Mundo Obrero

PASADO Y PRESENTE

Pompeya y más allá, la explotación...

Historia y actualidad de un barrio, su idiosincrasia, sus padecimientos y sus luchas obreras: de la Semana Trágica a la experiencia de los obreros de Coca Cola.

Pablo Silvestri

Trabajador de Coca Cola e hijo de asesinado por la Triple A | Agrupación Marrón de Aguas Gaseosas

Martes 4 de noviembre de 2014 | Edición del día

La avenida Amancio Alcorta une el Puente Alsina con Plaza Constitución. Treinta cuadras y muchas historias por contar.

Un barrio de tango, de fútbol y de luchas entre patrones y obreros.

El barrio de Pompeya construye su historia bajo los olores del octavo riacho más contaminado del mundo. Zona de camiones que vienen y van por fábricas, talleres y depósitos. Por la avenida Sáenz todas las mañanas pueden verse miles de obreros que desde la zona sur o desde La Matanza bajan de colectivos y trenes con destino a sus trabajos.

Muchos de ellos se suben a otros colectivos, los demás se quedan en el barrio para cumplir sus jornadas laborales, donde serán explotados y por los que tendrán una paga que apenas alcanzará para alimentar sus estómagos y los de sus hijos.
Hace un siglo atrás los marginales de la ciudad se concentraban en un sitio ubicado al lado de lo que es hoy el estadio del Club Atlético Huracán. Allí estaba la Quema, el más grande basural de la capital. Los pobres, por medio de carros o a pie, iban todos los días hasta la Quema para revolver la basura en búsqueda de algún objeto de “valor” para poder vender y así meter en la olla algún hueso con carne. Un trabajo parecido al que hoy realizan los cartoneros de la villa Zavaleta y de todas las demás “villas miseria” de la Ciudad de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires.

La villa Zavaleta se construyó sobre los costados de una vía muerta que tiempos atrás era usada para transportar, entre otras cosas, los residuos provenientes del centro y del norte de la ciudad.

La villa Zavaleta ha sido siempre un importante dormitorio obrero y, aunque lo sigue siendo, muchos jóvenes del lugar viven en su periferia, a cielo abierto, pasando frío en los inviernos y soportando el calor de los veranos porteños. Deambulan con sus miradas siempre hacia el suelo, moviendo sus cabezas de un lado a otro, temblando bajo los mortales efectos del paco. Duele en lo profundo del corazón, pero por las calles de Pompeya se pueden ver niñas de trece años “obsequiar” sus frágiles cuerpos a cambio de un poco de dinero para fumar las resacas de la cocaína que consumen los ricos de Puerto Madero.

La Prefectura, la Federal y la Policía Metropolitana son parte de este triste paisaje. Son el lado violento y represivo del lugar, los que con sus zapatos bien lustrados les propinan puntinazos a los jóvenes. La historia de Ezequiel Demonty, aquel joven de dieciocho años que fue obligado por la Policía a “nadar” en el Riachuelo, es el extremo de los padecimientos que sufre la juventud desocupada y plebeya. Historia que quedará guardada en la memoria colectiva del barrio para siempre. La Zavaleta aún sigue con los ojos mojados y con un inmenso dolor por el asesinato de Kevin, el niño de nueve años baleado por un intercambio de balas entre narcos de poca monta, frente a la pasiva mirada de los “hombres de ley”.

El pasado y el presente de esta zona de la ciudad suelen cruzarse cotidianamente, creando una colección de vivencias, donde la sangre de los trabajadores y de los pobres forma charcos sobre los adoquines, una historia que siempre se cuenta en modo de tragedia.

El 7 de enero de 1919, justo donde se cruza la Avenida Amancio Alcorta con Pepirí, sucedió un episodio que quedaría en los registros de la historia de la clase obrera argentina.

Eran ya pasadas las tres de la tarde cuando los obreros de los talleres metalúrgicos Vasena decidieron emprender una huelga. Luchaban por las nueve horas de trabajo. La huelga, como todas las huelgas importantes, se comenzaba a poner dura y, por ende, violenta. Con barricadas y piquetes impedían el ingreso de camiones a la fábrica. De uno de esos camiones, rompehuelgas a sueldo dispararon una tremenda balacera contra el piquete, dejando un saldo de cuatro muertos. Nacía así la Semana Trágica, donde obreros y vecinos de la ciudad combatieron durante siete días contra las fuerzas represivas del Gobierno de Yrigoyen y contra la Liga Patriótica, organización de jóvenes fascistas de Barrio Norte y Recoleta que sacaron a la calle sus fusiles contra el pueblo laborioso y contra los inmigrantes.

La lucha en las calles fue tremenda. Y para contrarrestar los plomos y las bayonetas de sus enemigos tuvieron que organizar la autodefensa. Fue así que no dudaron en tomar por asalto las armerías de la ciudad y se apropiaron del armamento que hasta esos días era solo propiedad de policías, militares y de los ricos.

La huelga obrera terminó en un triunfo. Obtuvieron todos sus reclamos, pero los muertos tuvieron que contarse de a cientos, y los heridos, de a miles. La ciudad y el barrio contaban con sus primeros mártires de la clase obrera.

A tan solo cien metros de donde se inició la histórica huelga contra la patronal de los Vasena, pero muchos años después, exactamente en 1988, una empresa norteamericana iba a arribar al lugar para emprender un gran negocio: la fabricación y distribución de la Coca Cola. La fábrica más grande de toda la capital y donde hoy trabajan más de mil trescientas personas, entre ellas, setecientos obreros industriales. Atrás de la Coca Cola funciona otra embotelladora, otra multinacional, la Pepsi, que desde 1999 quedó en manos de Baesa, grupo propietario de la cervecería Quilmes y donde trabajan más de quinientos operarios.

A partir de 1994, la Coca Cola fue concesionada a un grupo de inversores mexicanos, el grupo FEMSA.

Desde su llegada y hasta el año 2006 estuvo prohibida la organización sindical de base. En aquel año los trabajadores lograron, después de una importante lucha, imponer delegados y recuperar parte de las conquistas que habían perdido durante los difíciles años noventa.

Al calor de estos procesos de organización, un conjunto de obreros formaron la Agrupación Marrón.

Esta agrupación conquistó el cuerpo de delegados en el 2013, pero desde siempre fue una oposición a la lista Verde que representó los intereses del sindicato, un sindicato que hasta se da el "lujo" de no recibir los reclamos de los trabajadores.

El nuevo cuerpo de delegados lo conforman militantes del PTS junto a trabajadores independientes, antiburocráticos y antipatronales, y son parte de las nuevas comisiones internas que buscan recuperar los sindicatos para ponerlos al servicio de las bases obreras y sus familias. Pero, además, tiene por delante el desafío de profundizar su organización interna y emerger a la altura de las grandes luchas del pasado (como la de los obreros de Vasena) y postularse como centro para la organización del movimiento obrero de la región, y en ese rumbo tejer la solidaridad con la población pobre y precarizada.

Pompeya mantiene la esencia de un típico barrio del sur de la capital. Casi no existen los edificios, y mucho menos los shoppings. Muchas de sus viejas fábricas están abandonadas o fueron recicladas y convertidas en depósitos de mercancías. Otras, por el contrario, fueron modernizadas y producen con tecnología de avanzada. Sus habitantes conforman un conglomerado social que tiene un denominador común: la precariedad laboral, el flagelo de la falta de viviendas y de los bajos ingresos.

En Pompeya se mueven los punteros políticos en búsqueda de votos que los mantengan en el poder. En Pompeya se reparten planes, se reparte pizza con olor a muzzarella y se reparte mucha droga que mata a la juventud. En su corazón están la Pepsi y la Coca Cola y, dentro de esta última, su comisión interna y la Agrupación Marrón, que son solidarias con quienes más lo necesitan. Todo lo contrario a lo que hacen las grandes empresas que, cuando se corta la luz en el barrio, se proveen de inmensos generadores para seguir obteniendo riquezas, pero no son capaces de tirar un cable a los que viven a su alrededor.







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