Cultura

TEATRO

Reflexiones sobre El jardín de los cerezos

Carla Libertad

I.S.F.D. N° 1 Avellaneda

Viernes 12 de septiembre de 2014 | Edición del día

Sentados en las últimas butacas de la sala “Casacuberta” del teatro San Martín, a través de cientos de cabezas blancas, trajes y vestidos al tono de las noches de calle Corrientes, vemos levantarse el gran telón y aparecer una escenografía que deja atrás al cartón pintado. Una inmensa pantalla transparente, arte de Eugenio Zanetti, nos muestra columnas y puertas de un castillo señorial. Detrás, los personajes con lujosos vestuarios disfrutan de una fiesta al compás del vals ruso. Esta innovación multimedial, donde se proyecta el gran jardín de los cerezos y un cielo claro donde va cayendo la noche, es quizás lo más distintivo de la puesta dirigida por Helena Tritek, junto a la actuación siempre atrapante de Cristina Banegas.

El jardín de los cerezos, escrita en 1904, nos muestra la tragedia lacrimosa de una familia noble. Maravillosamente Antón Chejov anticipa en su poética, lo que será la tragedia de toda una clase y deja insinuado lo que en vida no llegará a ver: el surgimiento de un nuevo orden social donde los latigados campesinos, de la mano y junto a la clase obrera rusa, serán protagonistas de la más grande revolución social, política y cultural de todos los tiempos.

La aristocracia rusa, aquella clase que parecía la eterna dueña de campos y siervos, junto al Zar, dueño de toda Rusia, aparece desarmada y desorientada. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Los personajes de la familia están atravesados por lágrimas y desesperadas reflexiones existenciales que jamás llegarán a madurar, pues su destino es el derrumbamiento de su herencia y de su casta.

En la dramaturgia de Chejov, cada personaje tiene su momento y su historia, paralelamente tendrán su lugar en la historia del siglo XX como actores de la realidad.

Pero en las funciones de calle Corrientes, es Cristina Banegas quien marca el pulso de los acontecimientos y lleva al público detrás de la acción dramática. Interpretando a Liuba, propietaria y madre, centro de la familia y de la obra, reencarna una mujer con fuertes emociones a flor de piel. Va de un lado a otro del escenario, llevada por la fuerza de sus recuerdos y seguida por el resto de los personajes, mira al jardín, se alegra, es tomada repentinamente por la fatalidad y llora. Es la actriz que más profundamente nos muestra el mundo interno chejoviano que supo llevar al público ruso y universal Constantin Stanislavski.

Una pregunta implícita guía el debate y embate de los personajes. ¿qué ve cada uno en el jardín de los cerezos? Para Liuba que ha derrochado su fortuna en fiestas y matrimonios, la nostalgia de un pasado inalcanzable. Los fantasmas de su madre y de su hijo. Para el burgués comerciante, Alejandro Viola, la oportunidad del negocio inmobiliario y la redención personal de haber sido hijo de un siervo de la finca al que no le dejaban entrar ni a la cocina. El estudiante, por Esteban Meloni, intelectual joven y apasionado que sueña con bibliotecas populares para las masas rusas, ve en el jardín los fantasmas de antiguos siervos esclavizados en la cosecha de las cerezas.

Y Firs, por Nelly Prince, la vieja sierva de la familia, olvidada en la mansión como un aditamento más de la propiedad perdida, ve como por intuición o epifanía, los signos que anticiparon la liberación de los siervos en 1861.







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