Sociedad

CARTA DE UNA MAESTRA

Tierna infancia

Erica Seitler

Docente Moreno | Agrupación Marrón

Martes 30 de septiembre de 2014 | Edición del día

El es Nico. Tiene 18 años. Aunque su cuerpo flaco y su sonrisa pícara lo delaten un niño aún. Esta en 4° de la secundaria. Hijo del medio. Estudiante de una escuela de Moreno. Conmigo, de Psicología. Tremendo. Sale del salón, se la pasa caminando para todos lados. Desde mayo nos conocemos, hace unos meses empezó a trabajar en clase. Tremendo y buenísima onda el pibe. Hoy charlamos. Bah.. el vino a charlar conmigo. Que si me tengo que ir a otra escuela, que si estoy cansada “tiene una cara, profe” (Saben los pibes de los ritmos de trabajo de sus docentes) Aproveche y arranque con la repregunta.

¿Vivís cerca?” Y me empezó a contar. A unas 20 cuadras. Son 4 hermanos. Dos mas grande, el y uno de 8. El padre sin laburo. La madre igual. Solo tienen como ingreso la Asignación Universal por Hijo. “En mi pieza nos cagamos de frío. La cocina es de material, pero mi pieza de casilla. ¿Sabe como cola el frío, profe?, Uf!”.

Hasta que el relato no se muy bien cómo, nos llevo a una Comisaria de San Miguel cuando el tenia 14 años. Salio a robar con otro flaco mas grande. Tenia un arma y un porro. Y ganas de zapatillas. Lo agarraron. Y en esa comisaria, le ataron las manos, lo colgaron a un caño en el techo y con una guante “con relleno me empezaron a pegar en las costillas. Ni en la cara ni nada, en las costillas.

Media hora me tuvieron: ¨¿Te gusta robar?’ Y me daban, sin asco eh!¨. La cara de Luciano Arruga me pateaba la memoria. Y la juventud de Melina me ahorcaba de bronca.

Ya en el correccional de La Plata “me tuve que para de manos todos los días. Ahí adentro o te defendés o… fuiste. Estuve 15 días. 15 días sin remera ni zapatillas. A mi no me gusta que me saquen mis cosas, así que me pare de manos 15 días. Y los guardias, olvídese profe, tenes que tener cuatro ojos. Son lo peor”.

Sus tíos y su mamá juntaron los 150 mil pesos que les cobro el abogado por sacarlo. “Todavía están pagando los créditos”, me dice y me mira: “Siento que les debo algo. A mi mama le regale un celular. Trabaje un mes”.

La tortura de la policía no quebró la dulzura que los ojos de Nico delatan.
En cada una de las palabras de este Nico se reaviva la sonrisa de Luciano, la ternura de Melina. En cada joven, renace la durísima verdad de que este sistema mata a nuestros pibes. Por ser mujeres, por ser pobres. Por ser hijos de la clase obrera. Y florece también el justo derecho a la rebelión.







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