógrados que nos inoculan desde los medios de comunicación. Vanesa Orieta, hermana de Luciano Arruga, lo dice más o menos así: “más policías significan menos pibes en los barrios”. Disputar eso, que no es un chorro menos sino un pibe inocente, con una familia, con una historia, con un futuro segado violentamente por unos asesinos con uniforme, es algo que todos podemos hacer. Cuando se publique esta nota por las redes sociales ya vienen circulando fotos de aulas donde estudiantes se fotografían con mascaras con el rostro de Luciano. Multipliquemos eso. Mostrémosle a esta sarta de criminales impunes que no nos pasa por el costado su odio y también porque es una forma de recordarles que todo, pero todo, vuelve en esta vida.







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