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Preferiría no hacerlo, patrón

En un nuevo aniversario de su muerte, recordamos al autor de Moby Dick, Herman Melville, un escritor que hubiera "preferido no hacerlo".

Pablo Minini

@MininiPablo

Sábado 28 de septiembre | 00:00

Parte de mi educación cultural consistió en Los Sábados de SuperAcción de la televisión de aire de los ’80s.

Podía tocar una colección de errores técnicos y argumentales o una pequeña muestra de horrores fascinantes.

Algo de esto último tenía Moby Dick, la película de los años 50 que dirigió Huston con guión de Bradbury.

(Habrá que hablar de Bradbury. En otro momento.)

La cosa es que a mis pocos años le cayó como un baldazo de agua fría de mar esa película donde un grupo de hombres se embarcaban para cazar una ballena blanca y enorme. La bronca enloquecida de Ahab, la manipulación ciega a la que se prestaba la tripulación, el animal brutal que no se los traga a todos sino que los hunde en el océano, los símbolos religiosos sembrados a lo largo de toda la película que todo niño criado en hogar cristiano podía reconocer.

La película me causó casi tanta impresión como enterarme de que existía una novela con el mismo título. Por suerte había un ejemplar para niños en la biblioteca municipal de Adrogué que lo único que tenía de niños eran láminas a color intercaladas en el texto.

La escribió Herman Melville, que nació el 1 de agosto de 1819 en Nueva York. De familia conservadora, madre emprendedora y padre marino, huérfano a los catorce años, se embarcó en cuanto pudo. Al parecer era pedante porque mostraba su erudición literaria a sus compañeros marinos. Nadie lo soportaba en alta mar. En un puerto del Pacífico se escapó con otro marinero, se mezcló con una tribu de supuestos caníbales. Su amigo marinero lo abandonó, los caníbales no lo comieron. Escapó de la isla, trabajó en plantaciones, volvió a embarcarse y regresó a Estados Unidos.

Se dedicó a contar a quien quisiera sus aventuras y como a la gente parecían gustarle sus relatos se decidió a escribirlos y así tuvo dos novelas de bastante éxito.

Ganó algo de dinero, se casó con la hija de un juez, siguió escribiendo. Pero con un problema: se le habían terminado las anécdotas de viajes (no había viajado tanto, después de todo).

Entonces escribió Moby Dick, la novela sobre esa ballena blanca y el capitán Ahab.

Tuvo mala suerte: a nadie le gustó, porque era bastante pobre como argumento de novela de aventuras un grupo de tipos persiguiendo a una ballena. Y a los que les gustó, la tomaron como una alegoría: la ballena era Dios, Ahab el hombre, y así.

Moby Dick está repleta de símbolos y citas eruditas, pero eso es sólo porque Melville tenía todo eso en su cabeza. Él rechazaba expresamente la idea de que su novela fuera una alegoría y a quien se cruzara le aseguraba que se trataba sólo de un ballenero rencoroso porque había perdido una pierna cazando y un grupo de tipos queriendo matar a una ballena.

Ahab fracasó, la novela también y Melville comenzó a ser olvidado.

El fracaso no lo amedrentó y siguió escribiendo. Publicó cuentos en diarios y el último de ellos, Bartleby el escribiente, lo publicó sin firma.

Un abogado de Wall Street contrata a un empleado copista. Melville lo describe así: "Reveo esa figura: palidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada. Era Bartleby."

Al principio marcha todo en orden. El empleado cumple, es silencioso, llega antes a la oficina y se va después. El empleado modelo. Hasta que un buen día el abogado le pide una tarea extra. "Preferiría no hacerlo", responde Bartleby.
"Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se oyó la respuesta:
’Preferiría no hacerlo.’"

Deleuze llamó a esa frase La Fórmula, que mina todo el lenguaje y el andamiaje capitalista occidental.

Bartleby no dice nada más. No pelea. No chilla. No se opone. No se niega. Afirma, y al hacerlo declina la oferta de ser más explotado: prefiere no obedecer.

Poco a poco, el humor inigualable del comienzo vira hacia lo siniestro. Bartleby es inabordable y el pobre abogado sólo puede retroceder derrotado. No voy a arruinar el cuento contando más que lo ya dicho. Solamente agrego que en el último párrafo se contiene uno de los finales más patéticos de los cuentos de literatura inglesa, un final que da cuenta de la desintegración de la vida humana en el capitalismo.

Ismael escucha a Ahab. Lo escucha en sus arengas a los marineros del Pequod: "(Moby Dick), esa cosa inescrutable es lo que odio más que nada. Quiero desahogar en ella este odio." El abogado escucha a Bartleby: "Preferiría no hacerlo, replicó melodiosamente." El océano amplio y una oficina con una ventana que da a una pared de ladrillos; la caza de ballenas y la marinería y los gruesos archivos legales; la indiferencia absoluta y el vacío.

Porque Moby Dick no parece ser el dios o el mal, sino la absoluta indiferencia del mundo ante lo humano, la inmensidad de un universo mudo, la ballena que no tiene odio ni amor, sólo es una ballena que escapa y al hacerlo hunde un barco y a toda su gente. Y la ciudad gigante y anónima que sigue adelante aplastando a millones de Bartlebys que un día ya no siguen el ritmo es un espejo de ese océano indiferente.

Poco después de Bartleby, Melville dejó de escribir y publicar (compuso un poema más largo que la Ilíada que nadie leyó). A los 34 años se empleó en una oficina de la Aduana de Nueva York, en el límite entre la ciudad y el mar, porque necesitaba dinero para mantener a su familia. Como Walser, como Salinger, dejó de escribir.

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Recién en los años 30s del siglo XX se descubrió su obra. Los existencialistas amaron su forma de hablar del vacío y de la angustia.

Murió el 28 de septiembre de 1891. En su epitafio escribieron mal el título de su novela: pusieron Mobie Dick







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